martes, 25 de agosto de 2009
Para el techo, las noticias (Parte IV)
-D-d-disculpe.
Tom no lo escuchó ni lo vio, siguió pintando y tomando vino.
-D-d-disculpe.
Lo intentó una tercera vez, con un poco más de ímpetu, Tom lo escuchó.
-Diga.- dijo el negro desde arriba dándose un leve descanso y secando el sudor de su pelada.
-Las tejas de mi techo están bastante mal y, y, me gustaría que usted venga a arreglarlas si tiene tiempo.
-Sí, cobro por hora.- dijo Tom aprovechándose de la ingenuidad de aquel blanquito tembloroso.
-¿Está bien, podría venir mañana?
-A primera hora, anóteme su dirección y déjela debajo de aquella maseta.
Nuevamente una teja cayó del techo y nuevamente Tom tuvo la suerte de que no lastimase a nadie, pero asustó a una anciana.
-¿Por qué no se fija lo que hace muchachito?- dijo la vieja de mierda.
-Disculpe señora, disculpe.- dijo Tom sin ganas de discutir.
-Sí, disculpe pero casi me partís la cabeza ¿Tiene permiso para hacer ese trabajo?
-¿Se va a poner en policía señora?
-No jovencito, no en policía pero es un peligro lo que hace ¿Tiene permiso o no?
-Sí, del dueño.
-No, no. No me tome por tonta, del gobierno.
-Señora, estoy laburando, no le estoy afanando a nadie ¿no me rompa quiere?
-Habría que devolverlos a África.- dijo la anciana bien, bien por lo bajo, sin agallas.
Tom pateó otra teja que cayó nuevamente cerca del vejestorio. Si seguía a este ritmo se iba a quedar sin tejas para reemplazar.
El sol estaba descendiendo pero Tom no, seguía allí firme perdiendo bastante tiempo. Le gustaba la altura, se sentía invulnerable, Dios. Escuchando desde arriba a la gente, y cada tanto bajando para comprar un vino.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Para el techo, las noticias (Parte III)
Tom entró y saludó al encargado- Me agarro un vino- dijo y lo retiró del estante casi con los ojos cerrados. Había trabajado un tiempo en aquel lugar pero no duró demasiado, no le gustaba tener que cumplir un horario, lo deprimía.
-Pagalo, me estoy fundiendo.- dijo el empleado del lugar, un viejo amigo del padre de Tom.
-¿Cómo que te estas fundiendo?- preguntó Tom sin saber si preocuparse o reírse de una broma.
-Están por abrir un supermercado a dos cuadras, treinta años en el barrio y ahora me la ponen, no se que voy a hacer.
- Tenés tus compradores.
-Clientes se dice.
Tom dejó un billete en el mostrador.- no te vas a fundir, el barrio te va a seguir comprando a vos, vas a ver.
Las palabras entusiasmaron al viejo, lo llenaron de esperanza. Se aferró a la mano de Tom y sonrió.
Cuando iba volviendo, vio como una patrulla doblaba a toda velocidad por la esquina y perseguía infelizmente a un auto muy lastimado, no escuchó ningún disparo.
Se subió al techo nuevamente, el crimen perfecto, nadie lo había visto bajarse. Pero no se percató de que Ortiz se dio cuenta de que el martilleo había cesado. Antes de poder siquiera abrir el cartón de su delicioso vino tinto, el dueño de casa se apareció. Tom no llegó a ocultar el envase tras la caja de herramientas.
-¿Tomando vino?- preguntó el Señor Ortiz
-Disculpe señor
-Terminá el trabajo de una vez.- se metió en la casa.
Tom siguió ahí haciendo equilibrio entre tejas sueltas, pisó una y se resbaló, casi cae pero logró atajarse, lo que si calló fue una teja que por suerte no le pegó a Bruno, un nenito del barrio.
-¡Tené cuidado Tom, casi me matás!- dijo el chico mientras intentaba dominar el manubrio de su bicicleta.
-Disculpame brunito, se me calló una teja ¿Cómo anda todo niño?
-Todo bien, hoy me saque un ocho
-¡En qué te sacaste un ocho?- preguntó el obrero muerto de ternura.
-En un examen de historia ¿Sabías que Cristóbal Colón descubrió América en 1498?
El hombre se quedó pensando en el tejado, o la profesora era una bruta o el nene le estaba haciendo una broma.
-Chau Tom.- dijo el nene agitando su manito y siguió su camino a alta velocidad por la vereda.
martes, 18 de agosto de 2009
Para el techo, las noticias (Parte II)
-Pero negro boludo ¿No te das cuenta que es la hora de la siesta?
-Boludo será usted, es mi trabajo.- Y lo era, el mulato se cogía a la mujer de ese, Escalada se llamaba, José y su esposa Mariel. Mientras José estaba en su pedorra oficina en el centro, Tom se pasaba el rato con Mariel
No era nadie y se creía que era un gran empresario. Estaba llevando a una PYME de segunda a ser de cuarta. Era un fracasado y él lo sabía, sus hijos lo sabían, su esposa lo sabía y Tom lo sabía; También el resto del barrio, pero solo Tom se la cepillaba, al menos era del único que se sabía. José era un boludo, uno de primera pero no podía admitirlo, necesitaba mantener su imagen de apócrifo triunfador.
En el fondo se sentía mal de ser así y de saber que un negro se cogía a su mujer, si hubiese sido uno de descendencia europea no le hubiese jodido tanto. Un racista manicero e/o impotente.
Tom siguió golpeteando el tejado, José no se volvió a quejar del ruido, siguieron conviviendo en paz y el negro cogiendose a su mujer.
Bajó del techo para comprarse otro vino, necesitaba muchos cartones para emborracharse, ese físico fibroso por naturaleza, necesitaba mucho alcohol para ser tumbado. Se colocó los breteles del jardinero para que no lo detengan por exhibicionismo, si un blanquito lo hacía, seguramente no pasaba nada, prefirió doblegarse y seguir la ley para poder terminar su trabajo de una vez por todas y poder embriagarse de verdad y de un tirón.
Odiaba las pequeñas dosis, odiaba tomar de a tragos, odiaba los canapés. A lo grande, platos llenos y botellas enteras de un solo trago. Guarro, salvaje, pero feliz.
martes, 11 de agosto de 2009
Para el techo, las noticias (parte I)
El negro estaba empapado en sudor, con los breteles del jardinero colgándole a la altura de la cintura, dejando al descubierto sus tatuajes baratos. Con gruesos guantes para no arrancarse los dedos a martillazos y para secarse el sudor. Tenía su caja de herramientas haciéndole equilibrio entre las tejas azules y amenazando con caer al vacío y matar a algún peatón. También tenía un cartón de vino que escondía cuando salía algún Ortiz.
Toc toc toc y el negro seguía sudando, no tanto como sus antecesores debieron haberlo hecho en África, pero él no era africano, era…
Tom bebía el vino barato como un animal, justo se estaba limpiando el mentón y Ortiz Sr sale a la calle, el esconde el envase detrás de su caja de herramientas y espera atento la pregunta o reto del señor.
-Tom ¿Cuánto falta para que termines ese tejado? Estas hace más de una hora ahí arriba.
-Disculpe señor, hay varias tejas en muy mal estado y tuve que cambiarlas.
- ¿De dónde sacaste las nuevas?
-De su garage señor.
- ¿Estaban pintadas?- preguntó el señor poniendo su mano sobre sus ojos para tapar al demoledor Rey Sol.
-No, las tuve que pintar yo señor.
-¿De dónde sacaste la pintura Tom?
-De su garage señor
El Sr Ortiz gruñó o algo así y se metió de nuevo en la casa.
viernes, 7 de agosto de 2009
Libro perdido, encontrado (Parte VII)
Andar en bicicleta era el único deporte que hacía y solamente sucedía algunos francos, asíque mi estado físico se deben imaginar como era.
Partí de mi casa despacio para no cansarme y paseé por las calles de adentro (vivía lejos del centro), anduve un rato hacia el este y aparecí en la riviera, con los bares y restaurantes y parques y el río y el aeropuerto y los linyeras vip a quienes gendarmería intentaba ocultar para hacer sentir mas cómodos a los turistas.
Ahí frené y decidí sentarme a comer mis sándwiches en el pastito y a jugar con el gato sin nombre.
Fue en aquel momento de regocijo, placer y cariño que alguien me tocó el hombro. Supuse que sería un oficial de policía con ganas de fastidiar y de obligarme a levantarme para no quedar como un hobo frente a los turistas. Suerte la mía que no era un policía, pude percibirlo primero por el dulce olor a perfume y por la liviandad de su mano en mi hombro, dedos finitos. Era la pelirroja de hacía unas semanas. Se habían evaporado mis ilusiones de volver a verla, son pocos los compradores que vuelven. Generalmente están al paso y no concurren aquella esquina regularmente.
Creo haberme sonrojado, me quedé mudo y sin saber que decir, acomodé mis anteojos y me peiné.
Rompió ella el hielo, que vergüenza.
- Hola ¿Vos sos el vendedor de garapiñadas no? ¿Es tuyo el gatito?
Respondí a ambas preguntas con sin simplón- sí.
-¿Cómo se llama el gato?- seguía insistiendo con preguntas
-¿Cómo te llamas vos? Le dije medio nervioso y con un tono agresivo que me salió sin querer por no saber tratar con las mujeres.
-Violeta ¿Vos?
-El gato no tiene nombre- no respondí su última pregunta sino la anterior, hablaba mucho y muy rápido la muchacha. Yo tenía claramente otro ritmo- Yo Felipe.
-Un gusto- respondió con una sonrisa gigante, dejando a la luz sus inmensos y blancos dientes, tan grandes y tan blancos que parecían prótesis- ¿Cómo que el gato no tiene nombre?
-No, vive conmigo pero no es mío, es libre de irse cuando quiera.
-Mira que interesante ¿Sos activista a favor de los derechos de los animales?
- No, simplemente no me pertenece, si pudiese le haría pagar la mitad de las expensas
Se rió y lo acarició. Lo levantó con ambas manos y lo puso junto a su nariz y le dijo con vos chillona- Que buen dueño que tenes- Me miró y dijo nuevamente con vos chillona- No, dueño no. Que buen casero que tenes, vivís de arriba gatito.
Le convidé un sándwich que aceptó creo que por cordialidad, también le ofrecí agua.
A la media hora de charla, no muy fluida por cierto, ya tenía bastante información sobre su vida. Violeta; treinta y dos años; creativa publicitaria; soltera; una sola pareja seria de cinco años que la dejó hacía cuatro sin una verdadera oportunidad de revancha, según decía ella.
Que más que más. Ah, vivía en un ph bastante barato, a unas cinco cuadras de mi casa; manejaba un hatchback usadísimo que le había donado el tío y que solía quedarse bastante; iba al gimnasio dos veces por semana, una vez natación y una vez yoga; prefería el vino tinto al blanco y sobre cualquier otra bebida alcohólica.
Vio entre mis cosas aquel cuaderno rotísimo y preguntó por él.
sábado, 1 de agosto de 2009
Libro perdido, encontrado (parte VI)
Resultó ser una calle principal de la zona antigua de Varsovia. Un complejo de edificios caros. No se si sería un hotel o un lugar para alquilar o si pertenecería al dueño del cuaderno.
Cuando volví a casa, luego de darme una ducha, continué el diario.
(…) El departamento de Varsovia ya está tazado y la casa de Montevideo también. A Uruguay viajaré lo antes posible para conseguir comprador. Si la vieja se muere estoy lo suficientemente cerca como para volverme en el día, para Polonia voy a tener que esperar más.
Flor de garca parecía el dueño del libro. No seguía el diario, del otro lado de la carilla no había nada. Decidí entonces abrir una página al azar. Había una hoja de maple abrochada al cuaderno, ya seca y escrito con marcador indeleble negro sobre ella la palabra (o conjunto de letras) ADANAC. Tardé en darme cuenta qué significaba.
El cuaderno paralelo quedó abandonado más que rápido, no daban ganas de anotar y no parecía tan importante lo que decía. Mis preocupaciones eran otras, había solucionado lo del gas pero cerca de mi puesto se había instalado un vendedor de panchos con salsas. Era competencia relativa. Sus latentes compradores no eran con seguridad los mismos que los míos, por un tema de sabor. Dulce contra salado. Tenía mi desconfianza acerca de aquel puesto, intentaría no preocuparme, demasiado.
viernes, 31 de julio de 2009
Cronos
Desayunaba a las cinco de la tarde y se lavaba los dientes a las tres de la mañana. Dormía a plena luz del día y se despertaba en plena noche a tocar la trompeta. Pero era precavido, le ponía la sordina para reducir su sonido y seguir conviviendo con sus vecinos.
Vivía en un departamento chico pero prolijo, se encargó en dejarlo iluminado. Con estufa para el invierno y ventilador para el Verano. En esta época en la que todo edificio viejo es demolido para levantar super torres o como mínimo reciclarlo, él se mantenía refugiado en un pequeño pero tranquilo departamento. No necesitaba más para estar bien.
Era alquilado y gastó mucha plata en dejarlo en condiciones. Estaba cómodo ahí, además vivía solo. Él y el ruido de la heladera, el goteo de la canilla y los colectivos de la avenida que se metían de garrón por la ventana.
No se cruzaba con frecuencia a sus vecinos, generalmente debido a sus extraños horarios. Sufría de insomnio y esto le jugaba a favor. Esta prolongada falta de sueño (a veces de hasta una semana) era la culpable de sus profundas y gruesas ojeras violáceas. Le daban una apariencia adormecida a su fea cara. Parecía un mal parido, si se le sumaban sus grandes paletas que aparecían de modo siniestro junto a sus encías cuando sonreía.
El no tenía mayor preocupación que ser el dueño de su propio tiempo, darse el lujo de gastar sus horas de la forma que el quisiese: Tardar horas en una ducha caliente, pocos minutos en almorzar y atar sus cordones reiteradas veces con diferentes clases de nudos. Depende el día iba variando la distribución de su tiempo. Él dominaba sobre las horas, minutos y segundos.
David tenía un extraño pasatiempo, comprar libros y leer tan solo la contratapa. Le resultaba emocionante como en un par de párrafos le vendían la obra como la mejor jamás escrita.
Le gustaba tomar té y presenciar el pequeño tornado color beige que se formaba en la taza al echarle un chorrito de leche descremada. Tenía una dieta estricta y aburridamente vegetariana, aunque disfrutaba de lácteos.
No le molestaba la soledad, le dejaba tiempo extra para limpiar la casa y lavar la ropa, secar el espejo empañado del baño y prepararse la comida.
Su trabajo era de oficina, es irrelevante el puesto y empresa, era aburrido. Para pagar las expensas nomás. Era un trámite para él. Era atento con sus compañeros de trabajo, no sabían su nombre pero le exigían, él lo sabía pero no le dolía. No le importaba la gente.
Ocho horas laborales, una de almuerzo y cuarenta de viaje entre ida y vuelta a la oficina. Quedaban más de catorce horas para el reloj de su mano derecha. Su reloj preferido, el que lo hacía invencible.
Cuidaba mucho ambos relojes, no era un obsesivo pero los tenía en buenas condiciones. El vidrio estaba apenas rayado por su mala costumbre de ponerlos boca abajo en su mesita de luz. Al llegar a su casa, abandonaba el de su mano izquierda. Al irse a dormir, abandonaba el de su mano derecha y se abrazaba a su muñeca el del horario “tradicional”. Se despertaba e iba al trabajo, así de lunes a viernes como cualquier otra persona. Pero estaba en él condimentar sus horas libres de nuevas aventuras.
Su vida no se dirigía a ningún lado, en parte por negación, también por inmadurez y un poco por desinterés. El estaba bien así, con su divino tiempo. No le importaba ser ya un adulto, estar envejeciendo y tener ese trabajo de oficina, no tener amigos ni pareja, por lo tanto tampoco teléfono. No tenía quien lo llame. Estaba librado de casi cualquier cosa material, en parte porque su sueldo no le permitía grandes lujos.
Una noche en la que se presentó uno de sus retorcidos horarios, se fue a dormir tan solo cuarenta minutos antes de tener que ir a trabajar. Mientras dormitaba, uno de sus brazos golpeó su mesita de luz y tiró al suelo su reloj especial, el de su mano izquierda. David se enteró de la tragedia una media hora después, cuando se despertó para ir a trabajar.
Al ver el reloj con su vidrio roto y con las agujas muertas, se echó a llorar. Se sintió negligente, poco cuidadoso. Traicionero y asesino, cuando en verdad era tan solo un reloj roto. No para él.
Los mocos chorreaban de su nariz aguileña. Se agarraba las tiritas de pelo que le colgaban sobre la cara y las acomodaba detrás de sus orejas.
Estaba desconsolado, no sabía que hacer. Era como si se hubiese muerto un amigo imaginó, no los tenía. No tenía más el dominio de su tiempo, las situaciones comenzarían a superarlo. Sabía que su error sería difícil de remendar.
Ese día, por primera vez en su vida, había llegado tarde a un lugar. Al trabajo. Nadie le dijo nada, su puntualidad obviamente siempre había sido quirúrgica. Su retraso fue tomado desapercibido.
Tardó el doble en hacer sus tareas, no encontraba las cosas y estaba desconcentrado. Su almuerzo, al igual que siempre lo pasó solo, pero esta vez llorando. Todos los otros empleados de la oficina lo observaban en silencio, como si fuese un grotesco espectáculo: ver a un feo obsesivo y solitario llorando en su tiempo de descanso. Eso no lo pasan en la tele. Y era gratis.
Tardó el doble de tiempo en comer, y casi un treinta por ciento más en volver a su casa.
No encontraba la medida justa de tiempo para mirar televisión (tan solo los adelantos, seguía el mismo patrón que con los libros), practicar con su trompeta, bañarse o calentar su comida. Su vida pasó a ser caótica y desorganizada, ya no podía calcular cuanto tiempo quería entregar a cada actividad. Extrañaba su compleja estructura horaria que mantenía con su reloj especial.
Los días pasaban y no podía acostumbrarse a la fea rutina ni a su tiempo de ocio sin su reloj. Nunca se había dado cuenta de su dependencia incondicional hacia el aparato de su mano derecha. Le quedó el reflejo y cada tanto miraba su mano. Se sentía estúpido después. Al igual que se sentía un tonto cuando se le cortaba la luz e intentaba prenderla.
Semanas después la rutina lo tenía agobiado, comenzó a responderles mal a sus compañeros y a sentirse desganado, sentía impotencia y cada minuto que pasaba, cada minuto que perdía sabía que estaba mas cerca de morir. El tiempo, que era su vida, pasó a transformarse en una triste y tortuosa espera de caer en una fosa que no sería visitada.
Su era dorada de bienestar terminó, desconsolado se dio cuenta de una simple cosa, ya era una persona común y corriente.
miércoles, 29 de julio de 2009
Como Ser Un Gran Escrito
de ramon valdes
para Ariel Pukacz
fecha 29 de julio de 2009 17:54
asunto para ser buen escritor
enviado por gmail.com
Mira la receta de bukowski para ser buen escritor:
Como Ser Un Gran Escritor
tenés que cojerte a muchas mujeres
bellas mujeres
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y/o los nuevos talentos.
sólo tomá más cerveza más y más cerveza.
Andá al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y ganá
si es posible.
aprender a ganar es difícil,
cualquier boludo puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.
no te exijas.
dormí hasta el mediodía.
evitá las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
acordáte de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).
y si tenés capacidad de amar
amáte a vos mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.
quedáte afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las araña sé
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
más
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
quedáte con la cerveza
la cerveza es continua sangre.
una amante continua.
agarrá una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa
dale duro.
hacé de eso una pelea de peso pesado.
hacé como el toro en la primer embestida.
y recordá a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a vos ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
tomá más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay
está bien
igual.
martes, 28 de julio de 2009
Libro perdido, encontrado (Parte V)
16/7/1975
Mamá esta peor, en el hospital le diagnosticaron tres semanas, ya pasamos por esto antes. Diagnosticaron mal y acá la tenemos, hace tres años debería haber muerto y sigue entre nosotros. No se cuando tiempo más voy a aguantar, de un modo u otro pronto se irá. No es que no la quiera pero esta situación me tiene podrido, necesito la plata de la herencia y rematar las propiedades. Tengo, necesito hacerla firmar el testamento mientras está consciente. No se me puede adelantar la arpía de su hermana, no puede y me voy a encargar de que no pueda. Decidí postergar el viaje hasta que se solucione esto.
Ya sabía aunque sea que era un hombre el dueño de aquel cuaderno, ya sabía que era un diario o en parte aunque sea. Con una sola carilla me enteré de muchas cosas y quería enterarme de muchas otras más.
Mi lectura no prosiguió porque llegó una cliente. Estaba llegando a los treinta, unas leves arrugas en su cara la delataban, su pelo largo color fuego caía por sus hombros sobre su sobretodo marrón. Tenía una sonrisa inmensa con dientes perlados.
Me quedé como un estúpido mirándola cuando por fin me di cuenta de que debía atenderla.
-B-buen d-día ¿Q-qué desea?- Pregunté tartamudeando como un idiota.
-Un cono de castañas
-Hay dos tamaños ¿cuál querés?
Miró sus monedas, las contó dos veces, hizo una mueca de pena y ordenó el pequeño. Le serví el grande y volví a ver su gran sonrisa perlada. Sus labios eran finitos y pálidos. Era alta para ser mujer, parecía modelo y no era casada según indicaban sus manos.
No la dejé pagar, insistió y yo también, no la dejé pagar. Me pagó con su belleza por más cursi que suene. Me agradeció y se esfumó en la ciudad de neón.
Nuevamente pobre cuaderno, quedó olvidado, tapado por la belleza de una mujer. Hacía mucho que no salía con una. Tal vez por mi aspecto físico. Me estaba quedando pelado y mis ojos saltones y con ojeras nunca atrajeron mucho a ninguna chica. Tal vez mis paletas o mi barba crecida. Tal vez mi falta de personalidad y carisma, ser un mal conversador y demasiado introvertido. Aquella pelirroja estaba fuera de mis posibilidades, no iba a ilusionarme, como mucho pajearme en la noche.
jueves, 23 de julio de 2009
Libro perdido, encontrado (Parte IV)
La primera carilla tenía nombres masculinos que parecían de procedencia rusa. Estaban escritos en una columna y al lado de cada nombre un sí o un no en mayúscula, afirmando o negando algo, no se que. Talvez eran los nombres que tenía el dueño del cuaderno en mente para su futuro hijo. Claramente no era la primera página del cuaderno, varias debían haber sido arrancadas o perdidas.
Estaban ordenados alfabéticamente, algunos estaban tachados y otros casi ilegibles
Andrei SÍ
Hedeon SÍ
Markov NO
Mikhail
Petrov NO
Piotr SÍ
Stefan
Urie NO
Vladislav NO
Vladmir SI
Yurii
Del otro lado de la hoja había una lista similar pero de nombres femeninos. Era más reducida, en vez de once había tan solo ocho.
Ekaterina SI
Mila SI
Mischa NO
Nadezhda NO
Nina
Sophia SI
Tahsha
Yelena
Mi suposición fue arruinada, no había forma que sea la elección de un nombre para un bebé, a menos que sean mellizos. Sospeché que fuese una lista de alguna clase de evento, en la que se tenían que confirmar los invitados. Talvez de una embajada o algo asi de burocrático y aburrido pero no parecía ser el cuaderno de un canciller, estaba demasiado maltratado, además esa gente no escribe con birome. Hola notebook, hola palm.
Una lista de inmigrantes morosos pensé por un segundo, tenía sentido. Talvez de un sicario. No había ni una sola palabra que me de indicios de que significaba esa lista.
La pava sopló, había puesto agua para un segundo té, no me quedaba más miel, si limón. Preferí tomarlo solo. El libro quedó esperando en la mesa a que vuelva y continúe intentando develar sus poco interesantes misterios. No lo hice.
Fueron varios días después, en el trabajo que me topé con el moleskin nuevamente, abrí una página al azar por la mitad. Las hojas se estaban despegando. Estaba humedecida y teñida de color marrón claro, seguramente café. En uno de los bordes tenía escrita una dirección o eso parecía, la letra estaba borroneada y no llegaba a leerse, en el extremo inferior había otra, Nowy Swiat 42, Varsovia. Esa era toda la información que tenía, me intrigó bastante saber que había en esa calle de Polonia. Decidí anotarla en un cuaderno y comenzar una serie de anotaciones para intentar descifrar aquel libro. Empezaba a tornarse intrigante.
sábado, 18 de julio de 2009
Libro perdido, encontrado (parte III)
Un franco, creo que era un martes, no me tomaba uno hace bastante, decidí quedarme tomando té y mirando por la ventana, con la radio prendida pero sin sintonizar ninguna frecuencia. Los francos me los tomaba cuando quería mientras que no fuese de jueves a domingo. O sea, mis opciones no eran muchas, pero sonaba democrático pensar que me los tomaba cuando quería. A mi jefe, el dueño del puesto y de la franquicia y de todo lo veía todos los lunes, a menos que me tome franco ese día, je.
Cuando busque una cuchara para revolver el azúcar estancada en mi taza, me re encontré con el viejo cuaderno de tapa azul, algunas partes estaban verdosas e incluso amarillentas y un costado estaba arrancado. Estaba atado con un piolín de pizza, tanto vertical como horizontalmente. Olía a fugazetta. Lo desaté y lo tiré sobre la mesa, me quedé observándolo con sospecha ¿Alguien lo estaría buscando desesperadamente?
Lo abrí desde el final, tengo esa costumbre, no se si por mi peritaje judío de leer a la inversa o por la ansiedad de adelantarme al final de los libros. Deslicé mi dedo y dejé correr las páginas a velocidad, esforzando la vista para captar algo de cada una de ellas.
Había fotos adentro, algunas abrochadas, otras sueltas, papeles, algunos abrochados y otros sueltos, páginas arrancadas y vueltas a enganchar en el espiral sin demasiado éxito.
lunes, 13 de julio de 2009
Libro perdido, encontrado (Parte II)
Personalmente lo prefería a él que a los yuppies. Pero mi trabajo no era elegir la gente que me rodeaba, era vender garrapiñadas.
Dominaba el arte de acaramelar los frutos, mi preferida era la garrapiñada de almendra. Vendía unas sesenta por día, no es mucho, no es poco pero yo viví de eso un tiempo más que suficiente. Demasiado.
Y el vagabundo, el otro ente invisible, el único que me registraba, que se daba cuenta de que soy una persona, también había tenido una vida antes de desaparecer de los ojos de la gente que caminaba aquella cuadra. Según escuché a un vecino o a alguien de por ahí, era un prestigioso médico de clase alta, quiso asistir el parto prematuro de su propio hijo y no logró salvar a su mujer. Quedó loco, estrangulo al bebé y huyó. Pasó por varios hospitales psiquiátricos y el resto de sus familiares carroñaron la fortuna.
No se de donde sacaron tantos detalles, a la gente le gusta inventarle historias a los personajes misteriosos y vagabundos. Para mi era pura mentira, cuento de viejas.
Le tenía simpatía, cada tanto le invitaba una bolsita de garrapiñadas.
Un día el vagabundo se me acercó al grito de
-Manicero, manicero- y agitaba su brazo con fuerza para que me acercase.
Calculo que lo dijo para ofenderme. Su hedor era terrible y balbuceaba, yo estaba realmente en cualquiera, no aguantaba más ese trabajo. Terminó por acercarse él al ver que yo no abandonaría mi puesto de trabajo, era lo único que tenía, no iba a arriesgarme a que alguien me robe. Se arrimó con lo que en un principio pensé que era un libro, era un cuaderno en verdad. Un cuaderno con olor a podrido, sucio y bastante roto. Estiró la mano y me lo ofreció. Su brazo era extremadamente delgado, se le marcaban todas las venas azules. Su piel estaba muy tostada por encontrarse siempre bajo el sol.
La curiosidad mató al gato, el Zyklon B a mi pueblo y este libro a mí. No le iba a ofrecer plata así que le di una bolsa bien cargada de castañas. Me estaba estafando, pero fue lo único interesante que le vi sacar de esa rejilla en todos estos años. Después de ese día no lo volví a ver.
No tuve tiempo de revolver las páginas del libro porque mágicamente se hizo una larga fila, de unas cuatro o cinco personas queriendo comprar garrapiñada.