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sábado, 27 de octubre de 2012

HOY CUMPLO AÑOS

Hoy es mi cumple y por eso presento un tonto listado de los mejores libros que leí y releí este año, cronológicamente.

Enero
High adventure on the great outdoor- Henry Rollins
Fight Club- Chuck Palahniuk
Leer y Escribir- Ariel Bermani

Febrero
A salto de mata- Paul Auster
American Hardcore- Steven Blush
Evocación de Matías Stimmberg- Alain Paul Mallard
Prisión perpetua- Ricardo Piglia
La invensión de la soledad- Paul Auster
Pequeño mundo ilustrado- María Negroni

Marzo
Sol Artificial- J.P. Zooey
After pop- Eloy Fernández Porta
Black Coffee Blues- Henry Rollins

Abril
Maus- Art Spiegelman
El gaucho insufrible- Roberto Bolaño
Lgar común: el motel americano- Bruce Beguot
Glaxo- Hernán Ronsino
La invasion- Ricardo Piglia

Mayo
Critica y ficción- Ricardo Piglia
Cuentos Morales- Ricardo Piglia
Nombre Falso- Ricardo Piglia

Junio
Punk, la muerte joven- Juan Carlos Kreimer
Ciudad ausente- Ricardo Piglia
Una novelita lumpen-Roberto Bolaño

Julio
El extranjero- Albert Camus

Agosto
No es país para viejos- Cormac McCarthy
Ocio- Fabián Casas
El oficio de sobrevivir- Marcelo Damiani
Literatura y otros cuentos- Martín Rejtman

Septiembre
Siete ensayos sobre Walter Benjamin- Beatriz Sarlo
Hollywood Babylon- Kenneth Anger
Denkbilder- Walter Benjamin
La invasión- Ricardo Piglia
De qué hablamos cuando hablamos de amor- Raymond Carver
Respiración artificial- Ricardo Piglia

Octubre
El astillero- Juan Carlos Onetti
Homenaje a Ricardo Piglia- Teresa Orechiaadsf
Prisión perpetua- Ricardo Piglia
Nombre Falso- Ricardo Piglia

martes, 18 de septiembre de 2012

Un círculo perfecto (PARTE V DE V)


V
Medina lleva puesta la misma ropa que el día anterior pero arrugada. Ella también, lo que me obliga a deducir que mis sospechas son en verdad una realidad. Me siento vulnerable y tonto, humillado pese a que nadie se ha complotado en mi contra ¿O sí?
Los obreros no están pero su presencia resuena, sigue vibrando en el ambiente por el polvillo blanco, dañino, que nos acompañará durante los siguientes tres meses.
Esquivel transcribe a máquina un acta del caso Rosendo. Simplemente lo oigo, no lo veo, me irrita pensar en sus dedos presionando las teclas y los martillos, con las letras, entintando la hoja. 
Tomo la carpeta caratulada como Caso Salvucci-Correa, la abro. Leo el primer expediente pero mi mente está en otro lado. En la camisa arrugada de Medina, en el vestido pálido de ella, en el polvo del aire. Me levanto y me dirijo a la cocina. Preparo un café en una taza cualquiera, lo sirvo con lentitud porque en verdad es tan solo una excusa para despejar la cabeza, tomarme un minuto de descanso e intentar pensar en otra cosa pero me es imposible. Las imágenes inexistentes, supuestas, que creo para auto flagelarme, para crear un enemigo, una excusa para odiarla y lograr aceptar que no es mía, continúan girando dentro de mí, trazando un circulo perfecto.
Tomo el café de pie, en la minúscula cocina de azulejos celestes, gastados, tristes. Los miro, intento comprenderlos, pensar en su fabricante, en porqué son necesarios. No despego los ojos de ellos, entre trago y trago noto que me angustian. Lavo la taza y la vuelvo a colocar, boca abajo, junto a las otras. Gotea.
Regreso a mi cubículo, desganado. Oigo a Medina monologar, lo supongo frente a Vanesa.
“Los artistas no tienen un plan b, no les queda otra que tener un trabajo en el que no puedan progresar, estático, que los haga infelices, para así, verse obligados a triunfar con su arte, con lo que realmente les importa. Focalizar su energía en una sola dirección, en un único interés”.
Muerdo un lápiz, con violencia, por la bronca de no ser nadie, por las palabras de Medina.
 “Yo no tengo un plan”, pienso.
Me levanto mareado ante el descubrimiento, observo a mis compañeros y todos trabajan, levemente inclinados sobre los escritorios, jorobados. Tomo aire y miro por la ventana que se encuentra lejos, al final del corredor, deja ver un  paisaje mutilado, seco.
La vista me da una extraña tranquilidad que dura unos minutos pero luego me sumerge en una profunda tristeza y me veo obligado a reflexionar para mis adentros, apretando los dientes. No surge ningún pensamiento. Observo y me abstraigo de lo que veo: árboles derrotados. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Eso hace la gente



Estaba concentrado con una revista de chimentos, leía un artículo sobre una enfermedad en los huesos que sufría el hijo de un actor que ya casi nadie recordaba. Tenía una taza de café que humeaba apoyada en el escritorio. Era en verdad un vaso de papel que había sacado de la máquina que los dueños del hotel le alquilaban a una empresa para que los clientes tomasen mientras esperaban para ingresar a sus habitaciones. Pero él no tomaba ese café, era muy caro y feo. Prefería tomar el de la cafetera que tenían en una habitación donde guardaban sus bolsos y abrigos. Eventualmente lo hacía él pero la mayoría de las veces era María quien lo preparaba. Esta vez lo había hecho él.

El ruido de la autopista se colaba por la ventana que estaba ligeramente abierta porque el ambiente estaba viciado por el olor a cigarrillo y a café y también a humedad y a traspiración. Traspiraba porque había encendido una estufa eléctrica, afuera hacía frío, llovía.
Se escuchó un ruido seco y desparejo, como si alguien arrastrase un piano por un piso de mármol; pero en el hotel los pisos eran de madera y no había ningún piano.

Dio un trago al café. Pasó de página, primero se humedeció el dedo con saliva. La siguiente nota eran consejos para vestirse los sábados por la noche. Leyó el artículo entero pese a que no solía salir los sábados por la noche porque trabajaba. Era sábado.
Le puso especial atención al artículo, como si al leerlo pudiese transportarse a otro lugar, a alguna de las fiestas que se estaba perdiendo. Esa era su literatura, las revistas baratas con fotos mal impresas, sutilmente fuera de foco, con los colores saturados.

Sonó la campanilla de la puerta e ingresó María, estaba abrigada y agitada, de su boca todavía salía humo o vapor.
Comenzó a desabrigarse, su ropa hacía ruido al rozarse entre sí. Alex, fastidiado por su calma rota fue a la habitación a servirle un vaso de café para que se calmara y calentase un poco.
-Vi algo- dijo María, todavía agitada.
-¿Qué?- preguntó Alex y dio otro sorbo al café. Dejó la revista debajo del mostrador, abierta, boca abajo.
-No se bien- dijo María y dio un trago al café, su cara pareció fruncirse.
-No hay azúcar, hay que comprar.
-Vi algo- repitió ella y el viento ingresaba por la ventana en forma de un silbido espectral.
Alex, de pie, esperó a que su compañera dijese algo.
El sonido de la ruta continuaba afuera, incesante e infinito.
-Vi a un hombre hacer algo a otro hombre.

 Ambos escucharon un grito y algo que caía desde altura y golpeaba el suelo de madera y estallaba en mil pedazos, algo de vidrio o loza, como un cenicero o una taza. Ese ruido fue acompañado de otro, opaco, el de un cuerpo golpeándose contra una pared. Otros sonidos similares aparecieron momentos después, como si un cuerpo forcejeara contra otro cuerpo. Pero era el segundo el que tenía el control y reducía al primero contra la puerta o la pared.
Alex dio otro trago. María lo acompañó en la acción.
-Había dos autos con las balizas prendidas y un hombre se bajó del que estaba más adelante y se acercó al que estaba detrás. Sólo veía su silueta, era negra.
-¿Y qué pasó?- preguntó Alex, teniendo verdadera curiosidad por la siguiente carilla de la revista.
-No lo sé- crucé el puente y vine.
Hubo otro grito y otro golpe, venían de escaleras arriba. Una puerta se agitó y otra persona gritó que quería dormir, que solucionasen sus problemas en otro lugar.
-Podés morirte hijo de puta- respondió la mujer, desde el interior de la habitación.
Se oyeron los pasos del hombre marchándose derrotado a su pieza.
María pensó en llamar a la policía, pero no hizo nada. Una luz de dos faroles ingresó por la ventana. Un motor se apagó y reinó una extraña calma. Una puerta se abría.
-¿Quedan habitaciones libres?- preguntó María mientras buscaba de debajo del mostrador el libro de ingresos.
Alex retomó su lectura, expectante a que la puerta se abriese.
Hubo un último sonido, seco y profundo, que se perdió en el ambiente y se olvidó para siempre.
Hubo gritos porque la gente a veces toma, y consume cosas. Porque la gente muchas veces está loca. Porque no saben lidiar con sus problemas, y huyen. Por eso se alojan en hoteles al costado de la ruta, con carteles de neón que ya no asombran. Eso hace la gente.