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viernes, 12 de octubre de 2012

Hypomnémata I

Hypomnémata es junto a Un círculo perfecto, parte de un tríptico llamado Epecuén.



I
Había perdido casi todo el pelo desde la última vez que lo había visto. Aseguraba haber cenado con Franz Stangl, Adolf Eichmann, Erwin Rommel y Adolf Hitler en Bariloche. Nadie le creía del todo, pero su insistencia nos hacía sospechar. Lo decía con orgullo, pese a eso (un detalle que me permitía  pasar por alto) lo quería; y él a mi. Por eso había vuelto. No para cuidarlo, sino para despedirme.
Ambos sabíamos que moriría pronto. Por eso insistía con verme, tantos años después; y fue la curiosidad lo que me arrastró hasta ese pueblo de nuevo, ese pueblo que ya había  casi logrado olvidar.
Llevaba una bata de tela celeste que parecía de papel. Estaba hundido en el colchón frío y duro del hospital, pese a que cientos de personas ya habían muerto sobre esos mismos resortes sin lograr ablandarlo. Las barandillas despintadas de la cama opacaban la habitación. Una habitación de por sí triste, decorada vulgarmente con una cruz de madera, un espejo con una de sus esquinas oxidadas y una mesita de luz con un velador, un teléfono de disco y una Biblia en el cajón, cubierta por una lámina de polvo.
Nadie lee la Biblia cuando se encuentra en mi situación, por eso está roñosa, olvidada, me dijo. Una Biblia en un hospital no tiene nada que hacer. Hasta acá no llega el poder de Dios. Su bondad no se ve, es el día a día; sólo somos capaces de percibir y de sentir su maldad. Por eso somos mortales y él es Dios, claro está. Si tuviese una mujer sería probable que cuando yo muriese lo culpara a Él y no a los médicos; no a mí por haber hecho caso omiso a las advertencias. Yo escuchaba paciente su agonía de viejo. Era lo único que podía hacer por él, estar ahí y escuchar.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Un círculo perfecto (Parte IV de V)


El sol ya no está. No sé en que momento se ocultó. Voy a hacer café, no es mi taza la que uso. Al volver a mi escritorio anoto en un papel una frase que jamás podrá ser leída, por lo tanto tampoco recordada. Cintia aparece y lo escondo en mi mano. Siento el sudor saliendo de mis dedos. La tinta borroneada, la letra ilegible. La oración desaparece para siempre.
“¿Qué tenés ahí?” me pregunta y le respondo que nada. Levanta las cejas con incomprensión.
Vanesa y Medina no están, Esquivel mira el reloj sin pestañear.
Pienso en un tumor, me doy cuenta de que nunca vi uno, no sé como lucen. Imagino una bola amorfa parecida a un corazón pero con el color de un moretón y venas azules, gruesas, marcadas.
Son las seis, es hora de irse. No espero a Esquivel. Salgo al frío, aprieto los dientes. Busco con la vista a Vanesa o a Medina. No hay nadie en la cuadra. Cintia sale y me observa con disimulo, fuma, espera expectante a que le hable, a que la invite a salir. Me voy sin despedirla, mis zapatos hacen ruido al caminar. Se confunden con el soplido constante del viento, del puto viento.
Pienso en Medina y en Vanesa. Los imagino cogiendo en la cama de algún hotel.
Ella en el baño, polvoreándose las mejillas antes de escabullirse bajo una sábana azul, áspera, perfumada.  Él tirado en la cama, flácido, pálido, temeroso. Esperando ansioso que aparezca desnuda, entregada.
Pienso en el sudor y los cuerpos agitados, en somnolencia y cansancio. Sus corazones apurados, del color de un moretón, con venas azules en relieve.
Vuelvo a la oficina, a buscar a Esquivel. Para charlar, para no pensar. Ya no está. Voy al bar, solo. Pido cerveza, el sonido del gas me calma de alguna manera extraña.
Doy un sorbo. Sigo pensando. En ellos dos. Revolcándose.