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martes, 30 de octubre de 2012

Hypomnémata II


De la botella tostada chorreaban gotas gruesas, se deslizaban por el vidrio y caían hasta la madera reseca de la mesa del bar San Bernardo. La levanté y quedó un círculo perfecto trazado sobre una servilleta, llené su vaso y luego el mío. Una vez que la apoyé nuevamente sobre el círculo perfecto, y que cada uno dio un sorbo, nos dedicamos a hablar.
-Así que Medina te trajo por acá, a todos les toca parece ¿eh?
Dio otro trago, vi su nuez retorcerse, acomodarse, intentar escapar de su garganta. Golpeó el vaso con fuerza y pude escuchar como el gas huía silbante. Quedaba una pequeña lámina blanca de espuma en el fondo, nada más.
-A todos nos toca- retruqué.
-Que garrón venir hasta acá sólo por una muerte.
-Todavía no está muerto.
-Si acá de por sí no hay esperanza, en su situación, todavía menos.
Tenía razón pero no quería darle el gusto de aceptar la derrota, la muerte próxima de Medina.
Macumba se acercó moviendo la cola, con la lengua afuera y su hedor.
-Salí perro de mierda, sarnoso, tomatelás- le gritó el Chino.
 Con la pata trasera, contorsionado, el perro se rascó detrás de la oreja con movimientos lentos y precisos pero se marchó con pesadez y torpeza, su andar tenía cadencia de borracho, como todos en ese bar.
Miré por la ventana, la calle seguía sin pavimentar. Tantos años después y sin pavimentar. Igual, detenida en el tiempo. Todas las casas estaban en su lugar, un poco más despintadas, más cansadas y viejas, como sus dueños, como Medina.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Un círculo perfecto (Parte III)


III

Pende un hilo de una taza,  del extremo visible se lee una etiqueta que indica el sabor del té, elresto está sumergido en la infusión.  La taza esta apoyada en mi escritorio pero no me pertenece. La mía tiene un águila polaca, esta tiene un lobo marino y dice Mar del Plata. Humea, huele rico. Cintia la levanta y sonríe. “Me mandaron a compartir la oficina con vos hasta que terminen de pintar y remodelar la mía”, dice. Yo sonrío o hago algo parecido con la boca y con toda mi cara. Transpiro, ella se da cuenta. De mi incomodidad, de mi olor, de mi miedo. Como si fuese un perro de policía en busca de cocaína.
Miro su oficina y esta aprisionada por paredes de yeso. Dos hombres entran con herramientas. Sus mamelucos son azules. Están teñidos de polvillo blanco. No usan barbijo. Pienso en sus pulmones, en sus venas, azules.  Pienso en la muerte y en edificios destruidos. Pienso en inundaciones (como si me adelantara a los hechos, como si tuviese una premonición) de agua azul al principio, marrón con el tiempo.  Imagino mosquitos revoloteando y dejando sus huevos en el agua infectada.
“A Vanesa la mandaron con el alemán”, me informa Cintia.  Mi sudor se seca, en un instante se torna frío. El alemán es Medina, así le comenzarán a decir, por su pelo rubio y finito, su altura, los ojos verdes, la tez rosada. Observo la oficina de Medina, mi nuevo enemigo. Se que Cintia me mira, quiere ver mi reacción. Mi cara tosca, fruncida por el enojo o la rabia. Por la violencia o la impotencia. La lejanía. Intento no darle importancia, simular.
Me surge un deseo de acostarme con Cintia, en forma de venganza. Venganza hacia Vanesa. Una venganza que no existe, nadie la sufre. “Todavía”, pienso con intención de moralizarme.
Esquivel escuchó, lo se. También sé que me mira, quiere ver mi reacción. Complotarse contra ese.