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martes, 30 de octubre de 2012

Hypomnémata II


De la botella tostada chorreaban gotas gruesas, se deslizaban por el vidrio y caían hasta la madera reseca de la mesa del bar San Bernardo. La levanté y quedó un círculo perfecto trazado sobre una servilleta, llené su vaso y luego el mío. Una vez que la apoyé nuevamente sobre el círculo perfecto, y que cada uno dio un sorbo, nos dedicamos a hablar.
-Así que Medina te trajo por acá, a todos les toca parece ¿eh?
Dio otro trago, vi su nuez retorcerse, acomodarse, intentar escapar de su garganta. Golpeó el vaso con fuerza y pude escuchar como el gas huía silbante. Quedaba una pequeña lámina blanca de espuma en el fondo, nada más.
-A todos nos toca- retruqué.
-Que garrón venir hasta acá sólo por una muerte.
-Todavía no está muerto.
-Si acá de por sí no hay esperanza, en su situación, todavía menos.
Tenía razón pero no quería darle el gusto de aceptar la derrota, la muerte próxima de Medina.
Macumba se acercó moviendo la cola, con la lengua afuera y su hedor.
-Salí perro de mierda, sarnoso, tomatelás- le gritó el Chino.
 Con la pata trasera, contorsionado, el perro se rascó detrás de la oreja con movimientos lentos y precisos pero se marchó con pesadez y torpeza, su andar tenía cadencia de borracho, como todos en ese bar.
Miré por la ventana, la calle seguía sin pavimentar. Tantos años después y sin pavimentar. Igual, detenida en el tiempo. Todas las casas estaban en su lugar, un poco más despintadas, más cansadas y viejas, como sus dueños, como Medina.

sábado, 27 de octubre de 2012

HOY CUMPLO AÑOS

Hoy es mi cumple y por eso presento un tonto listado de los mejores libros que leí y releí este año, cronológicamente.

Enero
High adventure on the great outdoor- Henry Rollins
Fight Club- Chuck Palahniuk
Leer y Escribir- Ariel Bermani

Febrero
A salto de mata- Paul Auster
American Hardcore- Steven Blush
Evocación de Matías Stimmberg- Alain Paul Mallard
Prisión perpetua- Ricardo Piglia
La invensión de la soledad- Paul Auster
Pequeño mundo ilustrado- María Negroni

Marzo
Sol Artificial- J.P. Zooey
After pop- Eloy Fernández Porta
Black Coffee Blues- Henry Rollins

Abril
Maus- Art Spiegelman
El gaucho insufrible- Roberto Bolaño
Lgar común: el motel americano- Bruce Beguot
Glaxo- Hernán Ronsino
La invasion- Ricardo Piglia

Mayo
Critica y ficción- Ricardo Piglia
Cuentos Morales- Ricardo Piglia
Nombre Falso- Ricardo Piglia

Junio
Punk, la muerte joven- Juan Carlos Kreimer
Ciudad ausente- Ricardo Piglia
Una novelita lumpen-Roberto Bolaño

Julio
El extranjero- Albert Camus

Agosto
No es país para viejos- Cormac McCarthy
Ocio- Fabián Casas
El oficio de sobrevivir- Marcelo Damiani
Literatura y otros cuentos- Martín Rejtman

Septiembre
Siete ensayos sobre Walter Benjamin- Beatriz Sarlo
Hollywood Babylon- Kenneth Anger
Denkbilder- Walter Benjamin
La invasión- Ricardo Piglia
De qué hablamos cuando hablamos de amor- Raymond Carver
Respiración artificial- Ricardo Piglia

Octubre
El astillero- Juan Carlos Onetti
Homenaje a Ricardo Piglia- Teresa Orechiaadsf
Prisión perpetua- Ricardo Piglia
Nombre Falso- Ricardo Piglia

viernes, 12 de octubre de 2012

Hypomnémata I

Hypomnémata es junto a Un círculo perfecto, parte de un tríptico llamado Epecuén.



I
Había perdido casi todo el pelo desde la última vez que lo había visto. Aseguraba haber cenado con Franz Stangl, Adolf Eichmann, Erwin Rommel y Adolf Hitler en Bariloche. Nadie le creía del todo, pero su insistencia nos hacía sospechar. Lo decía con orgullo, pese a eso (un detalle que me permitía  pasar por alto) lo quería; y él a mi. Por eso había vuelto. No para cuidarlo, sino para despedirme.
Ambos sabíamos que moriría pronto. Por eso insistía con verme, tantos años después; y fue la curiosidad lo que me arrastró hasta ese pueblo de nuevo, ese pueblo que ya había  casi logrado olvidar.
Llevaba una bata de tela celeste que parecía de papel. Estaba hundido en el colchón frío y duro del hospital, pese a que cientos de personas ya habían muerto sobre esos mismos resortes sin lograr ablandarlo. Las barandillas despintadas de la cama opacaban la habitación. Una habitación de por sí triste, decorada vulgarmente con una cruz de madera, un espejo con una de sus esquinas oxidadas y una mesita de luz con un velador, un teléfono de disco y una Biblia en el cajón, cubierta por una lámina de polvo.
Nadie lee la Biblia cuando se encuentra en mi situación, por eso está roñosa, olvidada, me dijo. Una Biblia en un hospital no tiene nada que hacer. Hasta acá no llega el poder de Dios. Su bondad no se ve, es el día a día; sólo somos capaces de percibir y de sentir su maldad. Por eso somos mortales y él es Dios, claro está. Si tuviese una mujer sería probable que cuando yo muriese lo culpara a Él y no a los médicos; no a mí por haber hecho caso omiso a las advertencias. Yo escuchaba paciente su agonía de viejo. Era lo único que podía hacer por él, estar ahí y escuchar.

martes, 18 de septiembre de 2012

Un círculo perfecto (PARTE V DE V)


V
Medina lleva puesta la misma ropa que el día anterior pero arrugada. Ella también, lo que me obliga a deducir que mis sospechas son en verdad una realidad. Me siento vulnerable y tonto, humillado pese a que nadie se ha complotado en mi contra ¿O sí?
Los obreros no están pero su presencia resuena, sigue vibrando en el ambiente por el polvillo blanco, dañino, que nos acompañará durante los siguientes tres meses.
Esquivel transcribe a máquina un acta del caso Rosendo. Simplemente lo oigo, no lo veo, me irrita pensar en sus dedos presionando las teclas y los martillos, con las letras, entintando la hoja. 
Tomo la carpeta caratulada como Caso Salvucci-Correa, la abro. Leo el primer expediente pero mi mente está en otro lado. En la camisa arrugada de Medina, en el vestido pálido de ella, en el polvo del aire. Me levanto y me dirijo a la cocina. Preparo un café en una taza cualquiera, lo sirvo con lentitud porque en verdad es tan solo una excusa para despejar la cabeza, tomarme un minuto de descanso e intentar pensar en otra cosa pero me es imposible. Las imágenes inexistentes, supuestas, que creo para auto flagelarme, para crear un enemigo, una excusa para odiarla y lograr aceptar que no es mía, continúan girando dentro de mí, trazando un circulo perfecto.
Tomo el café de pie, en la minúscula cocina de azulejos celestes, gastados, tristes. Los miro, intento comprenderlos, pensar en su fabricante, en porqué son necesarios. No despego los ojos de ellos, entre trago y trago noto que me angustian. Lavo la taza y la vuelvo a colocar, boca abajo, junto a las otras. Gotea.
Regreso a mi cubículo, desganado. Oigo a Medina monologar, lo supongo frente a Vanesa.
“Los artistas no tienen un plan b, no les queda otra que tener un trabajo en el que no puedan progresar, estático, que los haga infelices, para así, verse obligados a triunfar con su arte, con lo que realmente les importa. Focalizar su energía en una sola dirección, en un único interés”.
Muerdo un lápiz, con violencia, por la bronca de no ser nadie, por las palabras de Medina.
 “Yo no tengo un plan”, pienso.
Me levanto mareado ante el descubrimiento, observo a mis compañeros y todos trabajan, levemente inclinados sobre los escritorios, jorobados. Tomo aire y miro por la ventana que se encuentra lejos, al final del corredor, deja ver un  paisaje mutilado, seco.
La vista me da una extraña tranquilidad que dura unos minutos pero luego me sumerge en una profunda tristeza y me veo obligado a reflexionar para mis adentros, apretando los dientes. No surge ningún pensamiento. Observo y me abstraigo de lo que veo: árboles derrotados.