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martes, 5 de enero de 2010

La Lluvia

Los incesantes redobles y rayos no dejaban hablar ni dormir, era un ruido continuo que desesperaba a los pobladores de…

Quienes tuvieron suerte, se subieron a los techos de sus casas, los caminos y cualquier cosa que hubiese quedado debajo ya había sido arrasada. Vehículos, animales, bebés, muebles, todo. Todo era llevado por un espeso mar marrón que se comía lo que pasase por delante suyo como un agujero negro hace en el espacio. Pero esto era más urgente y desesperante porque pasaba ahí, a la gente, no a planetas deshabitados.

No iba a cesar más- pensaban los pobladores, empapados y tiritando de frío y angustia por la acaudalada lluvia. Así, más de un ferviente creyente pensó que aquello era el Apocalipsis, pero no, era tan solo una lluvia densa y maldita.

Cadáveres comenzaron a flotar, como boyas pero de carne. Algunos boca abajo y otros boca arriba; con la ropa rasgada por la corriente o directamente sin ella. Muertos, crucificados en el agua, arrastrados hacia ningún lado.

Se generaban fuertes olas cuando el agua roñosa chocaba con furia contra las paredes de las casas, por la precariedad, algunas llegaron a desmoronarse y a formar parte de ese todo que avanzaba como El Golem. Pero esto no era Praga, aunque cerca.
Días o semanas más tarde, la lluvia comenzó a disminuir, pero el pueblo estaba muerto. Los techos estaban colmados de cadáveres, por la inanición o hipotermia y el suelo, completamente húmedo, también estaba lleno de cadáveres amontonados y casas destruidas.

Los pocos sobrevivientes se encargaron de arrojar a los hombres muertos a una fosa común y refrigerar como podían los cadáveres de los jóvenes para alimentarse de ellos y a las jovencitas a violarlas, ya que vivas no hubiesen accedido, era su oportunidad.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El monstruo que vive debajo de mi cama

Texto que escribí para el taller de Alberto Laiseca.

Estaba ahí, estaba allá. Estaba en todas partes, siempre que la oscuridad invadía, siempre que mi mente jugueteaba con la abstracción.

No tenía una forma definida, ni un nombre. Era un violador antes de que supiese de dónde venían los bebés, era el cuco aunque nunca había visto uno (y sigo sin haberlo visto), era un ladrón y un policía. Era todo lo malo e incorrecto y con los años fue mutando.

Era mi padre gritándome, era yo pegándole a un compañero indefenso, eran mis amigos burlándose de mí a escondidas, una novia que se coge a otro.

Recuerdo estar acostado, tapado, mirando al techo y la pared que estaba vacía frente a mí. Ahí aparecía, imágenes abstractas que me hacían llorar por lo bajo para no despertar a mis padres que dormían en la habitación contigua, era una sombra, su presencia horrible se dibujaba por toda la habitación, asfixiándome, comiéndome, violándome.

Yo mismo me encontraba boceteado a veces en la pared, con diez años más, fracasado.
Mi angustia tomaba forma, no se cual con certeza pero yo la veía ahí, en la pared blanca, mis miedos, mi ansiedad, mis secretos.

Debajo de la cama, había tan sólo medias sucias, el terror se encontraba en mi pared, en mi mente en verdad, pero la utilizaba como un proyector de mi imaginación, de mis miedos y fobias.

Finalmente, podía dormir, pero a veces mi mente no frenaba y seguía torturándome en los sueños.