Nuevamente al skatepark, el mismo camino de siempre, las mismas calles, el mismo transito constituido por diferentes autos. Sus marcas, modelos, patentes no importaban, la presencia de otros vehículos era la que armaba la fantasía de un viaje similar al anterior. Una replica, inexacta, de un recorrido que se hacía solo. Una estructura fantasmal por la que se avanzaba de memoria.
¿Cómo afectó todo esto a tus papás?- preguntó Leandro para comenzar a charlar.
-Los puso nerviosos solamente, no tuvieron grandes perdidas, creo.
Leandro sintió que Martín se arrepentía de haber dicho eso y tuvo que trasformar la afirmación en un gran signo de pregunta.
-Está jodida la cosa ¿Viste el reality show ese? Al que ganó le terminaron garpando con Patacones, eso no lo cobra más. Se pasó tres meses en una casa de mierda y le pagan con fotocopias.
-Pero aunque sea esos tres meses no tuvo que trabajar- agregó Martín sin saber exactamente que aportar a la charla.
-Pero no tuvo ni el tiempo de sacar la guita del banco, sabé que si tenía algo no lo ve más. Todo pesificado.
- Sí, depende, si lo tenía afuera no le pasaba nada.
-Son pocos los que la tienen afuera.
-Si.
Leandro no supo como evitar el silencio y fue Martín quien se encargó de solucionarlo, en parte para evitar el silencio y en parte para sacar de la mente de Leandro la imagen de las cuentas en el exterior de sus padres.
-¿Escuchaste el disco que te traje la otra vez?
-No todavía no tuve un minuto pero ya lo voy a escuchar. Mañana te digo que onda, hoy a la noche lo escucho.
Martín asintió pero no dijo una sola palabra sobre el disco de King Crimson, Leandro se sintió ofendido en un primer momento, luego herido. Después recordó que estaba hablando con un nene de doce años.
Como siempre, estacionó y se apuró en bajar para abrirle la puerta a Martín, ayudarlo a bajar y darle su patineta que ahora la guardaban en el baúl. Para que Martín le dijese a sus padres que Leandro hacía bien su trabajo, que era atento, que no sólo manejaba sino que lo asistía. Para que los padres se sintiesen seguros, para que pronto le aumentaran el sueldo, para tener su confianza.
Leandro estaba por ir al bar de siempre, donde el mozo lo veía entrar y le llevaba el café con leche y dos medialunas pero prefirió pasear por Munro, localidad que apenas conocía al cansarse de las aburridas calles decidió por ir al skatepark para ver andar a Martín.
“Ya me va a salir, tengo que seguir practicando y no darles bola. En sus vidas van a poder comprar estas tablas, estas ruedas, que se rían todo lo que quieran.”- pensaba Martín mientras hacía el ridículo tirando fallidos trucos en una rampa aislada.
Leandro lo observaba de lejos, con pena, sólo con pena.
-No vengas más al skatepark, quédate en el auto o anda a tomar algo a otro lado, pero no vengas acá.- le recriminó Martín al cansarse de intentar patinar y verlo en el lugar.
Leandro le pidió disculpas por lo bajo al nene de doce años pero este ya estaba subido en el auto cuando las palabras salieron con timidez de su boca y se perdieron en el aire, sin un emisor que las procesara.
martes, 4 de enero de 2011
lunes, 3 de enero de 2011
Epecuén (Parte V)
Al día siguiente Leandro le llevó a Martín el disco de King Crimson copiado en un cd, esta vez no tendría excusa para no escucharlo pero prefirió que el chico lo hiciera en su casa, para resguardarse así de un disgusto en caso de que no le gustara.
Martín nunca hizo una devolución sobre el disco pero ambos entablaron algo cercano a una amistad.
-Te traje uno de Korn para que escuches.- dijo martín sin decir hola, mientras se subía despacio al auto.- Salió hace tres años, es el mejor que grabaron, el siguiente habrá salido hace un año y pico y es muy bueno, pero este es mejor.
Leandro agradeció con un volumen de voz tan bajo que casi fue como si no hubiese dicho nada, más por vergonzoso que por mal educado.
El sobre que contenía al disco tenía una prolija letra, casi femenina. No supo si era la de Martín o la de la madre de Martín. La misma letra que ella. El rebote, la boca abierta, dejando al descubierto sus dientes con braquets y las altas encías, los ojos cerrados, por placer, por dolor. Recordó todo como si estuviese narrado en tercera persona, él viéndose a sí mismo desarmar el ano de la alumna de su madre.
Como si se lo estuviesen contando. Podía visualizar la cara grotesca, contraída, deformada, con las venas de la frente marcadas por el dolor y el placer aunque en verdad nunca se la había visto. Sólo el rebote del culo contra su panza mientras sonaban las guitarras distorsionadas y los violines del primer tema del álbum.
Guardó el disco compacto en la guantera, junto a la pistola y los papeles del auto y la petaca vacía y el casette de King Crimson que había copiado para Martín.
Hacía mucho que no pensaba en Mariela, porque pensar en Mariela significaba pensar en su madre, pensar en ambas significaba pensar en ese lugar. Pensar en ese lugar significaba pensar en la inundación y en perder su lugar, en tornarse un bastardo y mejor bastardo en Capital que en otro pueblo de mierda.
¿Habría el tiempo y el agua destruido su vinilo de King Crimson o flotaría como un frisbee entre las abandonadas edificaciones?
Martín nunca hizo una devolución sobre el disco pero ambos entablaron algo cercano a una amistad.
-Te traje uno de Korn para que escuches.- dijo martín sin decir hola, mientras se subía despacio al auto.- Salió hace tres años, es el mejor que grabaron, el siguiente habrá salido hace un año y pico y es muy bueno, pero este es mejor.
Leandro agradeció con un volumen de voz tan bajo que casi fue como si no hubiese dicho nada, más por vergonzoso que por mal educado.
El sobre que contenía al disco tenía una prolija letra, casi femenina. No supo si era la de Martín o la de la madre de Martín. La misma letra que ella. El rebote, la boca abierta, dejando al descubierto sus dientes con braquets y las altas encías, los ojos cerrados, por placer, por dolor. Recordó todo como si estuviese narrado en tercera persona, él viéndose a sí mismo desarmar el ano de la alumna de su madre.
Como si se lo estuviesen contando. Podía visualizar la cara grotesca, contraída, deformada, con las venas de la frente marcadas por el dolor y el placer aunque en verdad nunca se la había visto. Sólo el rebote del culo contra su panza mientras sonaban las guitarras distorsionadas y los violines del primer tema del álbum.
Guardó el disco compacto en la guantera, junto a la pistola y los papeles del auto y la petaca vacía y el casette de King Crimson que había copiado para Martín.
Hacía mucho que no pensaba en Mariela, porque pensar en Mariela significaba pensar en su madre, pensar en ambas significaba pensar en ese lugar. Pensar en ese lugar significaba pensar en la inundación y en perder su lugar, en tornarse un bastardo y mejor bastardo en Capital que en otro pueblo de mierda.
¿Habría el tiempo y el agua destruido su vinilo de King Crimson o flotaría como un frisbee entre las abandonadas edificaciones?
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domingo, 2 de enero de 2011
parentesis a Epecuén()
Este texto hace referencia a un cortometraje. Aqui, un año y medio después de su rodaje, lo comparto.
Fue dirigido y guinado por Jorge Rodriguez Mazzini.
Fue dirigido y guinado por Jorge Rodriguez Mazzini.
sábado, 1 de enero de 2011
Epecuén (parte IV)
Las charlas continuaron en cada visita de Martín al skatepark, en cada mañana en que Martín iba al colegio, y volvía a su casa, en cada salida al cine, y necesidad que tuviese fuera de la comodidad y seguridad del departamento en Avenida Alvear donde vivía con sus padres.
-Te traje algo- dijo Leandro mientras se aseguraba de que Martín se pusiera el cinturón y le dio un casette.
-¿Qué es esto?- preguntó Martín y abrió la ventana, lo justo para no despeinarse.
-Un casette.
Martín no respondió.
-De King Crimson- agregó Leandro para dejar que el silencio ocupara la menor cantidad de espacio posible dentro de ese auto.- Lark´s Tounges in Aspics, lo más pesado que grabó Crimson. Creo que te va a gustar.
-No tengo casettera en casa- respondió Martín, rechazándole el casette.
Leandro guardó el casette en la guantera, junto a su pistola, una petaca vacía y los papeles del auto. Prendió el motor. El rebote del culo de Mariela contra su panza mientras sonaban los violines y las guitarras del primer tema del disco, cuando el tenía veintiún años y ella quince, vino a modo de sensación a su cuerpo, no sólo a su mente, no a modo de imagen. Escuchó el ruido del cuerpo de Mariela y sus gemidos que disonaban con las guitarras y las patas de la cama que tironeaban como las de un perro que se niega a abandonar un arbolito pese a la insistencia de su dueño.
Volvió a Capital, trajo su cuerpo y mente de regreso al auto y arrancó hacia el barrio de Once a buscar a Lucas para que ambos fueran al cine.
-¿Es un amigo del cole?- preguntó Leandro para iniciar la charla.
-No, lo conocí en el skatepark hace un tiempo.
-¿Es buena onda?
-No, es judío.
-¿Cómo?
-Que no es copado, que es judío. No digo que no sea copado por ser judío, digo que no es copado y que además es judío.
-Ah ¿para qué lo vez si no es judío? Digo, copado. Igual yo pegunté si era buena onda.
-Da igual, porque, no se por qué, me acostumbré a su compañía. Andamos en skate, vamos al cine, comemos.
Martín se tomó el atrevimiento de poner un disco de Korn en el equipo del auto sin consultar y se perdió la primera estrofa por un camión que pasó por su izquierda.
-Te traje algo- dijo Leandro mientras se aseguraba de que Martín se pusiera el cinturón y le dio un casette.
-¿Qué es esto?- preguntó Martín y abrió la ventana, lo justo para no despeinarse.
-Un casette.
Martín no respondió.
-De King Crimson- agregó Leandro para dejar que el silencio ocupara la menor cantidad de espacio posible dentro de ese auto.- Lark´s Tounges in Aspics, lo más pesado que grabó Crimson. Creo que te va a gustar.
-No tengo casettera en casa- respondió Martín, rechazándole el casette.
Leandro guardó el casette en la guantera, junto a su pistola, una petaca vacía y los papeles del auto. Prendió el motor. El rebote del culo de Mariela contra su panza mientras sonaban los violines y las guitarras del primer tema del disco, cuando el tenía veintiún años y ella quince, vino a modo de sensación a su cuerpo, no sólo a su mente, no a modo de imagen. Escuchó el ruido del cuerpo de Mariela y sus gemidos que disonaban con las guitarras y las patas de la cama que tironeaban como las de un perro que se niega a abandonar un arbolito pese a la insistencia de su dueño.
Volvió a Capital, trajo su cuerpo y mente de regreso al auto y arrancó hacia el barrio de Once a buscar a Lucas para que ambos fueran al cine.
-¿Es un amigo del cole?- preguntó Leandro para iniciar la charla.
-No, lo conocí en el skatepark hace un tiempo.
-¿Es buena onda?
-No, es judío.
-¿Cómo?
-Que no es copado, que es judío. No digo que no sea copado por ser judío, digo que no es copado y que además es judío.
-Ah ¿para qué lo vez si no es judío? Digo, copado. Igual yo pegunté si era buena onda.
-Da igual, porque, no se por qué, me acostumbré a su compañía. Andamos en skate, vamos al cine, comemos.
Martín se tomó el atrevimiento de poner un disco de Korn en el equipo del auto sin consultar y se perdió la primera estrofa por un camión que pasó por su izquierda.
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viernes, 31 de diciembre de 2010
Epecuén (parte III)
La primera vez que lo vio sintió pena, pena y envidia, venía rengueando. Pena por su andar, envidia por no tener que preocuparse nunca por trabajar. Se saludaron y charlaron, a Martín le gustaba andar en patineta y eso haría y se reirían por lo bajo de él y sentirían pena y envidia. Pena por su andar, envidia por la calidad de su tabla y las marcas de sus ropas.
El clima, agradable, fresco pero soleado, fue tema de conversación y también las bandas que Martín escuchaba, mientras él miraba de reojo su alrededor y hacía de cuenta que lo escuchaba y Martín seguía mencionando esas bandas estadounidenses de nombres difíciles, al pedo. Leandro intentaba preguntar cualquier cosa cuando Martín se agotaba de hablar de un tema, para así dispararle otro monologo y entretenerlo consigo mismo, haciendo que le cuente cosas que no importaban, para evitar los silencios incómodos.
-Me gustan las bandas en inglés porque el castellano me parece un idioma horrible para cantar- comentó Martín.
-Pero ¿Entendés las letras?
-No, pero las leo de Internet.
-¿Crimson escuchaste?
-No.
-Eso es rock, la última gran banda de rock.
-Si…A mi me gusta Korn, esas cosas, más modernas.
Leandro no supo que responder pero por suerte dobló a la izquierda y estacionó. No hubo necesidad de pensar la siguiente pregunta para evitar silencios incómodos. Martín le dio la mano y bajó del auto con lentitud y tosquedad. Leandro se apuró en dar la vuelta al coche, abrir la puerta y bajarle la patineta a Martín antes de que él lo hiciera, para evitarle movimientos bruscos, para cumplir bien con su trabajo, para que Martín hablase bien de él a sus padres, para recibir dentro de no mucho un aumento y tener la confianza de los padres de Martín.
Leandro lo esperó en un bar, tomando un café que pagarían los padres de Martín mientras él intentaba andar en patineta y el resto de los chicos reían por lo bajo y sentían pena, y envidia.
El clima, agradable, fresco pero soleado, fue tema de conversación y también las bandas que Martín escuchaba, mientras él miraba de reojo su alrededor y hacía de cuenta que lo escuchaba y Martín seguía mencionando esas bandas estadounidenses de nombres difíciles, al pedo. Leandro intentaba preguntar cualquier cosa cuando Martín se agotaba de hablar de un tema, para así dispararle otro monologo y entretenerlo consigo mismo, haciendo que le cuente cosas que no importaban, para evitar los silencios incómodos.
-Me gustan las bandas en inglés porque el castellano me parece un idioma horrible para cantar- comentó Martín.
-Pero ¿Entendés las letras?
-No, pero las leo de Internet.
-¿Crimson escuchaste?
-No.
-Eso es rock, la última gran banda de rock.
-Si…A mi me gusta Korn, esas cosas, más modernas.
Leandro no supo que responder pero por suerte dobló a la izquierda y estacionó. No hubo necesidad de pensar la siguiente pregunta para evitar silencios incómodos. Martín le dio la mano y bajó del auto con lentitud y tosquedad. Leandro se apuró en dar la vuelta al coche, abrir la puerta y bajarle la patineta a Martín antes de que él lo hiciera, para evitarle movimientos bruscos, para cumplir bien con su trabajo, para que Martín hablase bien de él a sus padres, para recibir dentro de no mucho un aumento y tener la confianza de los padres de Martín.
Leandro lo esperó en un bar, tomando un café que pagarían los padres de Martín mientras él intentaba andar en patineta y el resto de los chicos reían por lo bajo y sentían pena, y envidia.
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miércoles, 29 de diciembre de 2010
Epecuén (Parte II)
Las dos ventanillas de adelante estaban bajas en su totalidad, las de atrás, levemente, más por considerar torpe al nene que por cuidadosos. El sonido hidráulico de los frenos de los colectivos y el chirrido de las improvisadas ruedas de los carros de los cartoneros no dejaban que se entendieran las pelotudeces que decía el conductor del programa de radio.
Martín miraba y saludaba con una mano, la otra la tenía en su boca. Apretaba sus dientes, que apenas se asomaban, hacia adentro como si así evitara crecer y tener que operarse y dejar de ser él y convertirse en “una persona normal” o en un cuerpo empotrado en una silla en caso de que la cosa no saliese como debería.
Apagó el aparato y chistó, prendió un cigarrillo y al sacar el brazo por la ventana para compartir su ceniza con el mundo, un colectivo casi se lo desmiembra. El susto hizo que perdiera el control del auto por un momento.
-Tené cuidado ¿Querés?- Alertó ella.
-No me rompas las pelotas.- y dio una calada al cigarrillo, en vano porque se había apagado
El viaje siguió en silencio, sin radio, sin dialogo, con ruido externo que no podían controlar. Martín seguía saludando con el mismo entusiasmo que tenía al subirse al auto. Algunos le respondían con una sonrisa o con espásticos movimientos de muñeca, algunos no.
No podían atravesar la Nueve de julio por una marcha que ignoraban quien la encabezaba pero que seguramente no tendrían razón de ser, llevada a cabo por “zurdos”, vagos que no quieren laburar pero sí vivir del Estado.
Volvete al once, volvete al ghetto judío de mierda- se escuchó que alguien gritó a un judío desde lejos. Él asentía y ella negaba, con la cabeza. Pero no dijeron una palabra, siguieron en silencio.
Martín miraba y saludaba con una mano, la otra la tenía en su boca. Apretaba sus dientes, que apenas se asomaban, hacia adentro como si así evitara crecer y tener que operarse y dejar de ser él y convertirse en “una persona normal” o en un cuerpo empotrado en una silla en caso de que la cosa no saliese como debería.
Apagó el aparato y chistó, prendió un cigarrillo y al sacar el brazo por la ventana para compartir su ceniza con el mundo, un colectivo casi se lo desmiembra. El susto hizo que perdiera el control del auto por un momento.
-Tené cuidado ¿Querés?- Alertó ella.
-No me rompas las pelotas.- y dio una calada al cigarrillo, en vano porque se había apagado
El viaje siguió en silencio, sin radio, sin dialogo, con ruido externo que no podían controlar. Martín seguía saludando con el mismo entusiasmo que tenía al subirse al auto. Algunos le respondían con una sonrisa o con espásticos movimientos de muñeca, algunos no.
No podían atravesar la Nueve de julio por una marcha que ignoraban quien la encabezaba pero que seguramente no tendrían razón de ser, llevada a cabo por “zurdos”, vagos que no quieren laburar pero sí vivir del Estado.
Volvete al once, volvete al ghetto judío de mierda- se escuchó que alguien gritó a un judío desde lejos. Él asentía y ella negaba, con la cabeza. Pero no dijeron una palabra, siguieron en silencio.
viernes, 10 de diciembre de 2010
Epecuén (Parte I)
Polio. Por su andar torcido, en ese, como de un borracho. Sospechó que la enfermedad había sido primero un secreto, una ventaja para agilizar la burocracia, un problema que sacarse de encima. Un muerto cantado que debía morir en otro lugar, tornarse responsabilidad de otro.
El sueño de ambos, sepultado, había sido eyectado de nuevo hacia la superficie de sus vidas muchos años después, cuando sus cuerpos ya estaban flácidos, agarrotados, inservibles para engendrar y ahora se veía nuevamente trunco.
El cojeo se debía a una mayor longitud de su fémur izquierdo, torcido hacia adentro, convexo, dándole a su andar cierta cadencia, un ritmo torpe.
Problema de nacimiento- dijo el doctor mientras lo auscultaba. El aire acondicionado estaba demasiado fuerte para tratarse de un consultorio médico-pensó ella, pero el hospital era público.
El cojeo se debe a una mayor longitud de su fémur izquierdo.- agregó el doctor y tuvo que repetir la frase porque el motor de un Mercedes Benz descapotable, que en otra época había sido un auto moderno pero que en ese entonces era sólo un auto que insistía en pretender ser lo que había sido, se metía por la ventana, abierta para dejar pasar el aire caliente a la fría habitación.
-¿Hay forma de corregirlo?- preguntó el hombre con la preocupación de un padre y se acomodó los anteojos en un gesto de nerviosismo.
-Pero no ahora- respondió el doctor y se aclaró la garganta- Ahora es peligroso, en unos años, cuando su cuerpo se haya desarrollado. Dependerá de la curvatura de la pierna.
Por el momento sólo puede usar un andador o un sistema de contención externo que se calza como su fuese una bota ortopédica.
Lo visualizó desplazándose como un viejo y le resultó una imagen contradictoria, antinatural, abyecta. Cuando estaba quieto le resultaba tierno. Como cualquier nene de esa edad pero al caminar intentaba no mirarlo, corría la vista. Al pasear con él en las plazas miraba hacia adelante y sentía sus deditos fibrosos, apretados y transpirados contra su mano. Él en cambio, lo miraba todo.
El sueño de ambos, sepultado, había sido eyectado de nuevo hacia la superficie de sus vidas muchos años después, cuando sus cuerpos ya estaban flácidos, agarrotados, inservibles para engendrar y ahora se veía nuevamente trunco.
El cojeo se debía a una mayor longitud de su fémur izquierdo, torcido hacia adentro, convexo, dándole a su andar cierta cadencia, un ritmo torpe.
Problema de nacimiento- dijo el doctor mientras lo auscultaba. El aire acondicionado estaba demasiado fuerte para tratarse de un consultorio médico-pensó ella, pero el hospital era público.
El cojeo se debe a una mayor longitud de su fémur izquierdo.- agregó el doctor y tuvo que repetir la frase porque el motor de un Mercedes Benz descapotable, que en otra época había sido un auto moderno pero que en ese entonces era sólo un auto que insistía en pretender ser lo que había sido, se metía por la ventana, abierta para dejar pasar el aire caliente a la fría habitación.
-¿Hay forma de corregirlo?- preguntó el hombre con la preocupación de un padre y se acomodó los anteojos en un gesto de nerviosismo.
-Pero no ahora- respondió el doctor y se aclaró la garganta- Ahora es peligroso, en unos años, cuando su cuerpo se haya desarrollado. Dependerá de la curvatura de la pierna.
Por el momento sólo puede usar un andador o un sistema de contención externo que se calza como su fuese una bota ortopédica.
Lo visualizó desplazándose como un viejo y le resultó una imagen contradictoria, antinatural, abyecta. Cuando estaba quieto le resultaba tierno. Como cualquier nene de esa edad pero al caminar intentaba no mirarlo, corría la vista. Al pasear con él en las plazas miraba hacia adelante y sentía sus deditos fibrosos, apretados y transpirados contra su mano. Él en cambio, lo miraba todo.
martes, 30 de noviembre de 2010
EL JUEVES LEO GRATIS
Grati$ para vos
desde las 23.00 hs. PEDIR DIRE POR MAIL A arielpukacz@gmail.com
Lleguen tempranito! que tipo 1 arranca la poesía de la mano de
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= ♥Amor♥
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lunes, 15 de noviembre de 2010
EL MIERCOLES LEO
jueves, 4 de noviembre de 2010
Página 6 a 8
Despertó temprano en la mañana, serían las ocho, miró la habitación y era más horrible de lo que la podría haber imaginado, pero el sol profundo la iluminaba y encantaba un poco.
Todas las camas estaban vacías, abandonadas y sin hacer. Se asomó al pasillo y Aga no estaba y nadie había en su lugar. Sacó de su mochila su cepillo de dientes y los lavó en el baño que hasta ese entonces no conocía. Los azulejos eran azul oscuro y pendía de un desprolijo cable, una bombilla en el techo. La frescura en su boca hizo que se despertara un poco más y abandone ese horrible lugar.
La calle estaba húmeda y él se encontraba lejos de todo o aunque sea así lo sentía porque no conocía el nombre de ninguna calle de ningún rincón, de nada en esa ciudad nueva. Le atemorizaba, no porque fuera en verdad siniestra sino porque era nueva, nueva para él y no sabía que esperar de un lugar desconocido. Era tan remota como el África o Marte.
Era domingo y estaba nublado, una neblina acariciaba el suelo como rezago de una profunda lluvia en la que no se había visto involucrado.
Marín escaló las pesadas calles de adoquines, los autos no pasaban y el único ruido que escuchaba a lo largo de la primera cuadra fue el de un cartel oxidado que colgaba de un local y se movía lentamente como el péndulo de un hipnotizador. Caminó el barrio, perdiéndose por todos lados hasta llegar a un extraño pasaje en el que se sumergió sin pensarlo, sin saber cuan peligrosa o arriesgada era su decisión.
Las paredes terminaban en un frondoso alambre de púas que lo hizo sentir en un campo de concentración. Los ladrillos a la vista parecían venirse encima de él y los graffitis que contaminaban las paredes maltrechas no decían nada interesante, frases a favor de la marihuana y un buen dibujo de Van Gogh fumando.
El ruido de los colectivos, cientos de colectivos tirando un humo negro que tardaba varios segundos en desaparecer mientras el percutido sonido de los miles de zapatos y de miles de charlas por celular y de miles de accidentes y de ambulancias lo inquietaban y confundían. Un desorden abyecto al que no estaba acostumbrado lo abrazó y tironeó de él, sintió que me desmembraría o que le explotaría la cabeza si no avanzaba y dejaba o intentaba dejar, el ruido y movimiento atrás.
Caminó hasta llegar a San Martín y avanzó derecho hasta toparse con otro pasaje donde dos viejas prostitutas esperaban sin ningún tipo de ansiedad, clientes. Charlaban entre ellas y no llegaban a llamar la atención. Estaban vestidas de civil pero sus operados pechos y cirugías en sus caras mutiladas las delataban como viejas conocedoras del oficio más viejo del mundo.
Frente a ellas, cruzando la calle se encontraba un salón de toda una cuadra, el cartel de neón destruido decía Harrods. Marín cruzó y apoyó su mano sobre el sucio y opaco vidrio para ver hacia adentro. Un gastado suelo de madera e imponentes columnas era el único paisaje del lugar pelado y vacío. Siguió mi camino hasta toparse nuevamente a la Plaza San Martín. De nuevo en Avenida del Libertador, sintió que su circuito por Buenos Aires se reduciría a un perímetro de diez cuadras así que decidió ir más allá y atravesó la plaza y atrás quedaron sus vagabundos y granaderos que cuidaban la bandera a media asta en el monumento de los caídos de la guerra de Malvinas. También los empresarios y vendedores, motoqueros y taxistas quedaron atrás. Marín avanzó y cruzó con el semáforo en verde, esquivando autos. Subió de nuevo a Libertador y caminó derecho hasta la flor metálica.
Todas las camas estaban vacías, abandonadas y sin hacer. Se asomó al pasillo y Aga no estaba y nadie había en su lugar. Sacó de su mochila su cepillo de dientes y los lavó en el baño que hasta ese entonces no conocía. Los azulejos eran azul oscuro y pendía de un desprolijo cable, una bombilla en el techo. La frescura en su boca hizo que se despertara un poco más y abandone ese horrible lugar.
La calle estaba húmeda y él se encontraba lejos de todo o aunque sea así lo sentía porque no conocía el nombre de ninguna calle de ningún rincón, de nada en esa ciudad nueva. Le atemorizaba, no porque fuera en verdad siniestra sino porque era nueva, nueva para él y no sabía que esperar de un lugar desconocido. Era tan remota como el África o Marte.
Era domingo y estaba nublado, una neblina acariciaba el suelo como rezago de una profunda lluvia en la que no se había visto involucrado.
Marín escaló las pesadas calles de adoquines, los autos no pasaban y el único ruido que escuchaba a lo largo de la primera cuadra fue el de un cartel oxidado que colgaba de un local y se movía lentamente como el péndulo de un hipnotizador. Caminó el barrio, perdiéndose por todos lados hasta llegar a un extraño pasaje en el que se sumergió sin pensarlo, sin saber cuan peligrosa o arriesgada era su decisión.
Las paredes terminaban en un frondoso alambre de púas que lo hizo sentir en un campo de concentración. Los ladrillos a la vista parecían venirse encima de él y los graffitis que contaminaban las paredes maltrechas no decían nada interesante, frases a favor de la marihuana y un buen dibujo de Van Gogh fumando.
El ruido de los colectivos, cientos de colectivos tirando un humo negro que tardaba varios segundos en desaparecer mientras el percutido sonido de los miles de zapatos y de miles de charlas por celular y de miles de accidentes y de ambulancias lo inquietaban y confundían. Un desorden abyecto al que no estaba acostumbrado lo abrazó y tironeó de él, sintió que me desmembraría o que le explotaría la cabeza si no avanzaba y dejaba o intentaba dejar, el ruido y movimiento atrás.
Caminó hasta llegar a San Martín y avanzó derecho hasta toparse con otro pasaje donde dos viejas prostitutas esperaban sin ningún tipo de ansiedad, clientes. Charlaban entre ellas y no llegaban a llamar la atención. Estaban vestidas de civil pero sus operados pechos y cirugías en sus caras mutiladas las delataban como viejas conocedoras del oficio más viejo del mundo.
Frente a ellas, cruzando la calle se encontraba un salón de toda una cuadra, el cartel de neón destruido decía Harrods. Marín cruzó y apoyó su mano sobre el sucio y opaco vidrio para ver hacia adentro. Un gastado suelo de madera e imponentes columnas era el único paisaje del lugar pelado y vacío. Siguió mi camino hasta toparse nuevamente a la Plaza San Martín. De nuevo en Avenida del Libertador, sintió que su circuito por Buenos Aires se reduciría a un perímetro de diez cuadras así que decidió ir más allá y atravesó la plaza y atrás quedaron sus vagabundos y granaderos que cuidaban la bandera a media asta en el monumento de los caídos de la guerra de Malvinas. También los empresarios y vendedores, motoqueros y taxistas quedaron atrás. Marín avanzó y cruzó con el semáforo en verde, esquivando autos. Subió de nuevo a Libertador y caminó derecho hasta la flor metálica.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
EL JUEVES LEO
Leo yo y otra gente, toca un gran grupo llamado Bosques o otros que nunca escuché.
Si quieren ir manden mail a: Arielpukacz@gmail.com
Beso
a.-
Si quieren ir manden mail a: Arielpukacz@gmail.com
Beso
a.-
lunes, 1 de noviembre de 2010
Página 3 a 6
Subió la dura y empinada escalera arrastrando la valija por los peldaños, al subir corroboró que su equipaje estaba destruido. El lugar estaba en completa oscuridad, no sabía por donde comenzar a buscar el interruptor de la luz. Se chocó con lo que parecían ser bicicletas y luego con lo que sintió en sus rodillas como un taburete.
El ruido hizo que alguien se levantara y prendiera la luz.
Una chica morocha, bastante alta se apareció vestida con unos cortos shorts amarillos y una remera de manga larga negra gastada, llevaba una estampa tan lavada que apenas se entendía que era el rostro de un anciano.
Él no pudo comprender el color de sus ojos porque los tenía muy cerrados, como un topo. La luz se los estaba haciendo arder a ambos, de todos modos se quedaron un rato observándose en silencio. Podría haberla violado si hubiese querido, pero claramente él no era eso. Le resultó extraño que dejaran la puerta del hostel abierta, podía entrar cualquiera, como había hecho él. Pero él no era cualquiera, era un huésped, pero ella no sabía quien era, era un cualquiera todavía. Podría haber robado el hostel, abusado de ella y seguir siendo un cualquiera, pero prefirió ser él. Comenzar siendo él en Buenos Aires.
-¿Quién sos?- preguntó.
-Marin- respondió y dejó de ser un cualquiera.
-¿Quién?- volvió a preguntar y se acercó unos pocos pasos, como entrando en confianza.
-Marin, reservé una habitación acá, creo.
-Una cama, las habitaciones son compartidas. Según tu reserva pediste un lugar en una habitación de ocho personas.
Un lugar- pensó- estaba pagando por un lugar.
-El check in era hasta las nueve de la noche, son las doce pero no te voy a dejar en la calle.
-Gracias.- dijo Marín, mirándose los gastados borceguíes azules, prestados.- Marin- volvió a decir.
-Sí, sí escuché. Te tengo que cobrar un punitorio por llegar luego del check-in.
-Está bien- dije y sacó de su mochila el bolso con su documentación y dinero.
-Aga- dijo y sacó de debajo del mostrador una sábana y una frazada. No le cobró.
-¿Aga?
-Es mi nombre- respondió seca- podés dejar tus valijas acá para no despertar a los demás huéspedes. Tu habitación es la ocho.- Le dio la llave, que estaba atada a un piolín y a una chapita pintada de azul con esmalte sintético y un ocho pintado torpemente con corrector blanco.
-Gracias- dijo Marín desconcertado pero no escuchó porque ya había vuelto a su habitación, al fondo de un largo y oscuro pasillo. Regresó y apagó la luz.
Nuevamente abrazó la oscuridad e intentó sumergirse sin hacer ruido en la habitación llena de desconocidos, pero la suela mojada de sus borceguíes delataba su presencia.
Marín se dio cuenta de que Aga no le había indicado cual era su cama pero por fortuna la primera que pudo ver cuando la vista se le acostumbró a la oscuridad, estaba vacía.
Se tapó como pudo con la sábana y frazada e intentó dormir vestido. Una angustia comenzó a perforarlo desde adentro hacia fuera. Una especie de pánico. Una sensación de encierro y soledad. Asfixia y claustrofobia, de estar a oscuras, recostado en una cama de cualquier lugar de Buenos Aires, solo.
Marín se puso a pensar que nunca fue de tener muchos amigos. Podía pasarse días enteros sin hablar con nadie pero nunca se había sentido solo hasta ese momento, en que estaba lejos de todo y todo lo que lo rodeaba era ajeno y distante. Estaba lejos de todo lo que yo conocía y dominaba. Le emocionaba la idea de comenzar de nuevo en otro lugar pero a la vez empezar era enfrentarse a lo desconocido, sentirse desestabilizado y vulnerable ante cualquier situación.
Pudo visualizar a la luna, lejos, entrando por la ventana e iluminando miserablemente el ambiente que no comprendía.
Los ronquidos de sus nuevos compañeros de vida lo desconcentraban, el sonido de algún auto anónimo y los tacones lejanos de alguna mujer que apretaba el paso por miedo, eran la banda sonora de la noche.
Se masturbó sin hacer ruido para aflojarse y poder dormir.
El ruido hizo que alguien se levantara y prendiera la luz.
Una chica morocha, bastante alta se apareció vestida con unos cortos shorts amarillos y una remera de manga larga negra gastada, llevaba una estampa tan lavada que apenas se entendía que era el rostro de un anciano.
Él no pudo comprender el color de sus ojos porque los tenía muy cerrados, como un topo. La luz se los estaba haciendo arder a ambos, de todos modos se quedaron un rato observándose en silencio. Podría haberla violado si hubiese querido, pero claramente él no era eso. Le resultó extraño que dejaran la puerta del hostel abierta, podía entrar cualquiera, como había hecho él. Pero él no era cualquiera, era un huésped, pero ella no sabía quien era, era un cualquiera todavía. Podría haber robado el hostel, abusado de ella y seguir siendo un cualquiera, pero prefirió ser él. Comenzar siendo él en Buenos Aires.
-¿Quién sos?- preguntó.
-Marin- respondió y dejó de ser un cualquiera.
-¿Quién?- volvió a preguntar y se acercó unos pocos pasos, como entrando en confianza.
-Marin, reservé una habitación acá, creo.
-Una cama, las habitaciones son compartidas. Según tu reserva pediste un lugar en una habitación de ocho personas.
Un lugar- pensó- estaba pagando por un lugar.
-El check in era hasta las nueve de la noche, son las doce pero no te voy a dejar en la calle.
-Gracias.- dijo Marín, mirándose los gastados borceguíes azules, prestados.- Marin- volvió a decir.
-Sí, sí escuché. Te tengo que cobrar un punitorio por llegar luego del check-in.
-Está bien- dije y sacó de su mochila el bolso con su documentación y dinero.
-Aga- dijo y sacó de debajo del mostrador una sábana y una frazada. No le cobró.
-¿Aga?
-Es mi nombre- respondió seca- podés dejar tus valijas acá para no despertar a los demás huéspedes. Tu habitación es la ocho.- Le dio la llave, que estaba atada a un piolín y a una chapita pintada de azul con esmalte sintético y un ocho pintado torpemente con corrector blanco.
-Gracias- dijo Marín desconcertado pero no escuchó porque ya había vuelto a su habitación, al fondo de un largo y oscuro pasillo. Regresó y apagó la luz.
Nuevamente abrazó la oscuridad e intentó sumergirse sin hacer ruido en la habitación llena de desconocidos, pero la suela mojada de sus borceguíes delataba su presencia.
Marín se dio cuenta de que Aga no le había indicado cual era su cama pero por fortuna la primera que pudo ver cuando la vista se le acostumbró a la oscuridad, estaba vacía.
Se tapó como pudo con la sábana y frazada e intentó dormir vestido. Una angustia comenzó a perforarlo desde adentro hacia fuera. Una especie de pánico. Una sensación de encierro y soledad. Asfixia y claustrofobia, de estar a oscuras, recostado en una cama de cualquier lugar de Buenos Aires, solo.
Marín se puso a pensar que nunca fue de tener muchos amigos. Podía pasarse días enteros sin hablar con nadie pero nunca se había sentido solo hasta ese momento, en que estaba lejos de todo y todo lo que lo rodeaba era ajeno y distante. Estaba lejos de todo lo que yo conocía y dominaba. Le emocionaba la idea de comenzar de nuevo en otro lugar pero a la vez empezar era enfrentarse a lo desconocido, sentirse desestabilizado y vulnerable ante cualquier situación.
Pudo visualizar a la luna, lejos, entrando por la ventana e iluminando miserablemente el ambiente que no comprendía.
Los ronquidos de sus nuevos compañeros de vida lo desconcentraban, el sonido de algún auto anónimo y los tacones lejanos de alguna mujer que apretaba el paso por miedo, eran la banda sonora de la noche.
Se masturbó sin hacer ruido para aflojarse y poder dormir.
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