La primera vez que lo vio sintió pena, pena y envidia, venía rengueando. Pena por su andar, envidia por no tener que preocuparse nunca por trabajar. Se saludaron y charlaron, a Martín le gustaba andar en patineta y eso haría y se reirían por lo bajo de él y sentirían pena y envidia. Pena por su andar, envidia por la calidad de su tabla y las marcas de sus ropas.
El clima, agradable, fresco pero soleado, fue tema de conversación y también las bandas que Martín escuchaba, mientras él miraba de reojo su alrededor y hacía de cuenta que lo escuchaba y Martín seguía mencionando esas bandas estadounidenses de nombres difíciles, al pedo. Leandro intentaba preguntar cualquier cosa cuando Martín se agotaba de hablar de un tema, para así dispararle otro monologo y entretenerlo consigo mismo, haciendo que le cuente cosas que no importaban, para evitar los silencios incómodos.
-Me gustan las bandas en inglés porque el castellano me parece un idioma horrible para cantar- comentó Martín.
-Pero ¿Entendés las letras?
-No, pero las leo de Internet.
-¿Crimson escuchaste?
-No.
-Eso es rock, la última gran banda de rock.
-Si…A mi me gusta Korn, esas cosas, más modernas.
Leandro no supo que responder pero por suerte dobló a la izquierda y estacionó. No hubo necesidad de pensar la siguiente pregunta para evitar silencios incómodos. Martín le dio la mano y bajó del auto con lentitud y tosquedad. Leandro se apuró en dar la vuelta al coche, abrir la puerta y bajarle la patineta a Martín antes de que él lo hiciera, para evitarle movimientos bruscos, para cumplir bien con su trabajo, para que Martín hablase bien de él a sus padres, para recibir dentro de no mucho un aumento y tener la confianza de los padres de Martín.
Leandro lo esperó en un bar, tomando un café que pagarían los padres de Martín mientras él intentaba andar en patineta y el resto de los chicos reían por lo bajo y sentían pena, y envidia.
Mostrando entradas con la etiqueta café. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta café. Mostrar todas las entradas
viernes, 31 de diciembre de 2010
lunes, 5 de julio de 2010
EL PRÓXIMO GRAN ENEMIGO DEL MUNDO
Iván: Filas interminables de pequeños féretros de vidrio que se reproducían infinitamente en las paredes espejadas.
En una de ellas, estaba mi hermanita. Incubándose hasta no se cuando. Algunas semanas o meses talvez.
Sofía.
Ya la quería y no la había visto.
Miré através del grueso vidrio todos esos bebés recién nacidos y tuve sentimientos encontrados.
Alegría por tener una hermanita, pensar en ser hermano mayor. La alegre sensación de que la gente sigue creyendo pese a las situaciones de mierda y adversidades, en la vida. Pese a lo que cuesta vivir la gente sigue trayendo vida al mundo.
Ver esos bebés, sin ser corrompidos todavía. Sin preocupaciones, sin dolor, sin angustia sin ser concientes de lo que es la maldad o la muerte. Sin saber nada en absoluto. Vírgenes.
Por otro lado pensé en lo egoísta que es el acto de concebir. Desde la propia voluntad de tener un hijo al que cuidar y criar y ver crecer, dos personas engendran uno sin saber si ese chico desea nacer, existir y sufrir.
Miré un buen rato las incubadoras, intentando adivinar en cual estaría mi nueva hermanita.
Vi a esos niños durmiendo y llorando por haber nacido, por tener su tranquilidad perturbada por el aire contaminado, la luz, asustados de su propia existencia y pensé: Un bebé que acaba de nacer puede ser el próximo gran enemigo del mundo.
Hitler, Stalin, Videla, fueron bebés. Tiernos bebés, mimados, cuidados, fotografiados, sonrientes. Sin maldad. Hasta que fueron concientes del poder de la idea, de la palabra.
Estaba cansado, ya ni sabía en lo que pensaba.
Mi papá me invitó a desayunar algo mientras su mujer descansaba en la habitación de la clínica.
Fuimos al bar del último piso del hospital. Tenía el techo de vidrio y dejaba ver unas negras nubes que se avecinaban con violencia. Las paredes, cubiertas de un empapelado Bordeaux berreta y una guarda dorada con dibujos aleatorios. La iluminación era cálida. Un lugar ambientado como los hoteles, casinos o aeropuertos. Para hacer sentir a uno como en casa o en viaje constante, en un lugar donde el tiempo no existe. Ambientado entre el mal gusto y la delicadeza. Con falsa finura.
Un jugo de pomelo y un tostado. Mi papá café.
Abrió La Nación, lo desplegó y abarcó todo el ancho de la mesa. Lo tapó por completo, ni sus canas podía ver, solo sus dedos sujetando los bordes del papel.
Tengo la teoría de que mi papá lee el diario para enterarse de las cosas malas que en ese día no le pasaron a él y conformarse y quedarse tranquilo de que podría estar peor.
No nos dijimos una palabra.
En una de ellas, estaba mi hermanita. Incubándose hasta no se cuando. Algunas semanas o meses talvez.
Sofía.
Ya la quería y no la había visto.
Miré através del grueso vidrio todos esos bebés recién nacidos y tuve sentimientos encontrados.
Alegría por tener una hermanita, pensar en ser hermano mayor. La alegre sensación de que la gente sigue creyendo pese a las situaciones de mierda y adversidades, en la vida. Pese a lo que cuesta vivir la gente sigue trayendo vida al mundo.
Ver esos bebés, sin ser corrompidos todavía. Sin preocupaciones, sin dolor, sin angustia sin ser concientes de lo que es la maldad o la muerte. Sin saber nada en absoluto. Vírgenes.
Por otro lado pensé en lo egoísta que es el acto de concebir. Desde la propia voluntad de tener un hijo al que cuidar y criar y ver crecer, dos personas engendran uno sin saber si ese chico desea nacer, existir y sufrir.
Miré un buen rato las incubadoras, intentando adivinar en cual estaría mi nueva hermanita.
Vi a esos niños durmiendo y llorando por haber nacido, por tener su tranquilidad perturbada por el aire contaminado, la luz, asustados de su propia existencia y pensé: Un bebé que acaba de nacer puede ser el próximo gran enemigo del mundo.
Hitler, Stalin, Videla, fueron bebés. Tiernos bebés, mimados, cuidados, fotografiados, sonrientes. Sin maldad. Hasta que fueron concientes del poder de la idea, de la palabra.
Estaba cansado, ya ni sabía en lo que pensaba.
Mi papá me invitó a desayunar algo mientras su mujer descansaba en la habitación de la clínica.
Fuimos al bar del último piso del hospital. Tenía el techo de vidrio y dejaba ver unas negras nubes que se avecinaban con violencia. Las paredes, cubiertas de un empapelado Bordeaux berreta y una guarda dorada con dibujos aleatorios. La iluminación era cálida. Un lugar ambientado como los hoteles, casinos o aeropuertos. Para hacer sentir a uno como en casa o en viaje constante, en un lugar donde el tiempo no existe. Ambientado entre el mal gusto y la delicadeza. Con falsa finura.
Un jugo de pomelo y un tostado. Mi papá café.
Abrió La Nación, lo desplegó y abarcó todo el ancho de la mesa. Lo tapó por completo, ni sus canas podía ver, solo sus dedos sujetando los bordes del papel.
Tengo la teoría de que mi papá lee el diario para enterarse de las cosas malas que en ese día no le pasaron a él y conformarse y quedarse tranquilo de que podría estar peor.
No nos dijimos una palabra.
Etiquetas:
Adolf hitler,
Ariel Pukacz,
bebé,
café,
cuentos verdes,
diario,
hospital,
La Nación,
stalin,
videla
Suscribirse a:
Entradas (Atom)