martes, 5 de marzo de 2013

MANHUNT II

Frente a nosotros había una cervecería y propuse ir a tomar algo y a pasar el rato pero todos preferían pasarla mal bajo el frío. Ver las luces que nunca se apagan de la ciudad y cuando ya la situación se hiciese intolerable y aburrida, ir a tomar una puta cerveza.
Caminamos la media cuadra que nos quedaba hasta Broadway y avanzamos hasta la Calle Cuarenta, para darnos cuenta de que nos habíamos confundido y que teníamos que volver a la Séptima Avenida, donde Time Square comienza. Entonces pudimos disfrutar de las estúpidas luces de colores y de los cientos de turistas sacándose fotos, latinos en familia, orientales con amigos, australianos en grupos estudiantiles, un montón de otras personas en un montón de otras situaciones, solas y acompañadas.

Las pantallas infinitas, los anuncios que nos hacen sentir bien, los locales de comida rápida, las miles de tiendas que explotan a sus empleados haciéndolos trabajar hasta horas ridículas, los precios ridículamente baratos y el bullicio que genera toda esa masa de gente, de luces, de taxis, de policías y de cosas.
Me sentí saturado pero bien, y de pronto mal, angustiado. Esa ciudad existía y yo estaba en ella, pero no por siempre. El viaje tenía un fin, faltaba pero en algún momento tendría que volver y solo quedarían las fotos sin sentido y las historias torpemente anotadas en un cuaderno, sin detalles porque el brazo se me acalambra al escribir a mano. El viaje quedaría reducido a nada, a una experiencia vivida, por lo tanto muerta. El viaje no tenía sentido y entonces me amargué. Para sentirme menos mal me saqué una foto con Naked Cowboy e insistí a todo el grupo de entrar a la tienda de M&M y aceptaron de mala gana. Una vez adentro nos robamos chocolates de los sabores más raros y nos sacamos fotos en broma con peluches y demás merchandising.

Le propuse a Mimi sacarnos la típica foto sonriendo, un poco agachados y con los dedos haciendo el símbolo de la paz, como suelen hacer los orientales. Me respondió que eso es una ofensa, que lo hacen los chinos y no los coreanos, que ellos no tienen nada que ver con esa estupidez. Me sentí avergonzado y no supe que decir pero ella sonrió y me motivó a que robáramos más chocolates. Inventó un juego: ganaba el que salía de la tienda con más piezas sin ser deportado a su país por la policía. Por suerte ninguno perdió.
La noche todavía era nuestra, eran tan sólo las ocho, nos quedaban seis horas antes de que las últimas tiendas cerraran. Tan sólo por diversión entramos a Forever 21, teníamos la certeza de que no compraríamos nada pero Peggy Sue le costó unos buenos billetes a Buddy Holly. Salió de allí con cuatro bolsas, dos en cada brazo. Dentro de la tienda todos los empleados sonreían y parecían más limpios, perfumados y vivos que yo. Había una música horrible y ropa horrible pero ahí dentro uno se sentía bien, contenido y protegido.

Caminábamos por la calle en grupo, eso me hacía sentir seguro pero a la vez estaba impaciente por ese grupo terrorista pseudo secta religiosa.
Caminamos derecho, sin detenernos un solo segundo, mirando lo que podíamos y dejando el resto atrás, avanzando y olvidando. Haciendo con la ciudad lo que la ciudad hace con nosotros, avanzar y dejar atrás, olvidar.

Teníamos que espera para ingresar al bar, esperar a que algunos clientes salieran para que se hiciese el suficiente lugar para que nosotros pudiésemos ingresar. Nos quedamos en silencio, suspirando con fuerza, temblando del frío. El guardia de seguridad del bar era un hombre vestido de traje que no tiritaba y su mirada parecía estar más allá de nosotros, en la calle, en algo que no llegaba pero que se aparecería pronto. Como si estuviese expectante a algo que iba a suceder inevitablemente.
Salieron tres personas del bar y recién entonces nos pidió nuestros ID para corroborar que fuésemos quienes decíamos ser.

El bar estaba casi en penumbras y todas las mesas estaban ocupadas por hipsters y personas cool, no había ningún red neck ni persona que pareciese que podría iniciar alguna clase de pelea. Era un lugar aburrido y sin emoción. Nos sentamos en nuestro cubículo, me tocó contra la pared junto a Mimi por lo que me veía obligado a mirar hacia el pasillo para poder hablar con todos, una ventaja para poder ver a las chicas que pasaban.

Eso es una obsesión que tengo, al ver cualquier chica estadounidense, no puedo evitar imaginarla teniendo sexo como en las películas porno que me educaron.
Sonaba una canción de Buddy Holly, el otro Buddy Holly, el que había muerto en un accidente aéreo más de medio siglo atrás, dejando una gran cantidad de hits y abriendo la carrera a The Beatles.
Se acercó una mesera y yo pedí una Blue Moon, Buddy Holly y Peggy Sue dos Colt 45, Mimi una Saporo y Josh una Pabst Blue Ribbon. Le dije que era un hipster por pedir esa cerveza y él me dijo que yo era un idiota por decirle que era un hipster por pedir esa cerveza. Lo dijo con su tonada británica que un poco me irritaba, pero no estaba en posición de quejarme porque esas cuatro personas eran las únicas que conocía en toda la ciudad, por lo tanto, mis únicos amigos, por lo tanto, debería adaptarme a ellos, por lo tanto era la única forma de tener alguna contención y no pasar todo el día sin decir una sola palabra, por lo tanto, me jodí y acepté su respuesta y su tonada.

-¿Se dieron cuenta que todos los lunáticos de Estados Unidos se encuentran en la Costa Oeste?
-Bajá al subte y vas a ver varios lunáticos que están en esta ciudad, no hace falta cruzar el país para encontrarlos, los hay en cada esquina, en cada rincón, en ese mismo bar, en esta misma mesa- dijo Peggy Sue.
-Hablarás por vos- respondió Josh, con su tonada que ya tanto no me molestaba. En verdad sí me molestaba pero intenté convencerme de que no me molestaba.
-Dejenme terminar de hablar- dije, de fondo sonaba Link Wray- La costa Oeste tiene los asesinos seriales más famosos, desde Charles Manson al Asesino del Zodíaco.
-Acá hay algunos muy buenos también, Charlie Chop-off, Joel David Rifkin, etcétera.
-Pero en California estuvo Richard Ramírez, Ted Bundy atacó por Oregón y el estado de Washington.
-En New York estuvo el legendario Albert Fish.
-Pero ese hombre es cosa del pasado.
-Todos son cosas del pasado.

Ahora sonaba Felt.

-Pero Albert Fish fue en el Siglo XIX, ni siquiera había pasado la Primera Guerra Mundial. Es como decir que Abraham Lincoln representa claramente a los Republicanos. Es obvio que no.
En ese momento llegaron las cervezas, la camarera sonreía y tenía tetas muy grandes y un escote que dejaba ver gran parte de ellas. La imaginé practicando sexo anal y diciendo con una vos falsamente sexy que no dejaran de cogerle el culo.

Dí un trago y agregué:
-Además no todos los crímenes de Fish fueron en New York. Pero a lo que voy es que no entiendo que mierda pasa del otro lado de este país que hace que todos sean unos neuróticos extraños. No solo hubo asesinos seriales, también hippies y beats, drogadictos y motoqueros, ricos excéntricos. Incluso el slogan de Portland es “Keep Portland Weird”.
-Es mentira eso, robaron esa frase de Austin, Texas.
-Mentira Peggy Sue, deberías dejar de contradecir y acusar a todos- dijo Buddy Holly.
-Soy de ahí, les aseguro que es como yo digo. Vos también sos de Texas Buddy Holly, sabés de lo que hablo.
-Yo soy de Lubbock, no de Austin, no tenemos nada que ver con ustedes.
-Ojalá mueras en un accidente aéreo
-Ojalá que estallen las oficinas de Whole Food Market con vos adentro.

Ahora sonaba AC DC y me dio ganas de vomitar, odio AC DC.
-No tendría nunca en mi vida alguna razón para ir a las oficinas de Whole Food Market, de hecho nunca voy a ese lugar.
-Nunca sabés lo que te depara la vida.
Mi cerveza ya se había acabado y le hice un gesto a la mesera para que trajera otra ronda, me tomé ese atrevimiento sin saber si el resto de mis compañeros quería otra. Supuse que sí, nadie espera en la calle con frío para entrar a un bar y tomar una sola cerveza.
-Mierda Ariel- dijo Peggy Sue- yo quería pedir sidra tirada, no otra de estas mierdas.
Peggy Sue me estaba empezando a cansar con su pesimismo y actitud belicosa frente a lo que todos dicen y todos hacen. Pero la traté con respeto para no pelear.
-Perdón, le cancelo el pedido.
-No, dejá.
La mesera apareció a los pocos segundos con los cinco nuevos porrones. Buddy Holly y Josh terminaron los suyos, ya calientes, de un solo trago.
-Entonces, en mi opinión, la Costa Oeste tiene muchos más enfermos que la Este. Fin de la discusión.

Comenzó una canción de Bob Dylan pero a los pocos segundos se frenó y sonaba una canción de Nine Inch Nails pero hecha por Johnny Cash, lo cual era genial pero a la vez deprimente, no mucho más deprimente que Bob Dylan sonando en un bar.

Para mi sorpresa si se inició una pelea, había una sola mesa de gente que no estaba a la moda (además de la nuestra) y era de un puñado de barbudos grandotes, parecían forma parte de esa subcultura gay conocida como osos. Al parecer ellos eran los que estaban seleccionando la música en la rockolla y uno de ellos quitó la canción de Bob Dylan, faltándole el respeto a otro y comenzaron a golpearse y a tirarse botellas. El guardia irrumpió en el local y sacó a los dos tipos con gran facilidad, pero en el momento en que ingresó para sacar a los osos, varias personas lograron colarse logrando que las reglas del establecimiento se quebrasen y poniendo en juego su licencia para vender alcohol.
La música se frenó y tanto el guardia como las meseras y los barman indicaron a los intrusos que salieran, que no se repartiría más alcohol hasta que salieran y esperasen como era debido. Como era de esperar se demoró un buen rato hasta agotar la paciencia de los nuevos clientes que salieron e hicieron que todo volviese a la normalidad.
Seguimos con las cervezas, en silencio, sin ya nada que decir por esa noche.
Ahora sonaban The The.

viernes, 1 de marzo de 2013

Manhunt I


Entramos al primer lugar que vimos, agotados y mojados por la nieve. Era un Deli kosher en la calle 38 a metros de la Séptima Avenida, era atendido por latinos e indios que parecían esconderse de algo. Me encontraba con mis compañeros de hostel. Cada uno pidió un plato diferente. Un británico de nombre Josh desmenuzaba un kebab y comía solamente los pedazos de ternera untados en la salsa agria, dejando a un lado la verdura. Usaba sus dedos como torpes pinzas, parecía un ser primitivo intentando no tocar las partes peligrosas (la lechuga) de un animal venenoso.
Mimi era de Corea, no sé de que cual de las dos, calculo que de la que no es comunista. Había pedido un chow mien que tenía un aspecto horrible, traía lo que parecían ser cubos de pollo empetrolados con brotes de soja secos y unos fideos al fondo del plato en los que todo lo demás navegaba.
Peggy Sue y Buddy Holly compartían un plato de pastas con bolognesa que parecía un vómito reordenado para parecer lo que era antes de ser un vómito.
El mío era el único que traía papas fritas, había pedido una hamburguesa que no parecía kosher, solamente se notaba que lo era porque no traía queso. Le hacía falta.
-Hay un bar- dijo Josh- en el que el barman es una cebra, por alguna razón nadie se asombra.
Sorbió un espagueti como si fuese la medula de una vértebra en una sopa pobre de algún país de Europa del este.
Mojé una papa frita, ya fría, en un montón de Ketchup y al meterla en mi boca me asqueó lo avinagrado de la salsa pero tragué de todas maneras. Imaginé que así se deberían sentir las actrices porno cuando las denigran en las películas y las obligan a tragar grandes cantidades de semen y encima tienen que sonreír a cámara y actuar como si la estuviesen pasando bien, aunque es probable que alguna la pase bien haciendo eso. También es probable que alguna se contagie de sida por hacer eso.
Me pregunté cuanto de suicida tiene dejar que una prostituta te practique sexo oral sin preservativo.
-¿Cómo que una cebra?- pregunté y me fijé en los empleados del deli, todos vestidos igual pero lucían diferente.
-Así parece, es un bar oculto en Chinatown, deberíamos ir. Un conocido me contó que hace poco viajó en taxi y el chofer era un búfalo.
-Esa es mierda racista- respondió Peggy Sue mientras limpiaba sus anteojos- seguro es una forma despectiva de decirle a los árabes que manejan dignamente los taxis de la ciudad. Tu amigo es un racista.
Sus ojos parecían muy pequeños, los lentes de los anteojos los amplificaban y hacían que luciesen de un tamaño normal.
-Eso no es cierto, no es un racista. No veo razón para que me mintiese. Además en ese bar el entretenimiento no es la cebra, sino que la gracia es que es secreto. Nadie parece molestarlo o molestarla, está ahí y hace su trabajo.
-¿Tendrá olor a zoológico?- pregunté, lamentando haberme quedado sin gaseosa.
-Eso es racista- respondió Peggy Sue- sólo porque es una cebra suponés que tiene feo olor.
-Todo es racista para vos Peggy Sue, me tenés harto, todos somos unos putos racistas según tu perspectiva- le respondió Buddy Holly mientras limpiaba sus anteojos de culo de botella, tenía un escarbadientes entre los dos labios y una barba crecida que lo hacía lucir como un texano ignorante.
-Son todos unos islamofóbicos- dijo Peggy Sue y yo dudé de que esa palabra siquiera existiese.
-No todos estudiamos en Harvard Peggy Sue- le respondió Josh ante las acusaciones mientras hacía un bollo con los restos de la comida. Mimi no decía nada, se escudaba en su plato ya frío e intentaba sorber la salsa de soja que quedaba en el fondo del plato.
Volví a ver a los empleados del deli, todos miraban hipnotizados el televisor. Recién ahí comprendí que había un sonido más en el ambiente, el de la tele encendida, transmitiendo noticias que no me importaban.
Entró una pareja de religiosos, un hombre que lucía más anciano de lo que seguramente era con su mujer (que parecía bastante joven) y un cochecito con un bebé de unos pocos meses.
Volteé para ver las noticias de la tele. No entendía nada de lo que sucedía porque el telempromter estaba en árabe por alguna razón extraña. Las imágenes eran de unos edificios en algún lugar de la isla, luego había imágenes de unas pintadas con aerosol bastantes fatalistas.
-Esos hijos de puta-gruñó Buddy Holly.
El hombre judío miraba el televisor disgustado por estar en un canal árabe y se acerco con lentos pasos al mostrador a exigir que cambiaran de canal, los empleados aceptaron la orden asustados.
-¿Qué es lo que pasa?- pregunté desentendido.
-Es una movida que está haciendo una nueva secta terrorista llamada El Orden del Nuevo Mundo o algo así. Nadie sabe bien que pretende o que hacen, nadie sabe nada pero están en todos lados.
-Son una mezcla entre la Cienciología, The Warriors y el proyecto Caos de el Club de la Pelea- dijo Josh bromeando pero a la vez definiéndolos certeramente, aunque yo todavía no lo sabía.
-Tienen algo de el Guazón en el Batman de Christopher Nolan- dijo Peegy Sue.
-Sí, también algo de la última de la trilogía, algo de la pandilla de Bane ¿No? Esa cosa anárquica pseudo Unabomber casi infantil.
Mimi seguía silenciosa y quieta, como si no estuviese, pero estaba y su presencia hacía la diferencia. Ella me daba la sensación de que éramos un verdadero grupo, una cantidad importante de personas para ser una especie de pandilla interracial y deforme.
-¿Es un grupo islámico extremista?- pregunté sin entender.
-No, son un montón de red necks desempleados con demasiado tiempo libre, o eso al menos creo yo. Nadie entiende muy bien de que se trata todo eso.
Peggy Sue volvió a servirse gaseosa en el vaso descartable aunque no se podía, pero los empleados querían cerrar el lugar y ya les importaba un carajo. El que parecía ser el jefe era un mexicano que tenía un trapo húmedo al hombro y estaba expectante a que nos fuésemos para comenzar a poner las sillas sobre la mesa.
-Es hora de que nos vayamos- indicó Buddy Holly mientras desmenuzaba una galleta de la fortuna. No entendí porqué tenía una galleta de la fortuna porque no venía en el menú. Leyó la predicción que viene escrita aleatoriamente en el papel sedoso. Abrió los ojos asombrado, como si le dijese una verdad que esperaba ratificar y lo arrugó y rompió por la mitad. Estrenó un paquete de chicle y se lo metió en la boca, era de helado de naranja y crema.
Salimos al frío. Ya no nevaba pero la temperatura parecía mayor a la que había cuando ingresamos al deli kosher.
-Que comida más horrible- atacó Josh- en un lugar judío esperaba al menos comer sano, bien, barato y rico. No pasó ninguna de todas esas cosas.
Me reí pero me sentí ofendido y no respondí nada.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Linea B: Florida-Los Incas 21.43 a 22.09

Hay una chica en el subte que se parece a una chica con la que tuve sexo una vez, en verdad dos veces. Pensé en mandarle un mensaje de texto pero no sé si el número que yo tengo sigue siendo su número actual. Me arrepentí de la idea por si la chica que está de espaldas a mi es ella pero voltea y no es, entonces mando el mensaje a la chica con la que tuve sexo dos veces pero no responde.

Se sube una monjita y nadie le cede el asiento. Me pregunto que hubiese pasado en esta misma situación en la época en la que la religión le importaba a alguien.

La chica de al lado mío es sexy y manda un sms o por ahí está hablando por Whatsapp pero no lo sé, y mira de reojo lo que escribo y me pregunto si habrá leído que escribí que es sexy y que pensará de que haya escrito eso y si es considerado una ofensa que haya escrito eso o incluso acoso sexual.

Suben unos músicos al vagón pero el subte van tan rapido y hace tanto ruido que no se escucha la música que tocan. Uno le pega a un tambor y el otro toca el saxo. no se presentan. Bajan una estación después sin terminar el tema y sin pedir plata.

La chica que se parece a la chica con la que tuve sexo dos veces parece estar sacándome una foto con el celular pero hace que escribe un sms. Por ahí escribe un sms y no me está sacando una foto.

La chica sexy de al lado mío habla por teléfono con su tía y su voz no es nada sexy, es nasal y arrugada. Sé que habla con su tía porque dijo "hola tía".

Me mordí el labio y me duele pero no puedo dejar de morder la herida.

Nunca uso la palabra sexy, no se que significa y no me gusta. Sólo cuando canto la canción de una película en la que actúa Will ferrell la uso pero la canto en privado en mi casa o frente a pocos amigos porque me da verguenza.

Tengo mucha hambre. Comería pizza o un sandwich de carne con queso gratinado aunque no debería proque soy judío y no esta permitido pero yo no cumplo nada pero me da culpa de todas formas. Casi seguro pida pizza, estoy de mal humor. También voy a comer chocolate y a tomar mucha Pepsi y voy a mirar Curb your enthusiasm. Ayer se me quemó el pochoclo y todavía no lo limpié.

http://youtu.be/6r1LrRdGKOM

martes, 30 de octubre de 2012

Hypomnémata II


De la botella tostada chorreaban gotas gruesas, se deslizaban por el vidrio y caían hasta la madera reseca de la mesa del bar San Bernardo. La levanté y quedó un círculo perfecto trazado sobre una servilleta, llené su vaso y luego el mío. Una vez que la apoyé nuevamente sobre el círculo perfecto, y que cada uno dio un sorbo, nos dedicamos a hablar.
-Así que Medina te trajo por acá, a todos les toca parece ¿eh?
Dio otro trago, vi su nuez retorcerse, acomodarse, intentar escapar de su garganta. Golpeó el vaso con fuerza y pude escuchar como el gas huía silbante. Quedaba una pequeña lámina blanca de espuma en el fondo, nada más.
-A todos nos toca- retruqué.
-Que garrón venir hasta acá sólo por una muerte.
-Todavía no está muerto.
-Si acá de por sí no hay esperanza, en su situación, todavía menos.
Tenía razón pero no quería darle el gusto de aceptar la derrota, la muerte próxima de Medina.
Macumba se acercó moviendo la cola, con la lengua afuera y su hedor.
-Salí perro de mierda, sarnoso, tomatelás- le gritó el Chino.
 Con la pata trasera, contorsionado, el perro se rascó detrás de la oreja con movimientos lentos y precisos pero se marchó con pesadez y torpeza, su andar tenía cadencia de borracho, como todos en ese bar.
Miré por la ventana, la calle seguía sin pavimentar. Tantos años después y sin pavimentar. Igual, detenida en el tiempo. Todas las casas estaban en su lugar, un poco más despintadas, más cansadas y viejas, como sus dueños, como Medina.

sábado, 27 de octubre de 2012

HOY CUMPLO AÑOS

Hoy es mi cumple y por eso presento un tonto listado de los mejores libros que leí y releí este año, cronológicamente.

Enero
High adventure on the great outdoor- Henry Rollins
Fight Club- Chuck Palahniuk
Leer y Escribir- Ariel Bermani

Febrero
A salto de mata- Paul Auster
American Hardcore- Steven Blush
Evocación de Matías Stimmberg- Alain Paul Mallard
Prisión perpetua- Ricardo Piglia
La invensión de la soledad- Paul Auster
Pequeño mundo ilustrado- María Negroni

Marzo
Sol Artificial- J.P. Zooey
After pop- Eloy Fernández Porta
Black Coffee Blues- Henry Rollins

Abril
Maus- Art Spiegelman
El gaucho insufrible- Roberto Bolaño
Lgar común: el motel americano- Bruce Beguot
Glaxo- Hernán Ronsino
La invasion- Ricardo Piglia

Mayo
Critica y ficción- Ricardo Piglia
Cuentos Morales- Ricardo Piglia
Nombre Falso- Ricardo Piglia

Junio
Punk, la muerte joven- Juan Carlos Kreimer
Ciudad ausente- Ricardo Piglia
Una novelita lumpen-Roberto Bolaño

Julio
El extranjero- Albert Camus

Agosto
No es país para viejos- Cormac McCarthy
Ocio- Fabián Casas
El oficio de sobrevivir- Marcelo Damiani
Literatura y otros cuentos- Martín Rejtman

Septiembre
Siete ensayos sobre Walter Benjamin- Beatriz Sarlo
Hollywood Babylon- Kenneth Anger
Denkbilder- Walter Benjamin
La invasión- Ricardo Piglia
De qué hablamos cuando hablamos de amor- Raymond Carver
Respiración artificial- Ricardo Piglia

Octubre
El astillero- Juan Carlos Onetti
Homenaje a Ricardo Piglia- Teresa Orechiaadsf
Prisión perpetua- Ricardo Piglia
Nombre Falso- Ricardo Piglia

viernes, 19 de octubre de 2012

DOMINGO LEO

Me invitaron a leer pero no podía y al final sí pero la fecha ya estaba cerrada pero me dejan colarme a contar un cuenton que forma parte de un tríptico que estoy por terminar.

UNTO DE FUGA presenta DÜNAMIS VI
Un ciclo que reúne música, cine, literatura y arte.

ATRÁS HAY TRUENOS
atrashaytruenos.bandcamp.com

HURRICANE HEART ATTACKS
sadness.bandcamp.com/album/hurricane-love-hurricane-heart-attacks

CINE - CORTOS
"Soy tan feliz" de Vladimir Durán
"Cantautor" de Emiliano Romero

POESÍA
Agustina Paz Frontera
Camilo Sce
Lu Martínez
Ariel Pukacz

ARTE
"Nítido Inconsciente"
Dibujos a tinta de DIEGO ALFONSO

DJ/VJ: Punto de Fuga
Fotografía: María Celeste Escobar y Pato Parodi

Entrada $20

Punto de Fuga, programa de radio.
Lunes de 20 a 22hs
Por www.ciclopradio.com.ar

viernes, 12 de octubre de 2012

Hypomnémata I

Hypomnémata es junto a Un círculo perfecto, parte de un tríptico llamado Epecuén.



I
Había perdido casi todo el pelo desde la última vez que lo había visto. Aseguraba haber cenado con Franz Stangl, Adolf Eichmann, Erwin Rommel y Adolf Hitler en Bariloche. Nadie le creía del todo, pero su insistencia nos hacía sospechar. Lo decía con orgullo, pese a eso (un detalle que me permitía  pasar por alto) lo quería; y él a mi. Por eso había vuelto. No para cuidarlo, sino para despedirme.
Ambos sabíamos que moriría pronto. Por eso insistía con verme, tantos años después; y fue la curiosidad lo que me arrastró hasta ese pueblo de nuevo, ese pueblo que ya había  casi logrado olvidar.
Llevaba una bata de tela celeste que parecía de papel. Estaba hundido en el colchón frío y duro del hospital, pese a que cientos de personas ya habían muerto sobre esos mismos resortes sin lograr ablandarlo. Las barandillas despintadas de la cama opacaban la habitación. Una habitación de por sí triste, decorada vulgarmente con una cruz de madera, un espejo con una de sus esquinas oxidadas y una mesita de luz con un velador, un teléfono de disco y una Biblia en el cajón, cubierta por una lámina de polvo.
Nadie lee la Biblia cuando se encuentra en mi situación, por eso está roñosa, olvidada, me dijo. Una Biblia en un hospital no tiene nada que hacer. Hasta acá no llega el poder de Dios. Su bondad no se ve, es el día a día; sólo somos capaces de percibir y de sentir su maldad. Por eso somos mortales y él es Dios, claro está. Si tuviese una mujer sería probable que cuando yo muriese lo culpara a Él y no a los médicos; no a mí por haber hecho caso omiso a las advertencias. Yo escuchaba paciente su agonía de viejo. Era lo único que podía hacer por él, estar ahí y escuchar.

martes, 9 de octubre de 2012

Barrefondo

Barrefondo es un documental  que dirigí y que tiene por protagonista al escritor Felix Bruzzone quien se gana la vida limpiando piletas. Junto a Gabriela Cabezón Cámara, Hernán Ronsino y Osvaldo Baigorria, reflexiona sobre el acto de escribir y el trabajo.


martes, 18 de septiembre de 2012

Un círculo perfecto (PARTE V DE V)


V
Medina lleva puesta la misma ropa que el día anterior pero arrugada. Ella también, lo que me obliga a deducir que mis sospechas son en verdad una realidad. Me siento vulnerable y tonto, humillado pese a que nadie se ha complotado en mi contra ¿O sí?
Los obreros no están pero su presencia resuena, sigue vibrando en el ambiente por el polvillo blanco, dañino, que nos acompañará durante los siguientes tres meses.
Esquivel transcribe a máquina un acta del caso Rosendo. Simplemente lo oigo, no lo veo, me irrita pensar en sus dedos presionando las teclas y los martillos, con las letras, entintando la hoja. 
Tomo la carpeta caratulada como Caso Salvucci-Correa, la abro. Leo el primer expediente pero mi mente está en otro lado. En la camisa arrugada de Medina, en el vestido pálido de ella, en el polvo del aire. Me levanto y me dirijo a la cocina. Preparo un café en una taza cualquiera, lo sirvo con lentitud porque en verdad es tan solo una excusa para despejar la cabeza, tomarme un minuto de descanso e intentar pensar en otra cosa pero me es imposible. Las imágenes inexistentes, supuestas, que creo para auto flagelarme, para crear un enemigo, una excusa para odiarla y lograr aceptar que no es mía, continúan girando dentro de mí, trazando un circulo perfecto.
Tomo el café de pie, en la minúscula cocina de azulejos celestes, gastados, tristes. Los miro, intento comprenderlos, pensar en su fabricante, en porqué son necesarios. No despego los ojos de ellos, entre trago y trago noto que me angustian. Lavo la taza y la vuelvo a colocar, boca abajo, junto a las otras. Gotea.
Regreso a mi cubículo, desganado. Oigo a Medina monologar, lo supongo frente a Vanesa.
“Los artistas no tienen un plan b, no les queda otra que tener un trabajo en el que no puedan progresar, estático, que los haga infelices, para así, verse obligados a triunfar con su arte, con lo que realmente les importa. Focalizar su energía en una sola dirección, en un único interés”.
Muerdo un lápiz, con violencia, por la bronca de no ser nadie, por las palabras de Medina.
 “Yo no tengo un plan”, pienso.
Me levanto mareado ante el descubrimiento, observo a mis compañeros y todos trabajan, levemente inclinados sobre los escritorios, jorobados. Tomo aire y miro por la ventana que se encuentra lejos, al final del corredor, deja ver un  paisaje mutilado, seco.
La vista me da una extraña tranquilidad que dura unos minutos pero luego me sumerge en una profunda tristeza y me veo obligado a reflexionar para mis adentros, apretando los dientes. No surge ningún pensamiento. Observo y me abstraigo de lo que veo: árboles derrotados. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Un círculo perfecto (Parte IV de V)


El sol ya no está. No sé en que momento se ocultó. Voy a hacer café, no es mi taza la que uso. Al volver a mi escritorio anoto en un papel una frase que jamás podrá ser leída, por lo tanto tampoco recordada. Cintia aparece y lo escondo en mi mano. Siento el sudor saliendo de mis dedos. La tinta borroneada, la letra ilegible. La oración desaparece para siempre.
“¿Qué tenés ahí?” me pregunta y le respondo que nada. Levanta las cejas con incomprensión.
Vanesa y Medina no están, Esquivel mira el reloj sin pestañear.
Pienso en un tumor, me doy cuenta de que nunca vi uno, no sé como lucen. Imagino una bola amorfa parecida a un corazón pero con el color de un moretón y venas azules, gruesas, marcadas.
Son las seis, es hora de irse. No espero a Esquivel. Salgo al frío, aprieto los dientes. Busco con la vista a Vanesa o a Medina. No hay nadie en la cuadra. Cintia sale y me observa con disimulo, fuma, espera expectante a que le hable, a que la invite a salir. Me voy sin despedirla, mis zapatos hacen ruido al caminar. Se confunden con el soplido constante del viento, del puto viento.
Pienso en Medina y en Vanesa. Los imagino cogiendo en la cama de algún hotel.
Ella en el baño, polvoreándose las mejillas antes de escabullirse bajo una sábana azul, áspera, perfumada.  Él tirado en la cama, flácido, pálido, temeroso. Esperando ansioso que aparezca desnuda, entregada.
Pienso en el sudor y los cuerpos agitados, en somnolencia y cansancio. Sus corazones apurados, del color de un moretón, con venas azules en relieve.
Vuelvo a la oficina, a buscar a Esquivel. Para charlar, para no pensar. Ya no está. Voy al bar, solo. Pido cerveza, el sonido del gas me calma de alguna manera extraña.
Doy un sorbo. Sigo pensando. En ellos dos. Revolcándose.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Eso hace la gente



Estaba concentrado con una revista de chimentos, leía un artículo sobre una enfermedad en los huesos que sufría el hijo de un actor que ya casi nadie recordaba. Tenía una taza de café que humeaba apoyada en el escritorio. Era en verdad un vaso de papel que había sacado de la máquina que los dueños del hotel le alquilaban a una empresa para que los clientes tomasen mientras esperaban para ingresar a sus habitaciones. Pero él no tomaba ese café, era muy caro y feo. Prefería tomar el de la cafetera que tenían en una habitación donde guardaban sus bolsos y abrigos. Eventualmente lo hacía él pero la mayoría de las veces era María quien lo preparaba. Esta vez lo había hecho él.

El ruido de la autopista se colaba por la ventana que estaba ligeramente abierta porque el ambiente estaba viciado por el olor a cigarrillo y a café y también a humedad y a traspiración. Traspiraba porque había encendido una estufa eléctrica, afuera hacía frío, llovía.
Se escuchó un ruido seco y desparejo, como si alguien arrastrase un piano por un piso de mármol; pero en el hotel los pisos eran de madera y no había ningún piano.

Dio un trago al café. Pasó de página, primero se humedeció el dedo con saliva. La siguiente nota eran consejos para vestirse los sábados por la noche. Leyó el artículo entero pese a que no solía salir los sábados por la noche porque trabajaba. Era sábado.
Le puso especial atención al artículo, como si al leerlo pudiese transportarse a otro lugar, a alguna de las fiestas que se estaba perdiendo. Esa era su literatura, las revistas baratas con fotos mal impresas, sutilmente fuera de foco, con los colores saturados.

Sonó la campanilla de la puerta e ingresó María, estaba abrigada y agitada, de su boca todavía salía humo o vapor.
Comenzó a desabrigarse, su ropa hacía ruido al rozarse entre sí. Alex, fastidiado por su calma rota fue a la habitación a servirle un vaso de café para que se calmara y calentase un poco.
-Vi algo- dijo María, todavía agitada.
-¿Qué?- preguntó Alex y dio otro sorbo al café. Dejó la revista debajo del mostrador, abierta, boca abajo.
-No se bien- dijo María y dio un trago al café, su cara pareció fruncirse.
-No hay azúcar, hay que comprar.
-Vi algo- repitió ella y el viento ingresaba por la ventana en forma de un silbido espectral.
Alex, de pie, esperó a que su compañera dijese algo.
El sonido de la ruta continuaba afuera, incesante e infinito.
-Vi a un hombre hacer algo a otro hombre.

 Ambos escucharon un grito y algo que caía desde altura y golpeaba el suelo de madera y estallaba en mil pedazos, algo de vidrio o loza, como un cenicero o una taza. Ese ruido fue acompañado de otro, opaco, el de un cuerpo golpeándose contra una pared. Otros sonidos similares aparecieron momentos después, como si un cuerpo forcejeara contra otro cuerpo. Pero era el segundo el que tenía el control y reducía al primero contra la puerta o la pared.
Alex dio otro trago. María lo acompañó en la acción.
-Había dos autos con las balizas prendidas y un hombre se bajó del que estaba más adelante y se acercó al que estaba detrás. Sólo veía su silueta, era negra.
-¿Y qué pasó?- preguntó Alex, teniendo verdadera curiosidad por la siguiente carilla de la revista.
-No lo sé- crucé el puente y vine.
Hubo otro grito y otro golpe, venían de escaleras arriba. Una puerta se agitó y otra persona gritó que quería dormir, que solucionasen sus problemas en otro lugar.
-Podés morirte hijo de puta- respondió la mujer, desde el interior de la habitación.
Se oyeron los pasos del hombre marchándose derrotado a su pieza.
María pensó en llamar a la policía, pero no hizo nada. Una luz de dos faroles ingresó por la ventana. Un motor se apagó y reinó una extraña calma. Una puerta se abría.
-¿Quedan habitaciones libres?- preguntó María mientras buscaba de debajo del mostrador el libro de ingresos.
Alex retomó su lectura, expectante a que la puerta se abriese.
Hubo un último sonido, seco y profundo, que se perdió en el ambiente y se olvidó para siempre.
Hubo gritos porque la gente a veces toma, y consume cosas. Porque la gente muchas veces está loca. Porque no saben lidiar con sus problemas, y huyen. Por eso se alojan en hoteles al costado de la ruta, con carteles de neón que ya no asombran. Eso hace la gente.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Un círculo perfecto (Parte III)


III

Pende un hilo de una taza,  del extremo visible se lee una etiqueta que indica el sabor del té, elresto está sumergido en la infusión.  La taza esta apoyada en mi escritorio pero no me pertenece. La mía tiene un águila polaca, esta tiene un lobo marino y dice Mar del Plata. Humea, huele rico. Cintia la levanta y sonríe. “Me mandaron a compartir la oficina con vos hasta que terminen de pintar y remodelar la mía”, dice. Yo sonrío o hago algo parecido con la boca y con toda mi cara. Transpiro, ella se da cuenta. De mi incomodidad, de mi olor, de mi miedo. Como si fuese un perro de policía en busca de cocaína.
Miro su oficina y esta aprisionada por paredes de yeso. Dos hombres entran con herramientas. Sus mamelucos son azules. Están teñidos de polvillo blanco. No usan barbijo. Pienso en sus pulmones, en sus venas, azules.  Pienso en la muerte y en edificios destruidos. Pienso en inundaciones (como si me adelantara a los hechos, como si tuviese una premonición) de agua azul al principio, marrón con el tiempo.  Imagino mosquitos revoloteando y dejando sus huevos en el agua infectada.
“A Vanesa la mandaron con el alemán”, me informa Cintia.  Mi sudor se seca, en un instante se torna frío. El alemán es Medina, así le comenzarán a decir, por su pelo rubio y finito, su altura, los ojos verdes, la tez rosada. Observo la oficina de Medina, mi nuevo enemigo. Se que Cintia me mira, quiere ver mi reacción. Mi cara tosca, fruncida por el enojo o la rabia. Por la violencia o la impotencia. La lejanía. Intento no darle importancia, simular.
Me surge un deseo de acostarme con Cintia, en forma de venganza. Venganza hacia Vanesa. Una venganza que no existe, nadie la sufre. “Todavía”, pienso con intención de moralizarme.
Esquivel escuchó, lo se. También sé que me mira, quiere ver mi reacción. Complotarse contra ese.