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sábado, 6 de abril de 2013

MANHUNT VIII


Necesitaba estar solo y caminar por la ciudad. Llegué a lo que solía ser el CBGB´s, ahora era una tienda de ropa muy cara a la que no quise entrar. Me sentí mal, algo había muerto. Me preguntaba porqué el Chelsea Hotel sí era un lugar reconocido por la ciudad como patrimonio histórico y ese bar no lo había sido. Pasé por el New Museum pero no estaba con ánimo como para entrar.
Faltaba una semana para que fuese el fin del mundo o algo así por lo que me propuse a aprovechar lo más que podía la ciudad, porque por ahí mis últimos días de vida eran en ella y quería irme del mundo lo más contento que pudiese.

Caminé hasta lo que era el C Squat, pasé por el mural de Joe Strummer pero no me detuve porque nunca fui muy fan de The Clash y di vueltas por una plaza que parecía peligrosa pero había muchos juegos infantiles y muchos chicos jugando. El C Squat ahora era un museo dedicado a la ocupación de espacios públicos o algo así.
Por suerte seguía colgando el cartel que había visto tantas veces en fotos en Internet: “Esta tierra es nuestra. No está a la venta”.
Parecía ser una tienda hipster del SOHO, vendían remeras y bolsos y fanzines. Había un mostrador en el que había varios voluntarios hablando entre ellos. Estaba muy lejos de lo que esperaba encontrar pero el museo seguía hacia abajo donde había una muestra fotográfica y un documental de una calidad técnica muy pobre filmado en VHS que se repetía una y otra vez. Ahí abajo había un punk crust con un perro y un par de viejos vestidos de traje que parecían haber sido squatters artistas que estaban en su adultez y venían a recordar viejas épocas de cuando eran pobres o al menos, más pobres.

Hacia al fondo había un salón descuidado y oscuro atiborrado de gente. Era una conferencia que estaba dando un ilustrador de la revista The New Yorker sobre sus días como okupa y sobre como era toda esa zona en esa época, durante los años ochentas.
Extrañamente casi no había punks, sino gente con sweaters con cuello de tortuga y cochecitos con bebés.
Una mujer regalaba bolsas con pochoclo que acepté esperando que tuviesen ácido pero solamente tenían sal.
Apenas se podía ver o escuchar por lo que me puse a ver unos afiches que había con ilustraciones de las personas que habían vivido allí y sus historias narradas en primera persona. Eran todas historias tristes e increíbles, admiré a cada una de las personas que leí. Uno era un anciano (Había nacido en 1935) y en su juventud había convivido con Allen Ginsberg y Jack Kerouac, lo que me pareció muy sorprendente y a la vez triste. Triste porque me era un mundo ajeno y lejano.
Subí al infoshop y le pregunté a uno de los voluntarios si había forma de visitar el resto del edificio y me dijo que no, porque son viviendas, que el C Squat ya no funcionaba como centro cultural, ya no se hacían recitales y la famosa rampa de skate estaba desarmada.

Bajé hasta la Plaza Cultural y avancé por la Avenida C hasta llegar por puta casualidad a la calle Rivington y toparme con el ABC NO RIO. Había unos punks en la puerta y me acerqué para ver que pasaba. Había un recital, una de las famosas hardcore matinees de los sábados. El encargado de cobrar la entrada era un hombre que tenía un gorro de lana con un parche de GBH y una campera de aviador. Se llamaba Miguel y que era de Honduras y que tenía una banda llamada Tegucigalpa. Hacía frío en la calle pero a nadie parecía importarle. Una chica con una cresta violeta intentaba hacer malabares con dos botellas de cerveza. Caían al suelo y hacían un sonido amenazador pero no se quebraban. Otro chico de cresta contaba sobre una pelea que había tenido en Long Island la noche anterior y como dos policías lo revisaron sin encontrar ninguna droga porque él no se drogaba.
Miguel me contó que el había venido de Honduras en 1985 y que en ese entonces el Lower East Side y el Alphabet City eran barrios peligrosos pero que a él no le quitaban el sueño porque en Honduras todo era más complicado.
-Hubo veces en las que tuve que bajar con un bate de béisbol porque vendedores de crack se querían meter en el edificio. Nosotros siempre estuvimos en contra de esas cosas. Eran épocas duras, vendían drogas en todos lados y todos los edificios estaban vacíos y los ocupábamos y después nos mudábamos. Todos nos conocíamos y nadie tenía pertenencias y había muchas bandas y muchos recitales. Después vino Gulliani y simplemente movió el crimen de lugar, esas personas no dejaron de existir. Lo único que logró es que la ciudad sea cada vez más imposible de pagar, imposible de existir y que sus habitantes artistas se tuviesen que ir cada vez más lejos, al igual que los criminales que encerró y echó.
Yo esperaba con frío a su lado a que fuese la hora para que el recital comenzara. Los turistas pasaban por la puerta y tomaban fotos y los punks posaban de manera agresiva y les pedían una moneda.
Una chica bajó una escalera y le preguntó a Miguel quien había sido el último en utilizar el baño, estaba tapado y no se podía usar. Miguel dijo que probablemente había sido su culpa por haber tirado un preservativo usado en el inodoro, que después se encargaría.

Miguel trabajaba como cocinero en un restaurante.
-Trabajo en un lugar al que no puedo ir como cliente, no me pagan lo suficiente como para poder comer ahí, es al revés del fordismo lo que hacen. Lo bueno es que manejo mis horarios, ahora trabajo solamente tres días a la semana pero doce horas cada vez.
Apareció un muchacho con una campera de aviador y pantalones militares y borceguíes. Todos se quedaron en silencio. Tenía la mejilla perforada y abierta del tamaño de una pelota de tenis, se veían sus dientes y encías.
-Hoga- dijo.
-Son siete dólares- le dijo Miguel sin mirarlo a los ojos.
El muchacho pagó y fue para adentro del ABC No Rio.
-Ese muchacho esta bien loco. Hace tres años que no aparece por acá, estuvo en Irak.
-¿Eso se lo hizo en Irak?
-No, su novia lo engañó y el la descubrió en un recital en el Knitting Factory en Brooklyn. Ahí mismo se quiso suicidar y le erró y quedó deformado. Cruzó el puente de Brooklyn así, como un zombie, lleno de sangre. No tenía seguro médico y quería curárselo él mismo. Finalmente la cara le cicatrizó y quedó deforme.
-¿Y por qué todos se callaron cuando apareció?
-Porque estuvo en Irak, fue a pelear a la guerra, nadie supo nada de él en tres años. No es un personaje muy querido acá.
-¿Cómo es lo del seguro medico?
-Aquí sin seguro médico no existes. Este es un país duro, no pienses que no. No todo es Time Square, Doctor Pepper y HBO. Aquí las cosas cuestan mucho si no tienes dinero. Las propiedades en los ochentas eran un regalo, ahora la gente vive cada vez más y más lejos, es imposible afrontar los gastos de Manhattan. Es una trampa esta ciudad, la gente la llama Manhunt porque te caza. Vives en Nueva York pero sos esclavo de Nueva York en verdad. Es una ciudad glamorosa para los que tienen dinero, sino, es como cualquier otro lugar. Ser pobre es lo mismo en cualquier lado. En los ochentas aquí estaba todo abandonado, la policía no se animaba a entrar a estos barrios. Ahora los turistas caminan con las cámaras de fotos colgadas al cuello. La ciudad cambia, cambia muy rápido.
-Mierda- dije.
-Ven, vamos para adentro- me dijo Miguel y eso hicimos, fuimos a un pasillo donde había una mesa con diferentes flyers y fanzines gratuitos. Me quedé con una vieja copia de la revista Heart Attack.
-Este wacko me preocupa aquí dentro. Todos los que van a la guerra vuelven hechos unos harapos. La droga los destroza.
La gente comenzó a ingresar para el recital que estaba atrasado dos horas.
-Toman drogas sintéticas y vuelven adictos. Cuando los gringos se emborrachan o se drogan, lo hacen en serio, y ahí no hay como frenarlos, se brutalizan. Y después nosotros, los latinos somos los responsables de la droga en este país. Sumado a todo ese caos está el de La Orden del Nuevo Mundo, no se si te has enterado de eso.
-Sí.
-Es un desastre, nadie comprende lo que sucede del todo con ese movimiento, ni como funciona ni lo que plantean. Hay más gente involucrada de la que uno piensa. Personas de izquierda, de derecha, ricos pobres. Es un movimiento que no distingue nada. Existe, es. 
Un muchacho con expansores pasó por el pasillo y escuchó nuestra charla.
-Mi mamá piensa que se va a acabar el mundo, por eso me pagó todos los implantes dentales- dijo y se relamió los dientes de juguete. Tenía expansores y una remera de Warzone gastada. También una gorra de béisbol de los Cardinals. Siguió caminando hacia la salida para fumar.
Ingresamos al salón y yo esperaba que fuese un lugar semi demolido pero era un espacio muy bien iluminado y pintado de blanco. Imaginé que así debería ser el limbo de los punks cuando mueren de sobredosis o peleas o esas cosas que seguramente hacen los punks.

Había un puesto de galletas veganas de calabaza y otras con chips de chocolate. Compré una de calabaza y era muy rica. Sonaba hip hop y todos los punks cantaban las canciones de hip hop y me resultó extraño y me pregunté donde mierda estaba.
Apareció la primera banda en escena. Eran solamente dos. Un chico que tocaba el bajo y tenía una camisa escocesa y parecía ser un integrante de Green River y un chico en guitarra que tenía una camisa negra metida dentro del pantalón (un pantalón color marrón claro de oficina) y que estaba peinado con raya al medio. Un nerd.
Encendieron un iPod en el que tenían grabadas baterías y tocaron el grindcore más técnico del mundo, con mucha influencia de math rock y post hardcore. Los temas duraban muy poco y eran alucinantemente complejos.
Había un chico oriental con una remera de Terrorizer. También había un chico con rasgos orientales que bailaba como lo hacen los Straight Edge y se armó un circulo a su alrededor, tenía una remera de Vegan Records y me asombró muchísimo.
Cuando la banda terminó le dije:
-Hey, tu remera es de un sello de donde yo vengo.
-¡Guau! Me la trajo mi novia de un viaje, mi nombre es Harrison.
-Ariel
-El es Jorge, tenemos una banda juntos, él toca la guitarra y yo canto, nos llamamos XPASSAGEX.
Ellos estaban acompañados de otro muchacho que tenía una campera de cuero con atrás un parche de una AK-47 con la inscripción KILL YOUR LOCAL DRUG DEALER.

En un rincón se encontraba el muchacho que había vuelto de Irak. Estaba sólo, apoyado contra la pared. Tenía un babero en el cuello y bebía te helado que se le escapaba por su mejilla perforada.
La siguiente banda era de New jersey y hacían un hardcore muy aburrido al estilo de Chain of Strenght o Bane.  Los chicos bailaban y se empujaban. Los punks crust se sumaron a la danza violenta y yo me quedé a un costado, mirando toda la situación con cierto asombro.
Al terminar esa otra banda comenzó una de Islandia. Hacían grindcore en su estado más puro. El guitarrista esgrimía una guitarra Fender Jaguar, un instrumento no del todo bien visto para ese género. Él lucía como un modelo de alguna marca famosa y cara, era alto y rubio y estaba muy bien vestido. Su apariencia no tenía nada que ver con la música demencial que ejecutaba.
Los chicos volvieron a bailar con brutalidad, el recital fue extremadamente corto.
La chica de cresta violeta estaba traspirada y su peinado se había desarmado.

Finalmente apareció la ex cantante de Mùm, vestía un jardinero roto y estaba sin zapatillas. Enchufó un reverb y un whammy a una guitarra acústica y a un mixer. Ella cantaba y movía las perillas con los dedos de los pies para variar la sensibilidad de los efectos. Los sonidos empezaron a yuxtaponerse hasta generar un clima tántrico.
Quedaban solo ocho personas en el lugar para ese entonces.
Ya era de noche. Me quedé con Harrison y Jorge y su otro amigo que nunca supe el nombre, en la calle, andando en skate.
Me contaron historias sobre los recitales hardcore en New York, sobre los diferentes estilos y actitudes entre los barrios.
-En Bronx bailamos violento- contó Jorge- en Queens son más flojos.
Nos quedamos patinando en la calle hasta que ellos se volvieron para Bronx a festejar Nochebuena con sus familias. Quedamos en contacto para ir a pasear otro día por la ciudad. Yo aproveché la cercanía para ir a ver a John Zorn que se presentaba en su propio bar.

Era el segundo en la fila, en verdad el quinto pero las cuatro primeras personas estaban juntas.
Hacía frío y a los pocos minutos un hombre gordo salió a la calle y comenzó a cobrar las entradas.
-¡Veinte dólares en cambio por favor!- gritaba una vez detrás de la otra.
Me senté en la primera fila. Rápidamente el lugar se llenó.
A mi lado se encontraba un hombre vestido de traje que me causó un malestar muy grande. Lo imaginé triste y solo, pasando nochebuena en un concierto de avant garde porque no tenía mejores planes, no porque desease realmente eso para su noche.

Había una pareja oriental del otro lado que se tomaban de la mano y una mujer embarazada. Me pregunté si era prudente que asistiese a un recital de esas características.
En mi mochila tenía un grabador Zoom 4HN que encendí delicadamente para documentar el recital de manera ilegal y clandestina.

John Zorn apareció en escena junto a un clarinetista y otro saxofonista. Zorn escupía, la saliva impactaba en el hombre de traje que parecía deprimido y sin ganas de estar ahí. Luego fue el turno de dos guitarristas y una pianista que tocaba las cuerdas del piano de cola con las manos.
Después vino Ikue Mori que fue baterista del trío No Wave DNA. Tocó la batería de manera rudimentaria y un guitarrista imitaba a Fred Frith pasando cordeles entre las cuerdas. El clarinetista hacía ruidos agudos y con sonido a madera.

Después apareció en escena el baterista de Yeah Yeah Yeahs que se dedicó a romper unos cartones y a golpearlos con las manos y con palillos de batería. Mientras el hacía eso Ikue Mori intentaba sacarle texturas a la batería y un guitarrista generaba paisajes sonoros con su instrumento y unos cuantos pedales de efecto.
Finalmente Todos los músicos aparecieron en escena y Zorn anunció que tenía dos invitados. Apareció Marc Ribot y Thurston Moore. Thurston Moore era muy alto y tenía una camisa celeste con un pin de no me acuerdo qué.
Sacó una Fender Jazzmaster llena de stickers y la conectó a un amplificador Peavy. Entre ambos equipos había un Whammy y una distorsión Pro Co Rat y un Delay de Line 6.

La guitarra por alguna razón no andaba y tuvo que buscar otros cables y tampoco andaban entonces cambió de amplificador a un Fender Hot Rod. El rey de la guitarra ruidosa no podía enchufar las cosas y nada le andaba y fue muy gracioso.
Ribot tenía una Epiphone Casino, un trémolo y un reverb y los enchufo a un Roland Jazz Chorus y no tuvo problemas.
Al terminar el recital me acerqué a Moore y le pregunté si podía tomarle una foto y me dijo que sí. Me fui contento a Pret a Manger a festejar el día tomando una sopa de fideos y pollo.

Volví al hostel en subte y escuché la grabación del recital. Se escuchaba perfecto pero sabía que nunca la iba a escuchar porque era un recital para ver. Pero como recuerdo me parecía interesante.
Volvió a mi mente el hombre de traje que parecía no querer estar en el recital de John Zorn. Me pregunté si formaba parte de La Orden. Intuí que estaba ahí para controlarme, como una señal que me dijese: “Sabemos donde estás”.

Me aterré pero después me olvidé y después me volví a acordar cuando anunciaron por parlantes que el subte se detendría por un inexplicable corte de luz en todas las estaciones. Eran ellos, era obvio.
Salí a la calle y la ciudad parecía otra, una verdadera ciudad-trampa. La gente se encontraba en las veredas, charlaban y fumaban. Alumbraban con unas linternas de led muy poderosas. Nadie usaba velas y eso me asombró.
Hacía frío para estar en la calle.

Ingresé al hostel y esperé a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad para subir las escaleras. Los peldaños crujían como si fuesen los motores preparados de las motos de los Hells Angels.

martes, 26 de marzo de 2013

MANHUNT VII


Caminamos por la rambla y sacamos fotos de los juegos apagados del parque de diversiones. Había una cara diabólica de colores llamada Tillie y también una rueda de la fortuna. Una estructura para saltar de una especie de Bungee Jumping y una montaña rusa nada provocadora. Caminamos por ahí contra el viento y el frío y llegamos al acuario que estaba cerrado y parecía que en otra época había sido interesante pero ya no. También había una playa a la que no fuimos. Había gaviotas. Todos los locales estaban cerrados y parecían los decorados de una película de Hitchcock o hechos a medida para decorar las falsas calles de Disney World.
Todo estaba destruido por el Huracán Sandy. Era un asco, fragmentos de madera por todos lados, como si una bomba hubiese estallado todo. La playa estaba llena de fragmentos de cosas.
Coney Island era el rezago de lo que una vez había sido, se notaba que en una época todas las personas se juntaban ahí a festejar y a divertirse como en las películas, pero ya no, no en invierno al menos. Era un lugar lúgubre y sin nada, sin sonidos más que el del viento y las gaviotas que se quejaban. Era un lugar huérfano y alejado en el que nada parecía pasar. Era como la ceniza de un fuego, quedaba algo horrible de lo que había sido algo cálido y atractivo, con movimiento.
En la calle no había nadie, apenas unas personas dispersas que parecían zombies. Eran en su mayoría rusos.
-Esto es una mierda- dijo Buddy Holly abrazándose a sí mismo por el frío.
-Yo me voy- dijo Josh.
Estábamos parados junto a un bar que se encontraba cerrado, era al lado de un taller mecánico que también tenía la persiana baja. El bar parecía ser una fábrica de cervezas, era un edificio grande de ladrillos en una esquina y tenía una pintura en una de sus paredes que estaba gastada por la erosión y el paso del tiempo. Una gaviota pasó y su graznido pareció haber sido hecho en esperanto. Al mismo tiempo que el pájaro se posaba en un cartel de neón muerto, un portón de la fábrica supuestamente abandonada se abría.
-Los esperábamos a ustedes dos solos- dijo un hombre vestido como en la época victoriana, señalándome a mí y a Josh- pero no importa, pasen todos.
La fábrica parecía muy grande y sólo una parte estaba iluminada con tubos de tungsteno que la hacían lucir deprimente y delicadamente húmeda.
Había unas veinticinco sillas plegables, casi todas estaban ocupadas por personas vestidas como en la época victoriana o con estética steampunk. Todos tenían sombreros diferentes. El que más se repetía era el bombín.
-No traen sombrero- nos gruñó el hombre que nos hizo pasar.
Nos sentamos en silencio, uno al lado del otro. Por alguna razón me tocó nuevamente al lado de Mimi y Peggy Sue estaba encima de Buddy Holly que era el que estaba vestido más acorde a la situación, aunque Josh no desencajaba mucho.
-Tenemos invitados- dijo un hombre que estaba parado en el medio del foco de luz en una tarima. Tenía un bigote largo y enrulado.
-Calculo que saben porqué están acá.
-No- dijo Josh desganado y aburrido y prendió un cigarrillo y sonó sus dedos que hicieron un sonido similar al de un corcho saliendo con violencia de una botella de sidra de 1995.
-Ustedes son los que lograron descifrar nuestro código e ingresar. Deberían saber porqué están acá. Están acá porque deben estar acá. Merecen estar acá.
-Mierda, esto es casi tan cool como las modalidades ridículas que tiene Google para elegir su personal mediante cuentas imposibles de hacer que publica en diarios y en anuncios en las rutas.
-Exacto, pero el nuestro no dice nada referido a ninguna empresa. Es un código escrito al azar en diversos puntos de la ciudad. El azar hace que alguien pase y lo perciba y lo anote y lo descifre y se ponga en contacto con nosotros. Para muchas otras personas lo que ven es tan sólo un graffiti más en New York. Es el tercer código que se logra activar, hay cuarenta.
-¿Qué pasa cuando se activa?
-Una bomba se activa.
-¿Cómo que una bomba?
-Sí, una bomba.
-…
-Pasadas las treinta y seis horas, en un punto aleatorio va a suceder algo. Ni nosotros sabemos qué. Hay cuarenta sorpresas-bomba, una para cada código pero se relacionan entre sí de manera azarosa. No sabemos cual estallará cuando.
-Mierda.
-Ustedes sabían en lo que se metían cuando desencriptaron el código.
-¿Cómo mierda es que nos reconocieron?- pregunté.
-Cuando ingresaron el código se activó instantáneamente la cámara de la computadora y pudimos verlos. Muy arriesgado de todas maneras que hiciesen todo desde un Apple Store.
-¿Cómo supieron que íbamos a venir hasta Coney Island?
-Estás haciendo preguntas que no son las importantes- respondió seco el hombre de los bigotes graciosos.
-Pero ustedes esperaban que viniésemos con sombreros, así que hay algo que no cierra.
-Estás haciendo preguntas que no son las importantes.
Me tembló la espalda y las manos me transpiraban. Estaba nervioso y tenía calor. Me acordé que llevaba puesta una remera nueva de The Germs que no quería que se me gastase tan rápido.
Me pareció la situación más ridícula del mundo y me dio risa, un ataque de risa que nadie esperaba y desconcerté a todos: a los miembros de la secta y también a mis amigos. Todos quedaron en un elegante silencio esperando a que yo pudiese calmarme. El silencio prosiguió una vez que me logré contener, como si todos esperasen que dijese algo interesante, pero no tenía nada para decir.
-Perdón, me tenté- dije.
-En un principio éramos la Sociedad del Sombrero. Seguimos existiendo.
-¿Tienen algo que ver con La Sociedad del Sombrero Rojo?[1]- interrumpí.
-No…
-¿Y con el club de barbas?[2]- pregunté.
-Callen a ese- dijo el hombre del bigote ridículo y me pegaron con una corbata que tenía en la punta un ladrillo atado. No me dejó inconciente pero me dolió y comprendí que tenía que callarme y quedarme con las dudas, como me sucedía en el colegio primario para que no me burlasen cuando no entendía algo.
Quería saber si habían robado la idea de La Subasta del lote 49 de Thomas Pynchon pero no me animé a preguntar.
-En un principio éramos la Sociedad del Sombrero, queríamos recuperar y sostener los valores victorianos, la estética, las costumbres, el idioma. La sociedad fue fundada en



[1] La sociedad del Sombrero Rojo es un grupo de mujeres que se juntan a merendar y que visten sombreros rojos y trajes lilas. Marge Simpson forma parte en un capitulo y se ve involucrada en actividades delictivas.
[2] El Club de Barbas y bigotes es una sociedad en la que todos sus integrantes tienen barbas y bigotes con formas raras y longitudes extremadamente ridículas. Es como una fraternidad o algo así.

1945, cuando terminó la Guerra y Coney Island lentamente iba siendo olvidada y servía como refugio para nuestras parrandas. Su fundador fue Stephen O`Malley.
-El integrante del grupo Sunn O)))- pensé, pero era obvio que no se trataba de él porque en ese entonces no había ni nacido.
-En 1968 hubo un nuevo miembro que estuvo unos pocos meses en la sociedad. Era un muchacho de Chicago que nos introdujo las ideas de Paul Lafargue y Henry David Thoreau entre otros pensadores. Fue muy respetado rápidamente entre los integrantes, pero al tiempo, abruptamente, se marchó sin dejar rastros. Años después, su figura cobraría notoriedad mediática y nos inspiraría nuevamente a ser lo que somos hoy en día. Ese hombre fue Theodore Kaczynski.
-El Unabomber- grité y me golpearon de nuevo, aproveché el momento para preguntar si la Sociedad había robado la idea de la novela La Subasta del lote 49 de Thomas Pynchon y si el fundador tenía algo que ver con el integrante del grupo de Drone Doom Metal Sunn O)) que se llaman así por una marca de amplificadores pero que se pronuncia simplemente Sunn, casi en respuesta a la banda fundadora del género, Earth que a su vez se llama así en honor a Black Sabbath ya que ese había sido su primer nombre. Volvieron a golpearme.
-Con el tiempo fuimos adoptando diversas metodologías para sumar miembros, nuestra ideología fue mutando, enriqueciéndose, cada vez generamos más y más conciencia. Ya no éramos un grupo de hombres amantes de la moda, éramos hombres y mujeres queriendo cambiar las cosas pero sin descuidar la vestimenta. Con el tiempo cambió el nombre del movimiento, pero la Sociedad de los Sombreros siguió existiendo como una célula.
-Ustedes han sido seleccionados para ser parte de esto. Bienvenidos. Pronto estaremos en contacto nuevamente con ustedes. Pero ahora tenemos que continuar con lo que hoy hemos empezado y que ustedes no comprenderían todavía. Ya habrá tiempo, pronto, para que se adapten.
Me detuve a mirar a las mujeres que integraban el grupo. Estaba aquella mujer que había visto en el subte que parecía salida de El Pueblo de los Malditos.
La imaginé teniendo arcadas mientras succionaba un pene, con el maquillaje corrido y un poco sufriendo pero un poco caliente por eso mismo y pasándola bien. Fuimos a comer a Nathan´s.
Josh pidió un cangrejo frito que parecía muy extremo. Lo que pedimos el resto no tiene verdadera importancia pero a ninguno le gustó del todo. Yo prefería los panchos de King Papaya.
-Que carajo- dijo Josh.
-¿En que mierda nos metieron?- dijo Buddy Holly- seguramente el inútil de Mr. Momo tiene algo que ver con eso.
Mimi hacía la vertical y practicaba kung fu.
-No sé, veamos que pasa. Que gran ciudad New York- dijo Josh con indiferencia. Rompió la pinza del cangrejo con sus manos que parecían las garras de un oso embalsamado o de los que aparecen en la película Grizzly Bear de Werner Herzog.
-Estoy un poco asuztado- dije.
-Se dice asustado- me corrigió Josh.
-Se dice matate, amigo[3]- respondí.
Peggy Sue miraba la nada y parecía asustada, me gustaba que lo estuviese porque de esa manera no fastidiaba ni criticaba a nadie.
Mimi daba mortales para atrás.
Las empleadas del negocio nos miraban con desprecio y parecían aburridas. Prendieron una radio y sonaba una canción de Eric Clapton de la década del ochenta, por lo tanto malísima.
Mimi hacía planking[4].
Volvimos a Manhattan.



[3] Amigo lo dije en español pese a que el texto está en español hablé todo el tiempo en inglés.
[4] Según Wikipedia: “El planking, término en inglés que se traduce como «hacerse la tabla», es una práctica que consiste en estar tumbado boca abajo en un sitio inusual”.