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martes, 26 de marzo de 2013

MANHUNT VII


Caminamos por la rambla y sacamos fotos de los juegos apagados del parque de diversiones. Había una cara diabólica de colores llamada Tillie y también una rueda de la fortuna. Una estructura para saltar de una especie de Bungee Jumping y una montaña rusa nada provocadora. Caminamos por ahí contra el viento y el frío y llegamos al acuario que estaba cerrado y parecía que en otra época había sido interesante pero ya no. También había una playa a la que no fuimos. Había gaviotas. Todos los locales estaban cerrados y parecían los decorados de una película de Hitchcock o hechos a medida para decorar las falsas calles de Disney World.
Todo estaba destruido por el Huracán Sandy. Era un asco, fragmentos de madera por todos lados, como si una bomba hubiese estallado todo. La playa estaba llena de fragmentos de cosas.
Coney Island era el rezago de lo que una vez había sido, se notaba que en una época todas las personas se juntaban ahí a festejar y a divertirse como en las películas, pero ya no, no en invierno al menos. Era un lugar lúgubre y sin nada, sin sonidos más que el del viento y las gaviotas que se quejaban. Era un lugar huérfano y alejado en el que nada parecía pasar. Era como la ceniza de un fuego, quedaba algo horrible de lo que había sido algo cálido y atractivo, con movimiento.
En la calle no había nadie, apenas unas personas dispersas que parecían zombies. Eran en su mayoría rusos.
-Esto es una mierda- dijo Buddy Holly abrazándose a sí mismo por el frío.
-Yo me voy- dijo Josh.
Estábamos parados junto a un bar que se encontraba cerrado, era al lado de un taller mecánico que también tenía la persiana baja. El bar parecía ser una fábrica de cervezas, era un edificio grande de ladrillos en una esquina y tenía una pintura en una de sus paredes que estaba gastada por la erosión y el paso del tiempo. Una gaviota pasó y su graznido pareció haber sido hecho en esperanto. Al mismo tiempo que el pájaro se posaba en un cartel de neón muerto, un portón de la fábrica supuestamente abandonada se abría.
-Los esperábamos a ustedes dos solos- dijo un hombre vestido como en la época victoriana, señalándome a mí y a Josh- pero no importa, pasen todos.
La fábrica parecía muy grande y sólo una parte estaba iluminada con tubos de tungsteno que la hacían lucir deprimente y delicadamente húmeda.
Había unas veinticinco sillas plegables, casi todas estaban ocupadas por personas vestidas como en la época victoriana o con estética steampunk. Todos tenían sombreros diferentes. El que más se repetía era el bombín.
-No traen sombrero- nos gruñó el hombre que nos hizo pasar.
Nos sentamos en silencio, uno al lado del otro. Por alguna razón me tocó nuevamente al lado de Mimi y Peggy Sue estaba encima de Buddy Holly que era el que estaba vestido más acorde a la situación, aunque Josh no desencajaba mucho.
-Tenemos invitados- dijo un hombre que estaba parado en el medio del foco de luz en una tarima. Tenía un bigote largo y enrulado.
-Calculo que saben porqué están acá.
-No- dijo Josh desganado y aburrido y prendió un cigarrillo y sonó sus dedos que hicieron un sonido similar al de un corcho saliendo con violencia de una botella de sidra de 1995.
-Ustedes son los que lograron descifrar nuestro código e ingresar. Deberían saber porqué están acá. Están acá porque deben estar acá. Merecen estar acá.
-Mierda, esto es casi tan cool como las modalidades ridículas que tiene Google para elegir su personal mediante cuentas imposibles de hacer que publica en diarios y en anuncios en las rutas.
-Exacto, pero el nuestro no dice nada referido a ninguna empresa. Es un código escrito al azar en diversos puntos de la ciudad. El azar hace que alguien pase y lo perciba y lo anote y lo descifre y se ponga en contacto con nosotros. Para muchas otras personas lo que ven es tan sólo un graffiti más en New York. Es el tercer código que se logra activar, hay cuarenta.
-¿Qué pasa cuando se activa?
-Una bomba se activa.
-¿Cómo que una bomba?
-Sí, una bomba.
-…
-Pasadas las treinta y seis horas, en un punto aleatorio va a suceder algo. Ni nosotros sabemos qué. Hay cuarenta sorpresas-bomba, una para cada código pero se relacionan entre sí de manera azarosa. No sabemos cual estallará cuando.
-Mierda.
-Ustedes sabían en lo que se metían cuando desencriptaron el código.
-¿Cómo mierda es que nos reconocieron?- pregunté.
-Cuando ingresaron el código se activó instantáneamente la cámara de la computadora y pudimos verlos. Muy arriesgado de todas maneras que hiciesen todo desde un Apple Store.
-¿Cómo supieron que íbamos a venir hasta Coney Island?
-Estás haciendo preguntas que no son las importantes- respondió seco el hombre de los bigotes graciosos.
-Pero ustedes esperaban que viniésemos con sombreros, así que hay algo que no cierra.
-Estás haciendo preguntas que no son las importantes.
Me tembló la espalda y las manos me transpiraban. Estaba nervioso y tenía calor. Me acordé que llevaba puesta una remera nueva de The Germs que no quería que se me gastase tan rápido.
Me pareció la situación más ridícula del mundo y me dio risa, un ataque de risa que nadie esperaba y desconcerté a todos: a los miembros de la secta y también a mis amigos. Todos quedaron en un elegante silencio esperando a que yo pudiese calmarme. El silencio prosiguió una vez que me logré contener, como si todos esperasen que dijese algo interesante, pero no tenía nada para decir.
-Perdón, me tenté- dije.
-En un principio éramos la Sociedad del Sombrero. Seguimos existiendo.
-¿Tienen algo que ver con La Sociedad del Sombrero Rojo?[1]- interrumpí.
-No…
-¿Y con el club de barbas?[2]- pregunté.
-Callen a ese- dijo el hombre del bigote ridículo y me pegaron con una corbata que tenía en la punta un ladrillo atado. No me dejó inconciente pero me dolió y comprendí que tenía que callarme y quedarme con las dudas, como me sucedía en el colegio primario para que no me burlasen cuando no entendía algo.
Quería saber si habían robado la idea de La Subasta del lote 49 de Thomas Pynchon pero no me animé a preguntar.
-En un principio éramos la Sociedad del Sombrero, queríamos recuperar y sostener los valores victorianos, la estética, las costumbres, el idioma. La sociedad fue fundada en



[1] La sociedad del Sombrero Rojo es un grupo de mujeres que se juntan a merendar y que visten sombreros rojos y trajes lilas. Marge Simpson forma parte en un capitulo y se ve involucrada en actividades delictivas.
[2] El Club de Barbas y bigotes es una sociedad en la que todos sus integrantes tienen barbas y bigotes con formas raras y longitudes extremadamente ridículas. Es como una fraternidad o algo así.

1945, cuando terminó la Guerra y Coney Island lentamente iba siendo olvidada y servía como refugio para nuestras parrandas. Su fundador fue Stephen O`Malley.
-El integrante del grupo Sunn O)))- pensé, pero era obvio que no se trataba de él porque en ese entonces no había ni nacido.
-En 1968 hubo un nuevo miembro que estuvo unos pocos meses en la sociedad. Era un muchacho de Chicago que nos introdujo las ideas de Paul Lafargue y Henry David Thoreau entre otros pensadores. Fue muy respetado rápidamente entre los integrantes, pero al tiempo, abruptamente, se marchó sin dejar rastros. Años después, su figura cobraría notoriedad mediática y nos inspiraría nuevamente a ser lo que somos hoy en día. Ese hombre fue Theodore Kaczynski.
-El Unabomber- grité y me golpearon de nuevo, aproveché el momento para preguntar si la Sociedad había robado la idea de la novela La Subasta del lote 49 de Thomas Pynchon y si el fundador tenía algo que ver con el integrante del grupo de Drone Doom Metal Sunn O)) que se llaman así por una marca de amplificadores pero que se pronuncia simplemente Sunn, casi en respuesta a la banda fundadora del género, Earth que a su vez se llama así en honor a Black Sabbath ya que ese había sido su primer nombre. Volvieron a golpearme.
-Con el tiempo fuimos adoptando diversas metodologías para sumar miembros, nuestra ideología fue mutando, enriqueciéndose, cada vez generamos más y más conciencia. Ya no éramos un grupo de hombres amantes de la moda, éramos hombres y mujeres queriendo cambiar las cosas pero sin descuidar la vestimenta. Con el tiempo cambió el nombre del movimiento, pero la Sociedad de los Sombreros siguió existiendo como una célula.
-Ustedes han sido seleccionados para ser parte de esto. Bienvenidos. Pronto estaremos en contacto nuevamente con ustedes. Pero ahora tenemos que continuar con lo que hoy hemos empezado y que ustedes no comprenderían todavía. Ya habrá tiempo, pronto, para que se adapten.
Me detuve a mirar a las mujeres que integraban el grupo. Estaba aquella mujer que había visto en el subte que parecía salida de El Pueblo de los Malditos.
La imaginé teniendo arcadas mientras succionaba un pene, con el maquillaje corrido y un poco sufriendo pero un poco caliente por eso mismo y pasándola bien. Fuimos a comer a Nathan´s.
Josh pidió un cangrejo frito que parecía muy extremo. Lo que pedimos el resto no tiene verdadera importancia pero a ninguno le gustó del todo. Yo prefería los panchos de King Papaya.
-Que carajo- dijo Josh.
-¿En que mierda nos metieron?- dijo Buddy Holly- seguramente el inútil de Mr. Momo tiene algo que ver con eso.
Mimi hacía la vertical y practicaba kung fu.
-No sé, veamos que pasa. Que gran ciudad New York- dijo Josh con indiferencia. Rompió la pinza del cangrejo con sus manos que parecían las garras de un oso embalsamado o de los que aparecen en la película Grizzly Bear de Werner Herzog.
-Estoy un poco asuztado- dije.
-Se dice asustado- me corrigió Josh.
-Se dice matate, amigo[3]- respondí.
Peggy Sue miraba la nada y parecía asustada, me gustaba que lo estuviese porque de esa manera no fastidiaba ni criticaba a nadie.
Mimi daba mortales para atrás.
Las empleadas del negocio nos miraban con desprecio y parecían aburridas. Prendieron una radio y sonaba una canción de Eric Clapton de la década del ochenta, por lo tanto malísima.
Mimi hacía planking[4].
Volvimos a Manhattan.



[3] Amigo lo dije en español pese a que el texto está en español hablé todo el tiempo en inglés.
[4] Según Wikipedia: “El planking, término en inglés que se traduce como «hacerse la tabla», es una práctica que consiste en estar tumbado boca abajo en un sitio inusual”.

martes, 5 de marzo de 2013

MANHUNT II

Frente a nosotros había una cervecería y propuse ir a tomar algo y a pasar el rato pero todos preferían pasarla mal bajo el frío. Ver las luces que nunca se apagan de la ciudad y cuando ya la situación se hiciese intolerable y aburrida, ir a tomar una puta cerveza.
Caminamos la media cuadra que nos quedaba hasta Broadway y avanzamos hasta la Calle Cuarenta, para darnos cuenta de que nos habíamos confundido y que teníamos que volver a la Séptima Avenida, donde Time Square comienza. Entonces pudimos disfrutar de las estúpidas luces de colores y de los cientos de turistas sacándose fotos, latinos en familia, orientales con amigos, australianos en grupos estudiantiles, un montón de otras personas en un montón de otras situaciones, solas y acompañadas.

Las pantallas infinitas, los anuncios que nos hacen sentir bien, los locales de comida rápida, las miles de tiendas que explotan a sus empleados haciéndolos trabajar hasta horas ridículas, los precios ridículamente baratos y el bullicio que genera toda esa masa de gente, de luces, de taxis, de policías y de cosas.
Me sentí saturado pero bien, y de pronto mal, angustiado. Esa ciudad existía y yo estaba en ella, pero no por siempre. El viaje tenía un fin, faltaba pero en algún momento tendría que volver y solo quedarían las fotos sin sentido y las historias torpemente anotadas en un cuaderno, sin detalles porque el brazo se me acalambra al escribir a mano. El viaje quedaría reducido a nada, a una experiencia vivida, por lo tanto muerta. El viaje no tenía sentido y entonces me amargué. Para sentirme menos mal me saqué una foto con Naked Cowboy e insistí a todo el grupo de entrar a la tienda de M&M y aceptaron de mala gana. Una vez adentro nos robamos chocolates de los sabores más raros y nos sacamos fotos en broma con peluches y demás merchandising.

Le propuse a Mimi sacarnos la típica foto sonriendo, un poco agachados y con los dedos haciendo el símbolo de la paz, como suelen hacer los orientales. Me respondió que eso es una ofensa, que lo hacen los chinos y no los coreanos, que ellos no tienen nada que ver con esa estupidez. Me sentí avergonzado y no supe que decir pero ella sonrió y me motivó a que robáramos más chocolates. Inventó un juego: ganaba el que salía de la tienda con más piezas sin ser deportado a su país por la policía. Por suerte ninguno perdió.
La noche todavía era nuestra, eran tan sólo las ocho, nos quedaban seis horas antes de que las últimas tiendas cerraran. Tan sólo por diversión entramos a Forever 21, teníamos la certeza de que no compraríamos nada pero Peggy Sue le costó unos buenos billetes a Buddy Holly. Salió de allí con cuatro bolsas, dos en cada brazo. Dentro de la tienda todos los empleados sonreían y parecían más limpios, perfumados y vivos que yo. Había una música horrible y ropa horrible pero ahí dentro uno se sentía bien, contenido y protegido.

Caminábamos por la calle en grupo, eso me hacía sentir seguro pero a la vez estaba impaciente por ese grupo terrorista pseudo secta religiosa.
Caminamos derecho, sin detenernos un solo segundo, mirando lo que podíamos y dejando el resto atrás, avanzando y olvidando. Haciendo con la ciudad lo que la ciudad hace con nosotros, avanzar y dejar atrás, olvidar.

Teníamos que espera para ingresar al bar, esperar a que algunos clientes salieran para que se hiciese el suficiente lugar para que nosotros pudiésemos ingresar. Nos quedamos en silencio, suspirando con fuerza, temblando del frío. El guardia de seguridad del bar era un hombre vestido de traje que no tiritaba y su mirada parecía estar más allá de nosotros, en la calle, en algo que no llegaba pero que se aparecería pronto. Como si estuviese expectante a algo que iba a suceder inevitablemente.
Salieron tres personas del bar y recién entonces nos pidió nuestros ID para corroborar que fuésemos quienes decíamos ser.

El bar estaba casi en penumbras y todas las mesas estaban ocupadas por hipsters y personas cool, no había ningún red neck ni persona que pareciese que podría iniciar alguna clase de pelea. Era un lugar aburrido y sin emoción. Nos sentamos en nuestro cubículo, me tocó contra la pared junto a Mimi por lo que me veía obligado a mirar hacia el pasillo para poder hablar con todos, una ventaja para poder ver a las chicas que pasaban.

Eso es una obsesión que tengo, al ver cualquier chica estadounidense, no puedo evitar imaginarla teniendo sexo como en las películas porno que me educaron.
Sonaba una canción de Buddy Holly, el otro Buddy Holly, el que había muerto en un accidente aéreo más de medio siglo atrás, dejando una gran cantidad de hits y abriendo la carrera a The Beatles.
Se acercó una mesera y yo pedí una Blue Moon, Buddy Holly y Peggy Sue dos Colt 45, Mimi una Saporo y Josh una Pabst Blue Ribbon. Le dije que era un hipster por pedir esa cerveza y él me dijo que yo era un idiota por decirle que era un hipster por pedir esa cerveza. Lo dijo con su tonada británica que un poco me irritaba, pero no estaba en posición de quejarme porque esas cuatro personas eran las únicas que conocía en toda la ciudad, por lo tanto, mis únicos amigos, por lo tanto, debería adaptarme a ellos, por lo tanto era la única forma de tener alguna contención y no pasar todo el día sin decir una sola palabra, por lo tanto, me jodí y acepté su respuesta y su tonada.

-¿Se dieron cuenta que todos los lunáticos de Estados Unidos se encuentran en la Costa Oeste?
-Bajá al subte y vas a ver varios lunáticos que están en esta ciudad, no hace falta cruzar el país para encontrarlos, los hay en cada esquina, en cada rincón, en ese mismo bar, en esta misma mesa- dijo Peggy Sue.
-Hablarás por vos- respondió Josh, con su tonada que ya tanto no me molestaba. En verdad sí me molestaba pero intenté convencerme de que no me molestaba.
-Dejenme terminar de hablar- dije, de fondo sonaba Link Wray- La costa Oeste tiene los asesinos seriales más famosos, desde Charles Manson al Asesino del Zodíaco.
-Acá hay algunos muy buenos también, Charlie Chop-off, Joel David Rifkin, etcétera.
-Pero en California estuvo Richard Ramírez, Ted Bundy atacó por Oregón y el estado de Washington.
-En New York estuvo el legendario Albert Fish.
-Pero ese hombre es cosa del pasado.
-Todos son cosas del pasado.

Ahora sonaba Felt.

-Pero Albert Fish fue en el Siglo XIX, ni siquiera había pasado la Primera Guerra Mundial. Es como decir que Abraham Lincoln representa claramente a los Republicanos. Es obvio que no.
En ese momento llegaron las cervezas, la camarera sonreía y tenía tetas muy grandes y un escote que dejaba ver gran parte de ellas. La imaginé practicando sexo anal y diciendo con una vos falsamente sexy que no dejaran de cogerle el culo.

Dí un trago y agregué:
-Además no todos los crímenes de Fish fueron en New York. Pero a lo que voy es que no entiendo que mierda pasa del otro lado de este país que hace que todos sean unos neuróticos extraños. No solo hubo asesinos seriales, también hippies y beats, drogadictos y motoqueros, ricos excéntricos. Incluso el slogan de Portland es “Keep Portland Weird”.
-Es mentira eso, robaron esa frase de Austin, Texas.
-Mentira Peggy Sue, deberías dejar de contradecir y acusar a todos- dijo Buddy Holly.
-Soy de ahí, les aseguro que es como yo digo. Vos también sos de Texas Buddy Holly, sabés de lo que hablo.
-Yo soy de Lubbock, no de Austin, no tenemos nada que ver con ustedes.
-Ojalá mueras en un accidente aéreo
-Ojalá que estallen las oficinas de Whole Food Market con vos adentro.

Ahora sonaba AC DC y me dio ganas de vomitar, odio AC DC.
-No tendría nunca en mi vida alguna razón para ir a las oficinas de Whole Food Market, de hecho nunca voy a ese lugar.
-Nunca sabés lo que te depara la vida.
Mi cerveza ya se había acabado y le hice un gesto a la mesera para que trajera otra ronda, me tomé ese atrevimiento sin saber si el resto de mis compañeros quería otra. Supuse que sí, nadie espera en la calle con frío para entrar a un bar y tomar una sola cerveza.
-Mierda Ariel- dijo Peggy Sue- yo quería pedir sidra tirada, no otra de estas mierdas.
Peggy Sue me estaba empezando a cansar con su pesimismo y actitud belicosa frente a lo que todos dicen y todos hacen. Pero la traté con respeto para no pelear.
-Perdón, le cancelo el pedido.
-No, dejá.
La mesera apareció a los pocos segundos con los cinco nuevos porrones. Buddy Holly y Josh terminaron los suyos, ya calientes, de un solo trago.
-Entonces, en mi opinión, la Costa Oeste tiene muchos más enfermos que la Este. Fin de la discusión.

Comenzó una canción de Bob Dylan pero a los pocos segundos se frenó y sonaba una canción de Nine Inch Nails pero hecha por Johnny Cash, lo cual era genial pero a la vez deprimente, no mucho más deprimente que Bob Dylan sonando en un bar.

Para mi sorpresa si se inició una pelea, había una sola mesa de gente que no estaba a la moda (además de la nuestra) y era de un puñado de barbudos grandotes, parecían forma parte de esa subcultura gay conocida como osos. Al parecer ellos eran los que estaban seleccionando la música en la rockolla y uno de ellos quitó la canción de Bob Dylan, faltándole el respeto a otro y comenzaron a golpearse y a tirarse botellas. El guardia irrumpió en el local y sacó a los dos tipos con gran facilidad, pero en el momento en que ingresó para sacar a los osos, varias personas lograron colarse logrando que las reglas del establecimiento se quebrasen y poniendo en juego su licencia para vender alcohol.
La música se frenó y tanto el guardia como las meseras y los barman indicaron a los intrusos que salieran, que no se repartiría más alcohol hasta que salieran y esperasen como era debido. Como era de esperar se demoró un buen rato hasta agotar la paciencia de los nuevos clientes que salieron e hicieron que todo volviese a la normalidad.
Seguimos con las cervezas, en silencio, sin ya nada que decir por esa noche.
Ahora sonaban The The.

viernes, 1 de marzo de 2013

Manhunt I


Entramos al primer lugar que vimos, agotados y mojados por la nieve. Era un Deli kosher en la calle 38 a metros de la Séptima Avenida, era atendido por latinos e indios que parecían esconderse de algo. Me encontraba con mis compañeros de hostel. Cada uno pidió un plato diferente. Un británico de nombre Josh desmenuzaba un kebab y comía solamente los pedazos de ternera untados en la salsa agria, dejando a un lado la verdura. Usaba sus dedos como torpes pinzas, parecía un ser primitivo intentando no tocar las partes peligrosas (la lechuga) de un animal venenoso.
Mimi era de Corea, no sé de que cual de las dos, calculo que de la que no es comunista. Había pedido un chow mien que tenía un aspecto horrible, traía lo que parecían ser cubos de pollo empetrolados con brotes de soja secos y unos fideos al fondo del plato en los que todo lo demás navegaba.
Peggy Sue y Buddy Holly compartían un plato de pastas con bolognesa que parecía un vómito reordenado para parecer lo que era antes de ser un vómito.
El mío era el único que traía papas fritas, había pedido una hamburguesa que no parecía kosher, solamente se notaba que lo era porque no traía queso. Le hacía falta.
-Hay un bar- dijo Josh- en el que el barman es una cebra, por alguna razón nadie se asombra.
Sorbió un espagueti como si fuese la medula de una vértebra en una sopa pobre de algún país de Europa del este.
Mojé una papa frita, ya fría, en un montón de Ketchup y al meterla en mi boca me asqueó lo avinagrado de la salsa pero tragué de todas maneras. Imaginé que así se deberían sentir las actrices porno cuando las denigran en las películas y las obligan a tragar grandes cantidades de semen y encima tienen que sonreír a cámara y actuar como si la estuviesen pasando bien, aunque es probable que alguna la pase bien haciendo eso. También es probable que alguna se contagie de sida por hacer eso.
Me pregunté cuanto de suicida tiene dejar que una prostituta te practique sexo oral sin preservativo.
-¿Cómo que una cebra?- pregunté y me fijé en los empleados del deli, todos vestidos igual pero lucían diferente.
-Así parece, es un bar oculto en Chinatown, deberíamos ir. Un conocido me contó que hace poco viajó en taxi y el chofer era un búfalo.
-Esa es mierda racista- respondió Peggy Sue mientras limpiaba sus anteojos- seguro es una forma despectiva de decirle a los árabes que manejan dignamente los taxis de la ciudad. Tu amigo es un racista.
Sus ojos parecían muy pequeños, los lentes de los anteojos los amplificaban y hacían que luciesen de un tamaño normal.
-Eso no es cierto, no es un racista. No veo razón para que me mintiese. Además en ese bar el entretenimiento no es la cebra, sino que la gracia es que es secreto. Nadie parece molestarlo o molestarla, está ahí y hace su trabajo.
-¿Tendrá olor a zoológico?- pregunté, lamentando haberme quedado sin gaseosa.
-Eso es racista- respondió Peggy Sue- sólo porque es una cebra suponés que tiene feo olor.
-Todo es racista para vos Peggy Sue, me tenés harto, todos somos unos putos racistas según tu perspectiva- le respondió Buddy Holly mientras limpiaba sus anteojos de culo de botella, tenía un escarbadientes entre los dos labios y una barba crecida que lo hacía lucir como un texano ignorante.
-Son todos unos islamofóbicos- dijo Peggy Sue y yo dudé de que esa palabra siquiera existiese.
-No todos estudiamos en Harvard Peggy Sue- le respondió Josh ante las acusaciones mientras hacía un bollo con los restos de la comida. Mimi no decía nada, se escudaba en su plato ya frío e intentaba sorber la salsa de soja que quedaba en el fondo del plato.
Volví a ver a los empleados del deli, todos miraban hipnotizados el televisor. Recién ahí comprendí que había un sonido más en el ambiente, el de la tele encendida, transmitiendo noticias que no me importaban.
Entró una pareja de religiosos, un hombre que lucía más anciano de lo que seguramente era con su mujer (que parecía bastante joven) y un cochecito con un bebé de unos pocos meses.
Volteé para ver las noticias de la tele. No entendía nada de lo que sucedía porque el telempromter estaba en árabe por alguna razón extraña. Las imágenes eran de unos edificios en algún lugar de la isla, luego había imágenes de unas pintadas con aerosol bastantes fatalistas.
-Esos hijos de puta-gruñó Buddy Holly.
El hombre judío miraba el televisor disgustado por estar en un canal árabe y se acerco con lentos pasos al mostrador a exigir que cambiaran de canal, los empleados aceptaron la orden asustados.
-¿Qué es lo que pasa?- pregunté desentendido.
-Es una movida que está haciendo una nueva secta terrorista llamada El Orden del Nuevo Mundo o algo así. Nadie sabe bien que pretende o que hacen, nadie sabe nada pero están en todos lados.
-Son una mezcla entre la Cienciología, The Warriors y el proyecto Caos de el Club de la Pelea- dijo Josh bromeando pero a la vez definiéndolos certeramente, aunque yo todavía no lo sabía.
-Tienen algo de el Guazón en el Batman de Christopher Nolan- dijo Peegy Sue.
-Sí, también algo de la última de la trilogía, algo de la pandilla de Bane ¿No? Esa cosa anárquica pseudo Unabomber casi infantil.
Mimi seguía silenciosa y quieta, como si no estuviese, pero estaba y su presencia hacía la diferencia. Ella me daba la sensación de que éramos un verdadero grupo, una cantidad importante de personas para ser una especie de pandilla interracial y deforme.
-¿Es un grupo islámico extremista?- pregunté sin entender.
-No, son un montón de red necks desempleados con demasiado tiempo libre, o eso al menos creo yo. Nadie entiende muy bien de que se trata todo eso.
Peggy Sue volvió a servirse gaseosa en el vaso descartable aunque no se podía, pero los empleados querían cerrar el lugar y ya les importaba un carajo. El que parecía ser el jefe era un mexicano que tenía un trapo húmedo al hombro y estaba expectante a que nos fuésemos para comenzar a poner las sillas sobre la mesa.
-Es hora de que nos vayamos- indicó Buddy Holly mientras desmenuzaba una galleta de la fortuna. No entendí porqué tenía una galleta de la fortuna porque no venía en el menú. Leyó la predicción que viene escrita aleatoriamente en el papel sedoso. Abrió los ojos asombrado, como si le dijese una verdad que esperaba ratificar y lo arrugó y rompió por la mitad. Estrenó un paquete de chicle y se lo metió en la boca, era de helado de naranja y crema.
Salimos al frío. Ya no nevaba pero la temperatura parecía mayor a la que había cuando ingresamos al deli kosher.
-Que comida más horrible- atacó Josh- en un lugar judío esperaba al menos comer sano, bien, barato y rico. No pasó ninguna de todas esas cosas.
Me reí pero me sentí ofendido y no respondí nada.