Mostrando entradas con la etiqueta colectivo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta colectivo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Epecuén (Parte II)

Las dos ventanillas de adelante estaban bajas en su totalidad, las de atrás, levemente, más por considerar torpe al nene que por cuidadosos. El sonido hidráulico de los frenos de los colectivos y el chirrido de las improvisadas ruedas de los carros de los cartoneros no dejaban que se entendieran las pelotudeces que decía el conductor del programa de radio.

Martín miraba y saludaba con una mano, la otra la tenía en su boca. Apretaba sus dientes, que apenas se asomaban, hacia adentro como si así evitara crecer y tener que operarse y dejar de ser él y convertirse en “una persona normal” o en un cuerpo empotrado en una silla en caso de que la cosa no saliese como debería.

Apagó el aparato y chistó, prendió un cigarrillo y al sacar el brazo por la ventana para compartir su ceniza con el mundo, un colectivo casi se lo desmiembra. El susto hizo que perdiera el control del auto por un momento.
-Tené cuidado ¿Querés?- Alertó ella.
-No me rompas las pelotas.- y dio una calada al cigarrillo, en vano porque se había apagado

El viaje siguió en silencio, sin radio, sin dialogo, con ruido externo que no podían controlar. Martín seguía saludando con el mismo entusiasmo que tenía al subirse al auto. Algunos le respondían con una sonrisa o con espásticos movimientos de muñeca, algunos no.

No podían atravesar la Nueve de julio por una marcha que ignoraban quien la encabezaba pero que seguramente no tendrían razón de ser, llevada a cabo por “zurdos”, vagos que no quieren laburar pero sí vivir del Estado.

Volvete al once, volvete al ghetto judío de mierda- se escuchó que alguien gritó a un judío desde lejos. Él asentía y ella negaba, con la cabeza. Pero no dijeron una palabra, siguieron en silencio.

viernes, 24 de septiembre de 2010

FIN

Este es el final de mi tercera novela, es de las pocas cosas escritas que tengo de ese tercer texto.

(...)Espero que no hayas guardado rencor hacía mí y que recibir esta carta no te perturbe (sí es que seguís viviendo en el mismo lugar y la recibiste y la estas leyendo). No te pongo mi dirección porque entablar nuevamente un diálogo, aunque sea escrito con vos me ablandaría lo suficiente como para volver a la Argentina y eso no está en mis planes. Tan sólo quiero que sepas que estoy bien y que te quiero lo suficiente como para tenerte presente todos los días.
Te quiero y espero que estés bien.
Aga.

Al terminar la carta me di cuenta que mis manos sudaban y temblaban. La doblé prolijamente y la volví a meter en el sobre. La dejé en la mesa y me fui. Me tomé un colectivo cualquiera sin saber hacia donde se dirigía y me senté en el primer lugar libre que encontré. Mientras los autos y los árboles y las personas y todo quedaba atrás me puse a pensar en que me gustaría ser si no fuese un ser humano y creo que pensé en el viento, para poder viajar gratis por todo el mundo y conocer el frío del Himalaya y el calor de las playas de Australia y golpear la cara de personas desconocidas en ciudades desconocidas y no morir nunca, migrar de un lugar a otro con mayor o menor intensidad y que el tiempo no exista.

FIN

martes, 27 de julio de 2010

correr, viajar, esperar,

La puerta abierta
el colectivo me espera
impaciente
porque la luz lo apura
y corro y transpiro
para subir
y las vocinas me abuchean
y las puertas se cierran detrás mío con un sonido industrial
imposible de imitar
y agradezco
y pago y busco un asiento o una novia
con la mirada
y no hay
ninguna de las dos cosas
pero logro mirar por la ventana
y los quioscos
y los carteles
y los afiches
y los postes de luz
pasan
y los olvido
y los dejo atrás
como a tantas cosas
algunas que me hacían mal
y me miento
no las abandoné
me siguen reverberando dentro
como una licuadora rota
pero intento hacerme creer
que estoy bien
y se sube el policia de los boletos
y me firma con un mamarracho rojo
el mío
y lo guardo como un tesoro
dentro de un libro
que nunca terminaré
El colectivo sigue su recorrido reiterativo
y me bajo en cualquier lado
porque no me dirigía hacia
ningún lugar en particular
y cruzo la calle
y espero volver a hacer
el recorrido a la inversa

miércoles, 2 de junio de 2010

La historia de mi primer cuento

Recuerdo el primer cuento que escribí, no se cuantos años tendría pero era sobre un gato que se casaba, hasta había hecho el inventario de cosas que necesitaban para la boda.
Seguro que mi mamá todavía lo tiene.
Recuerdo también que a eso de los seis años quise hacer mi propio parque de diversiones y mi primer intento de revista de la cual hice un único ejemplar.
En 2004 conocí a dos chicos con los que tuve mi primera banda, malos covers de Stooges y standards surf. Me hicieron leer a Jack Kerouac y los tres fantaseábamos con viajar y hacernos vagabundos. Ese año aprendí mucho, de música y de otras cosas, muchas otras cosas.
Ese mismo año mí mamá tuvo cáncer, mi papá se peleó a muerte con su hermano, mi abuelo polaco murió y fue la primera vez que una chica me engañaba.
Todas estas cosas las comenté solamente con la blanca pared de mi habitación, más de una vez le hablé durante tantas horas que llegué a ver cada poro de la pintura.
Pero volviendo a los libros, de Kerouac pasé a Burroughs que me desilusionó pero sin perder la fé en la Editorial Anagrama elegí un titulo al azar de Charles Bukowski. Nunca supe cual fue el primer libro de Bukowski que leí como tampoco recuerdo como era mi casa antes de tener a mi perro. Al leerlo, una y otra vez me di cuenta de lo complicado que yo había estado durante ese año, de lo solo, triste y miserable que me había sentido durante todo ese año. Sus textos me parecieron tan simples y verdaderos que me creí capaz de poder hacer lo mismo.
Ese día, me aguanté todo el viaje en colectivo del colegio a mi casa y al llegar escupí todo sobre el teclado, no recuerdo el texto. Pero fue la primera vez que lloré escribiendo.
Ese, fue el primer cuento que escribí pero no el único que escribí llorando.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Talvez el amor de mi vida fuma Philip Morris de diez

Me costó hacerme de un asiento en el colectivo, la última fila, la que más sufre el ruido del motor. Frente a mí estaba sentada una chica, hermosa. Mentón perfecto, labios perfectos. Su nariz no.

Llevaba unas cartulinas en una bolsa, su cartera negra de cuero o imitación y una carpeta con folios llenos de hojas. Se comía la uña del dedo índice de la mano derecha, miraba por la ventana mientras lo hacía sin prestarle atención a nada en particular. Miré las mías, seguro estaban mucho peores.

Acomodó su pelo detrás de sus orejas y siguió masticando su uña.
Hizo un paneo por el colectivo, me escaneó y siguió mirando. Abrió su cartera y corroboró si le quedaban cigarrillos. Philip Morris de diez, lo único que supe de ella, de sus gustos y preferencias. Fumaba Philip Morris de diez y se comía las uñas.
Se paró y toco timbre.
Ahí bajaba otro amor de mi vida.
Philip Morris de diez