Polio. Por su andar torcido, en ese, como de un borracho. Sospechó que la enfermedad había sido primero un secreto, una ventaja para agilizar la burocracia, un problema que sacarse de encima. Un muerto cantado que debía morir en otro lugar, tornarse responsabilidad de otro.
El sueño de ambos, sepultado, había sido eyectado de nuevo hacia la superficie de sus vidas muchos años después, cuando sus cuerpos ya estaban flácidos, agarrotados, inservibles para engendrar y ahora se veía nuevamente trunco.
El cojeo se debía a una mayor longitud de su fémur izquierdo, torcido hacia adentro, convexo, dándole a su andar cierta cadencia, un ritmo torpe.
Problema de nacimiento- dijo el doctor mientras lo auscultaba. El aire acondicionado estaba demasiado fuerte para tratarse de un consultorio médico-pensó ella, pero el hospital era público.
El cojeo se debe a una mayor longitud de su fémur izquierdo.- agregó el doctor y tuvo que repetir la frase porque el motor de un Mercedes Benz descapotable, que en otra época había sido un auto moderno pero que en ese entonces era sólo un auto que insistía en pretender ser lo que había sido, se metía por la ventana, abierta para dejar pasar el aire caliente a la fría habitación.
-¿Hay forma de corregirlo?- preguntó el hombre con la preocupación de un padre y se acomodó los anteojos en un gesto de nerviosismo.
-Pero no ahora- respondió el doctor y se aclaró la garganta- Ahora es peligroso, en unos años, cuando su cuerpo se haya desarrollado. Dependerá de la curvatura de la pierna.
Por el momento sólo puede usar un andador o un sistema de contención externo que se calza como su fuese una bota ortopédica.
Lo visualizó desplazándose como un viejo y le resultó una imagen contradictoria, antinatural, abyecta. Cuando estaba quieto le resultaba tierno. Como cualquier nene de esa edad pero al caminar intentaba no mirarlo, corría la vista. Al pasear con él en las plazas miraba hacia adelante y sentía sus deditos fibrosos, apretados y transpirados contra su mano. Él en cambio, lo miraba todo.
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viernes, 10 de diciembre de 2010
viernes, 9 de julio de 2010
Feliz año nuevo
Cinthia: Era año nuevo, un nuevo comienzo. Mi familia comía pero yo me encontraba aislada, en mi cabeza. Iván ocupaba todo el espacio de mi mente, incluso más de lo que podía llegar a abarcar. Me generaba una sensación de claustrofobia, culpa, soledad.
Lo extrañaba ¿O extrañaba la idea de Iván?
Mi primita correteaba por toda la casa y comenzó a llorar porque se golpeó la frente contra la punta de la mesita ratona. Hielo le pusieron. Lloraba y se abrazó a mí. Me la cargué a upa y comenzó a chorrearse el hielo sobre su vestidito blanco. Mi mamá me pasó una servilleta para secarla. Al rato dejó de quejarse y comenzó a chupar el hielo. El agua fría se le chorreaba por la pera. Un gran chichón adornaba su frente.
Fuimos a la mesa a comer. Todos hablaban y gritaban. Los platos y fuentes, llenas de comidas giraban de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.
No di un solo bocado. No presté atención a los gritos y risas y charlas de mis tíos y primos y abuelos y de toda mi gran familia. Me quedé enclaustrada en mi cabeza, pensando en el cuerpo descompuesto de Iván. Me pregunté si a esa altura seguiría habiendo carne sobre sus huesos. No pude dar un bocado.
Me imaginé a su papá, como se sentiría en este primer año nuevo sin Iván. Me pregunté como estarían el resto a quienes no volví a ver, el Alex.
Ya era la hora, brindamos y fuimos todos a la terraza. Alcé a mi primita en brazos porque no alcanzaba a ver.
No me llegó ningún mensaje de texto. Me angustió saber que nadie pensaba en mí.
Los fuegos artificiales incendiaban la noche pero la luna brillaba más fuerte que todos.
Lo extrañaba ¿O extrañaba la idea de Iván?
Mi primita correteaba por toda la casa y comenzó a llorar porque se golpeó la frente contra la punta de la mesita ratona. Hielo le pusieron. Lloraba y se abrazó a mí. Me la cargué a upa y comenzó a chorrearse el hielo sobre su vestidito blanco. Mi mamá me pasó una servilleta para secarla. Al rato dejó de quejarse y comenzó a chupar el hielo. El agua fría se le chorreaba por la pera. Un gran chichón adornaba su frente.
Fuimos a la mesa a comer. Todos hablaban y gritaban. Los platos y fuentes, llenas de comidas giraban de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.
No di un solo bocado. No presté atención a los gritos y risas y charlas de mis tíos y primos y abuelos y de toda mi gran familia. Me quedé enclaustrada en mi cabeza, pensando en el cuerpo descompuesto de Iván. Me pregunté si a esa altura seguiría habiendo carne sobre sus huesos. No pude dar un bocado.
Me imaginé a su papá, como se sentiría en este primer año nuevo sin Iván. Me pregunté como estarían el resto a quienes no volví a ver, el Alex.
Ya era la hora, brindamos y fuimos todos a la terraza. Alcé a mi primita en brazos porque no alcanzaba a ver.
No me llegó ningún mensaje de texto. Me angustió saber que nadie pensaba en mí.
Los fuegos artificiales incendiaban la noche pero la luna brillaba más fuerte que todos.
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